SEXO MULTICULTURAL EN AMSTERDAM, por Alonso Mata Blanco

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ALONSO MATA BLANCO (Costa Rica). Nació en San José, Costa Rica. Es licenciado en Comunicación Colectiva y máster en Políticas Sociales de la Universidad de Salamanca, España. Ha sido galardonado con varios premios en periodismo; escribió el cuentario Caníbales (Uruk, 2009) y fue uno de lo autores antologados el el libro Antología de Microrelatos (Editorial Costa Rica, 2013). Actualmente labora en el periódico La Nación y como docente universitario.

 

 

 

 

 SEXO MULTICULTURAL EN AMSTERDAM

La zona roja de Amsterdam es una amalgama multicultural de sexo, drogas y excesos, en donde los puritanos más moralistas coquetean con sus instintos caníbales, y las prostituas parecen personajes de una fantasía triple equis. Estos son algunos apuntes de una aventura casi sideral, en donde cada apunte y entrevista se hizo bajo los efectos de la cannabis sativa.

Trabajo final de Alonso Mata Blanco

Abrió la puerta de cristal, dio un paso hacia la vía pública y con poderío y prepotencia obstaculizó mi camino.

– Come inside– me dijo en un tono seductor y casi imperativo, adornado por un acento de la antigua Unión Soviética muy parecido al Ninotchka, aquella luchadora de G.L.O.W.
– How much?– le pregunté con la voz casi quebrada por los nervios.
– 50 euros.
– And what can i do?– me incorporé como jugando de conocedor, pero ella se me quedó viendo extrañada.
– Fuck– sentenció con cara de “ooooobviooooooooooo”; pero, al ver que yo permanecía mudo, entró en detalles.
– Fuck, positions, blow… I will send you to heaven…

La rusa estaba muy, muy guapa: delgada, de buenas curvas, piel delicada, cara de feme fatal; además los paños menores que llevaba puestos la hacían ver como una guerrera amazónica.

Su nombre era Tesa. Fue la primera prostituta con la que hablé en el Red Light District de Amsterdam, la primera de muchas; allí hay alrededor de 2.000, según el Centro de Información de la Prostitución.

Pero antes de contarles más sobre esta aventura sin censura, he de advertir, confesar o presumir, que cada paso, pregunta, vistazo e interpretación que hice en la zona roja holandesa, la hice bajo los efectos fantásticos de un space chocolate cake; que no es más que un queque de chocolate con marihuana.

De la alerta que aparecía en la envoltura del pastel recuerdo cuatro detalles: 0, 30 gramos, sus efectos comenzarán a sentirse después de 30 minutos, no recomendamos su consumo y no nos hacemos responsables.

Muelles y vitrinas. La Rosse Buurt, como le llaman los holandeses a la zona roja, tuvo sus orígenes en el año 1200, cuando era uno de los puertos más importantes del mundo. Allí llegaban marineros y hombres de negocio en busca de sexo y alcohol; las prostitutas se exhibían desde las ventanas de la casas, de ahí surgió, cuentan los historiadores, la tradición de las vitrinas.

La práctica se mantiene en la actualidad. Las chicas están semidesnudas haciendo poses sexis y tentando a los caminantes con sus miradas y contoneos desde el otro lado del vidrio; los turistas recorren la zona como si fuera un centro comercial de sexo al aire libre: observando, comparando, tomando valor para hacer la oferta final. Otros –a lo mejor la mayoría– saben que no darán ese paso. Encadenados a la moral, coquetean con lo censurado sin sucumbir ante sus goces, como el típico tipo que intercambia miradas y piropos con una mesera o recepcionista, pero que no pasa de ahí; el día en que la mujer se le insinúe de verdad, huirá con temor, el rush está en el coqueteo, no en la consumación.
Tal y como lo fue en sus inicios, el Red Light District es un parque de diversiones para quienes quieren hacer todo aquello que es mal visto en sus países de origen; el objetivo es disfrutar de lo prohibido, porque allí no es prohibido. La prostitución es legal desde 1911 y los burdeles permitidos desde el 2000; el consumo y venta de marihuana – aunque muy regulados– también están dentro de los márgenes de la ley.

El barrio rojo está en una zona céntrica, a unos cinco minutos caminando de la estación central de trenes, la mayoría de las 400 vitrinas de la ciudad se concentran en Oudezijds Voorburgwal, una larga calle detrás de la “iglesia vieja” (Oude Kerk); pero, dar con el destino es un poco complejo.

