DE OFICINISTA A CHAMÁN MEXICANO. Por María Dolores Montes.

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MARÍA DOLORES MONTES (México, 1977). Estudió Periodismo y Comunicación en la UNAM. Ha sido periodista freelance para revistas como Líderes Mexicanos, Alto Nivel, Escala y Clase Premier. Fue editora de suplementos de turismo y editora de noticias de la revista Manufactura de Grupo Expansión. Actualmente aprende sobre Relaciones Públicas. Le gusta leer y escribir historias. Disfruta cocinar, viajar y caminar con sus perros.

 

 

DE OFICINISTA A CHAMÁN MEXICANO. 

La exitosa carrera de Roberto como vendedor se cortó de tajo cuando le dijeron que padecía una enfermedad mortal. Probó cuanto remedio le dijeron y perdió la esperanza. Fue entonces que en medio de un valle renació entre los vapores del baño sagrado de los pueblos prehispánicos y se convirtió en chamán.

Trabajo final de María Dolores Montes.

 

 

 
Roberto Peña recuerda su primera experiencia en un temazcal: “Pensé que me iba a morir. Vomité y vomité y sentía que la cabeza me la partían en dos, era un dolor que me volvía loco; yo juraba que no volvería. Le decía a Martha que ya me quería ir”. Se prometió no volver a entrar en aquel lugar, pero a los tres días estaba de regreso.

A los 28 años Roberto supo que la vida se le escapaba debido a la hepatitis C. La ciencia lo desahució y lo mandaron a su casa a morir con los suyos. “¿Crees en los milagros?, le preguntó un médico. Roberto no contestó, pero fue a la dirección que le dio el galeno.

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Martha soñó con el que sería su marido, y un día, a los 20 años, lo vio entrar por la puerta de su oficina. Un hombre de marcados rasgos indígenas, altivo y con una alegría desbordante que contrastaba con la seriedad de ella. Al mes de conocerse, él le propuso matrimonio y tres meses después se casaron.

Un par de años más tarde, un accidente en auto desprendió medio rostro a Roberto, su esposo. La emergencia requirió una transfusión sanguínea y en su cuerpo quedarían como recuerdo una enorme cicatriz y una sangre enferma que daría un giro de tuerca en su destino.
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Roberto y Martha son los guías de su propio temazcal en San Pedro Atlapulco, un pueblo de clima boscoso en el Estado de México entre valles y montes a 50 minutos de la ciudad de México.

Él es un hombre de 1.60 metros, 47 años y huesos gruesos debajo de una piel firme y morena dorada por el sol. Sus piernas y brazos musculosos, así como una larga cabellera negra ligeramente ondulada lo hacen el prototipo del guerrero azteca que existe en el imagino popular. Tiene la nariz aguileña y ancha, ojos pequeños y oscuros de mirada penetrante.

Los conocí hace 5 años cuando un amigo me llevó al temazcal (la palabra proviene del náhuatl “temaz”, vapor y “calli”, casa), en el cual los antiguos pueblos prehispánicos de México y Centroamérica se acercaban a su ser místico y los dioses y maestros que les ayudaban a sanar su cuerpo y su espíritu.

Cuando llegaron los españoles a tierras americanas a mediados del siglo XVI, se horrorizaron al ver que hombres y mujeres semidesnudos compartían el baño y durante un tiempo los prohibieron.

Sin embargo, personajes como el franciscano fray Bernardino de Sahagún, cronista de la época de la Colonia, dio cuenta de las bondades que este baño de vapor brindaba. La práctica que desintoxica el cuerpo, depura las vías respiratorias, mejora la circulación, purifica la piel y activa el sistema inmunológico sobrevivió al paso de los siglos.

Recuerdo que mi primer encuentro con el temazcal me provocó un ataque de ansiedad. No soportaba la oscuridad y el encierro. Roberto tomó mi cabeza en sus manos y cantó “…tierra es mi cuerpo, agua es mi sangre, viento mi aliento y fuego el espíritu inmortal” y vertió agua en mi cabello . La angustia se fue diluyendo.