Preguntar la dirección no era una alternativa, una chica holandesa que había conocido días atrás en Ultrec (ciudad al oeste de Amsterdam) me había advertido: “A los holandeses no nos gusta el Rosse Buurt, los que llegan son turistas extranjeros, los que trabajan allí son inmigrantes de Europa del este y Latinoamérica, con muchas necesidades. No nos gusta el tipo de imagen que se crea en torno al sitio, es desagradable, incluso hay debates a nivel político al respecto”, me señaló Cristel, estudiante de medicina de 29 años.

Sexo en vivo. Vi entonces un grupo de cinco tipos, deduzco que ingleses por su acento, machos cabríos deseosos de juerga, iban diciendo tonteras y tomando cerveza, en busca de protagonistas para su novelas de placer callejero, los seguí de cerquita y efectivamente me fueron conduciendo al distrito rojo.

Los perdí al pasar al frente de un local que promocionaba una amalgama de espectáculos eróticos:

 

Couple.

Female striptease.

Candela Vibrador.

Banana.

Los precios oscilaban entre 25 y 35 euros; decidí entrar.

El lugar estaba casi vacío… Se abrió la cortina y apareció una pareja con atuendo militar, con música de ejercito de fondo comenzaron a acariciarse hasta que se consumió la penetración; nada interesante en realidad, ninguno de los dos ganaría un premio Goya por su performance.

Luego salió ua solitaria stripper y comenzó la magia (lo digo literalmente); al quedar totalmente desnuda saco de su entrepierna una tira rosada que se hizo larga hasta volverse amarilla, luego una verde, después roja, naranja, morada y así hasta que había extraído de su vagina como 15 metros de cordón.

Salí a la calle como un explorador, con la meta de encontrar a la famosas trabajadoras del sexo triple X, pero las primeras que logré divisar, lejos de provocar morbo, despertaban angustia. Eran muy gorditas y cero atractivas, otras de edad muy avanzada (suficiente para ser mi abuela), pese a estas características vestían en tanga y baby dolls.

Aún impactado seguí caminando por las callejuelas, llegué a un corredor estrecho y oscuro que me recordó la película Hostal; me aventuré a recorrerlo y a su final estaba el paraíso semi perdido…

Sexy land. Allí estaban con sus curvas perfectas, pechos levantados, rostros de muñecas: mulatas, rubias, negras, latinas.

Tanta mujer guapa me hizo delirar, o a lo mejor fue el famoso space cake, ya había pasado más de media hora desde que lo había consumido en Bulldog, un coffe shop muy reconocido y con locales en cada cuadra de Amsterdam.

Estaba entonces frente a un carrusel de mujeres divinas cuando de repente empezó a sonar en mi cabeza esa canción de Gustavo Certi, Convoy Espacial…Me vi de reperente como protagonista de mi propia película, con play back incluido.

♪ Se soltó el vagón y volamos al espacio exterior
próxima estación mucho más allá del sol
convoy espacial, que tan lejos nos llevará?♫

Las chicas se mostraban seductoras desde sus ventanas, gesticulaban, se contoneaban, lanzaban besos… había otras que lejos de promocionarse yacían tranquilas en sus camas, mandando mensajes desde sus teléfonos celulares o aplanchándose el pelo, sin interés, en apariencia, de conseguir clientes; confiaban en que su belleza cumpliese con la misión.

♪cada noche una nueva luna
ohh hicimos el amor en algunas
cuerpos a contra luz
guiados por la cruz del sur
dentro de un volcán
nadie supo ni que nos paso
ahora somos polvo cósmico♫

Estaba hipnotizado hasta que Tesa me sacó de mi trance con su “come inside”; aunque no entré a su vitrina, la cual es en realidad el punto de acceso a una habitación, Tesa me contó mucho sobre el funcionamiento de la zona roja, por ejemplo, que el cliente cuando se siente atraído por una chica deben acudir a la vitrina, esperar que la profesional le abra y pactar un acuerdo, si la chica no quiere estar con el tipo simplemente no le abre la puerta. Mas lo cierto es que en la tarde noche que estuve en Rosse Buurt nunca vi que una chica rechazara a un cliente.

Cada una jugaba con sus atractivos, las latinas hacían sonar música meregue, reggaton y salsa, en una común y corriente grabadora, al tiempo que meneaban sus caderas apelando claramente a esa fijación que tienen los europeos con las hispanas; las más agringadas se contoneaban al ritmo de Eminem y Snoop Dog; y los tavestis, ubicados en una calle específica del Red Light District, tocaban su propio instrumento, sin armonía alguna.

Luego me encontré con Lía, una chica de baja estatura pero de dimensiones celestiales, me contó que era el resultado de un amor interracial de una india con un alemán, una chica preciosa… Ella también cobraba 50 euros; esa era como la tarifa básica; aunque las extras son más caras, por ejemplo, el sexo anal o fetichismos, según me dijo Lía. La intimidad tiene una duración que oscila entre los 15 y 30 minutos, por lo general la chicas proponen 20 minutos, pero si el cliente eyacula antes, hasta ahí llegó la ficha.

Al ver que la conversación se alargaba y que no había una oferta de mi parte Lía me despachó con educación. Hubo más chicas guapas, pero de entrada se mostraban reacias a contestar mis preguntas a menos que accediera a entrar a sus cuartos.

 

– Whats your name?– le pregunté a una rubia veinteañera que parecía una Barbie.

– Come inside and i tell you– respondió

– Where are you from?– insistí con mi cuestionario.

– I’m from Sexy Land, come inside and I show you.

Así me pasó con varias, algunas incluso se pusieron agresivas ante mi falta de definición.

Mi suerte cambió cuando vi a una morena de cabello negro azabache, caderas anchas y piernas tonificadas… voluptosa y elegante, con mirada de villana de telenovela y labios de caramelo tentación. Ella me abrió su ventana invitándome a pasar cariñosamente y en español, adivinando que al igual que ella, procedía de Latinoamérica.

Su nombre era Alba, dijo que era Brasileña, pero hablaba como colombiana. Me llevó por un corredor hasta llegar a su cuarto, parecía la habitación de un motel, con baño incluido, una cama y un estante donde tenía artículos de belleza, cremas y aceites.

En la mesa de noche había un recipiente lleno de condones y en el respaldar unas esposas de peluche, variaos vibradores de gran dimensión y un látigo con mango de cuero.

– Quítate la ropa– me dijo.

Yo la ignoré y empecé a disparar preguntas. Ella comprendió que no buscaba sexo; asumo que imaginó que yo pertenecía a los de esa estirpe que solo molestan al toro detrás de la barrera, pero que se acobardan cuando hay que entrar al redondel.

Alba comenzó a vestirse (pues como todas estaba en paños menores) y me contó que de todas formas ya había terminado su jornada.

– ¿Te gusta mi cuerpo?– me preguntó al descubrirme observándola como
idiota mientras se ponía un ajustado jeans.

 

– Sí – respondí sincero.
– ¿Cuántos clientes tienes al día?–
– Depende.
– ¿En un día bueno?
– Como 20.
– ¿En uno malo?
– ¡Ufff! Cinco…
Me explicó que en el caso de que el cliente se ponga violento presiona una alarma y enseguida viene la ayuda; ella nunca había tenido que emplear tal medida. Trabajaba de lunes a domingo y pagaba 1.000 euros semanales por su vitrina.

 

Ya para ese momento mi bombardeo de preguntas le había empezado a inquietar; se despidió como una estrategia de cerrar el diálogo. Antes de marcharme pude hacerle un par de consultas cliché.

– ¿Te gusta tu trabajo?–

– No, no me gusta, lo del cliente es una lotería, es seguro, pero hay unos muy desaseados; aquí viene gente de muchos países.

– ¿Hasta cuándo vas a ejercer?

– Espero retirarme pronto– concluyó Alba, quien, anteriormente me había dicho que se dedicaba a la prostitución desde los 18 años, primero en su país, luego en Barcelona (España) y ahora, a sus 26, en Amsterdam.

 

Las respuestas de Alba me dejaron meditando, volví a echar un vistazo a la Rosse Buurt, pero esta vez me enfoqué MÁS en los clientes y no en las prostitutas. Había jóvenes, maduros, viejos, gringos, latinos, europeos, asiáticos, africanos; todos con cara de morbo; pagando por sexo, viendo a las mujeres como un trozo de carne, como si fueran mercancía.

 

Con pesar me dicuenta que me había equivocado en el enfoque de esta crónica-reportaje, no debí centrarme en quien ofrece el producto, sino en quien lo demanda… Solo había una manera de superar mi angustia, fui a al coffe shop más cercano y me compré otro space chocalate cake.

 

 

 

 

 

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