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– Roberto, ¿qué hacías antes de tener tu propio temazcal?
– Yo era de esas personas que decía ´si no lo prueba la ciencia, no lo creo´. Era muy materialista. A mí me habían enseñado que tener dinero te hacía importante; mi abuelo y mi padre hicieron fortuna vendiendo pulque y eran dueños de muchas tierras. Tenían el mismo nombre y eran muy poderosos, ambos fueron “Don Chon”.
– Eras de los ricos del pueblo.
– Si. Cuando estaba en la universidad empecé a trabajar como vendedor de libros y cuando vi que ganaba bien, la dejé y me dediqué solo a vender.
– Te iba bien…
– Si, pero entonces me dijeron que me iba a morir. Marthita y yo estábamos bien chavos y mi hija mayor, Tania, apenas tenía seis años. Vimos como a ocho o nueve doctores y todos dijeron lo mismo: menos de un año. Yo estaba muy enojado.
– ¿Y qué hiciste después?
– El último médico que vimos nos preguntó si creíamos en los milagros y nos dio los datos de un temazcalero.
– ¿Él te curó?
– Fuimos a verlo. Después de seis meses de ir tres veces a la semana y seguir sus recomendaciones fui a hacerme exámenes. Los médicos quedaron asombrados porque ya no había nada de enfermedad. Desapareció. Me volví a hacer exámenes y nada. Estaba sano.

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Para Roberto, el mundo y las cosas que hasta entonces había vivido tuvieron sentido cuando le fueron revelados sus tonales: el águila, la muerte y el ciervo. “Mi primer tonal me daba la visión para guiar; mi segundo tonal es el de las personas muy analíticas y reflexivas, y el tercero es el que me ayuda a tener los pies en la tierra”.

En la cosmovisión de los pueblos prehispánicos de México las personas y su destino estaban regidos por los tonales, elementos de la naturaleza que le corresponden según su fecha de nacimiento. Una suerte de horóscopos.
Hace 26 años que Martha y Roberto comparten la vida y desde hace 18 años dirigen un
espacio donde no hay distingos sociales ni títulos rimbombantes. Yo soy María, el otro es Fernando, aquella es Ruth, este es Juan, él es Albérico y todos somos personas buscando las respuestas que la vida agitada nos impide encontrar. Todos entramos al temazcal a liberarnos de aquello que nos enferma o nos bloquea.
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El temazcal emerge de la tierra como si fuera el vientre de una mujer embarazada. Es una bóveda circular con un centro de piedras volcánicas (ombligo) que se calientan con leña hasta quedar al rojo vivo y sobre las cuales se vierte agua con yerbas como romero, zacate de limón, menta, manzanilla y plantas del monte. El vapor que se desprende de esta mezcla entra por los poros y te funde con el ambiente.

Antes de entrar, Martha nos limpia con humo de copal, un incienso elaborado con resina de árboles que, en la medicina tradicional sirve para descontaminar a la persona y atraer a sus maestros (lo que otros llamarían ángeles guardianes).

Uno por uno vamos entrando al temazcal diciendo la palabra “Ometéotl”, que invoca a la deidad universal dual que, según los mexicas, hace posible nuestra existencia (hombre-mujer / calor-frío / bien-mal). Nos tenemos que agachar, pues la altura de la bóveda es de apenas 1.50mts. Nos sentamos en el suelo frío y desde allí observo surcos de denso vapor envolviéndonos como una niebla. Ya estoy sudando antes de que nuestro guía cierre la pequeña puerta de madera y quedemos sumergidos en la oscuridad. Después, solo la abrirá tres o cuatro veces. A esto se le llaman “puertas” y cada vez que se abren significan un renacimiento.

Hoy es un día especial: la presentación de un bebé. Los padres esperan adentro del temazcal junto con los demás, quienes nos preguntamos si el bebé de apenas 3 meses de nacido soportará el calor. Roberto entra con una banda roja alrededor de su cabeza, que es un recordatorio de que hay que buscar la congruencia entre lo que se dice y se piensa, cuando se fusionan estas dos partes se encuentra el equilibrio.

Sostiene al bebé desnudo en sus brazos. Un respetuoso silencio cae sobre todos. Estamos embelesados con ese par de ojitos con forma almendrada que nos observan atentos sin llanto o queja.

Nuestro guía se hinca frente al ombligo de piedra hirviente y alza los brazos con el bebé en ellos. Nadie habla. Dedico un pensamiento a mis padres.

El silencio se interrumpe para presentarnos. “Con el permiso de los guardianes del bosque y del ser creador me presento: Mi nombre es María y vengo a este sagrado baño en busca de armonía”. Una mujer de voz temblorosa y apenas audible declara “Yo soy Ana y … y no sé porqué estoy aquí, espero que esto me ayude”, un llanto angustiado acompaña sus palabras. Después de que se presenta el último, nuestro guía entona un canto en náhuatl y toca el tambor como un grito de guerra.

Cuando se abre por primera vez la puerta, nos llaman a la entrada. Las cubetadas de agua fría sacuden los cuerpos y en cada uno estallan las emociones. Llanto, risas incontrolables, suspiros ahogados y la sensación de sentirnos más ligeros. El bebé sale envuelto en una manta y nosotros volvemos a entrar.

Faltan aún dos “puertas” y llega la miel que nos limpia y purifica, explica Martha. Extendemos las palmas abiertas y recibimos el regalo dorado. “Pruébala y después úntala en tu cuerpo. La ausencia de luz me da valor, me quito el pareo y endulzo mi desnudez. Mi segunda piel pegajosa se derrite en medio del vapor con aroma a romero. Dos horas después llega el momento de salir.

“Yo sólo quiero decir que voy a regresar porque siento que me voy con mucha esperanza de que todo va a estar bien”, dice una mujer que recién comenzada la ceremonia había preguntado “¿Ya casi vamos a salir?, es que me siento mal”.
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El chamán que ayudó a su cura fue quien le dijo a Roberto que él tenía el don para dirigir y que Martha era una sanadora nata. Él los preparó para ser guías y poco después de que ellos inauguraron su temazcal “como si hubiera terminado su misión en este mundo, él partió hacia otro plano”, dice Martha.

En sus 18 años de existencia, juntos han recibido en el temazcal personas de todo tipo y creencia religiosa provenientes de todo México e incluso de países de Centro y Sudamérica, Estados Unidos, Canadá y Europa. Invitaciones a viajar con todos los gastos pagados les sobran, pero ellos saben que aún no es el momento.

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Ya casi es noche y hay que regresar a casa. La sensación de bienestar me acompaña mientras el auto avanza entre la tierra y piedras del camino que llevan a la carretera. Al llegar allí, me incorporo a la larga fila de luces de autos que me regresará a la cotidianeidad en la ciudad de México.

El auto avanza, y aún recuerdo la voz grave de Roberto despidiéndose del baño sagrado: “Gracias temazcalito por todo lo que nos has dado y todo lo que nos has quitado. Gracias a todos los maestros que estuvieron presentes. Gracias a los guardianes del bosque. Gracias a los cuatro elementos (aire, fuego, tierra y agua) y gracias a los guías espirituales”.

 

 

 

9 Responses

  1. Muy buena crónica, despierta el interés por visitar un lugar así y por conocer Roberto y su ritual en el Temazcal

  2. Gracias por llevarnos a un increible viaje en el tiempo y sus elementos. Felicidades ¡me encanto!

  3. Excelente, nos llevas de la mano a conocer el temazcal.

  4. Gracias, realmente invitas a disfrutar un viaje o a recordar nuestro pasado lleno de espíritu y milagros. Donde es exactamente este mezcal?

  5. Lore y Daniel, muchas gracias por leerme y que bueno que les gustó la crónica.

  6. Qué maravillosa reseña de la historia de estas dos grandes personas: Roberto y Martha, al leerla así siento mayor alegría aún por conocerlos y también reafirmo la certeza de que todo tiene un PARA QUÉ. Gracias por compartir lo que escribiste.

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