SALAVERNA, EL PUEBLO QUE ESPERA SU MUERTE, por Arazú Tinajero

EPP_ArazúTinajero

ARAZÚ TINAJERO (México). Licenciada en Historia por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Ha sido becaria de la Academia Mexicana de Ciencias como parte del programa de Verano de Investigación en el Colegio de la Frontera Norte en Tijuana, Baja California. Se ha desempeñado como reportera para televisión y medios impresos en periódicos locales, y como editora en páginas de noticias en internet de 2007 a la fecha. Actualmente es reportera de la fuente de Economía y Migración en el periódico La Jornada Zacatecas.

 

SALAVERNA, EL PUEBLO QUE ESPERA SU MUERTE

Este pueblo está muriendo, Salaverna, ubicado al norte de la capital de Zacatecas, México, nace y muere por la riqueza del suelo en el que está asentado. Plata, oro, cobre, zinc y plomo son los minerales que explota la empresa minera del hombre más rico del mundo, el mexicano Carlos Slim.

Trabajo final de Arazú Tinajero

Sentado cómodamente en una habitación que hace las veces de recámara, sala y comedor, don Lalo sentencia: “A la hora que sea nos vamos. Agarramos nuestras cosas, a la hora que sea, pero a Nueva Salaverna no”. Este es nuestro primer encuentro, pero él parece estar ya acostumbrado a la visita de periodistas y de uno que otro curioso, por eso está ahí sentado tan tranquilo, en ese cuarto antiguo sostenido por viejas vigas y en cuyas paredes cuelgan la imagen religiosa del Sagrado Corazón de Jesús, fotos familiares y dos recortes de periódicos con la historia de un pueblo que agoniza.
Su casa es una de las pocas que aún quedan en pie en este pueblo que parece haber sido blanco de una bomba atómica o de un huracán de quinta categoría. Modesta como la mayoría de las casas de las localidades pequeñas. La conforman una serie de habitaciones ubicadas irregularmente sobre un amplio terreno que también funge, además de hogar de la familia Mendoza Cárdenas, como sala de reunión del Sindicato de Transportistas y bunker de los integrantes de la Asociación de Posesionarios de Salaverna, Majadas y Santa Olaya.
Salaverna está muriendo. Este pueblo, ubicado a cerca de 300 kilómetros al norte de la capital del estado de Zacatecas, México, nace y muere por la riqueza del suelo en el que está asentado. Plata, oro, cobre, zinc y plomo son los minerales que explota la empresa minera Frisco-Tayahua del grupo Carso, propiedad del recién nombrado “Hombre más rico del mundo”, el mexicano Carlos Slim. El pueblo que nació por el asentamiento de los trabajadores de la mina; ahora muere por el descubrimiento de oro bajo los cimientos de sus casas.
“Nos echaban la culpa a nosotros, pero no. Son ellos (la minera) quienes no se han parado. Están enojados ¡Pero enojados!”, dice don Lalo a modo de justificación por el estancamiento de las negociaciones entre la empresa y la Asociación de Posesionarios, organización que agrupa a cerca de 40 familias que luchan por mejores condiciones para entregar sus casas, desalojar el lugar y que se abra el tajo de la mina. “La compañía quiere mandar, no pide ninguna opinión”, se queja.

La casa de don Lalo, Estanislao Mendoza Torres, fue la dirección que se nos dio una vez que arribamos al pueblo tras un viaje de aproximadamente dos horas y media desde la capital de Zacatecas. El trayecto, una recta que se pierde en el horizonte, solo es interrumpido por dos ligeras curvas hasta que finalmente la señalética nos indica que llegamos a Mazapil, municipio al que pertenece Salaverna.
En este punto debemos abandonar la autopista que por momentos se vuelven terreno propicio para algún accidente automovilístico por lo deficiente de su pavimento. Nos alejamos del blanco llano que caracteriza al semidesierto zacatecano para adentrarnos a un escenario montañoso lleno de vegetación que acompaña al tramo denominado Pabellón-Salaverna, infraestructura carretera construida por las empresas mineras como rápido y mejor acceso a sus bienes.

El trayecto es flanqueado a la izquierda por una enorme pared tallada en el cerro, mientras que a la derecha solo quedan hermosos barrancos. Curvas y una pendiente imponente enmarcan la travesía. Pronto irrumpen los signos de la presencia humana explotadora del ambiente. Un enorme boquete de mina rompe con la armonía de la vista.

Una vez alcanzado el punto más alto de los cerros, inicia el descenso que culmina cuando la carretera se separa: a la derecha está Salaverna, a la izquierda la colonia construida por la empresa Frisco-Tayahua para los habitantes que ya abandonaron sus casas en el antiguo pueblo minero. Nueva Salaverna, la llaman.

– Nuevo Salaverna está de laaaa pelona, son unos tecoruchos (cuartos pequeños) y para irnos a encerrar ahí, no. Las casas están bonitas pero son muy diferentes, ya salen de pleito con los vecinos, que bájale a tu radio, que no tienen jardín, no, no.

-¿Aquí no pasaba eso?, pregunto.
-No, aquí las casas son muy amplias, los terrenos. La gente está acostumbrada a vivir en sus casas grandes, con sus animales, responde don Lalo.

El silencio sería el rey en Salaverna si no fuera por el zumbido que nunca calla. Acompañado por gases minerales, el ruido emerge desde las entrañas de la mina a kilómetros de profundidad. Zumba, sopla, llena al pueblo con ese olor que nace de la mezcla mineral. Es un monstro de 9 cabezas y gargantas que envuelve con su pócima a los pocos pobladores que quedan.

En pie permanecen poco menos de 20 casas, el resto son montículos con los restos de paredes a las que solo sobrevive los marcos de las puertas. Es extraño –pienso- que en un pueblo que está muriendo solo queden de pie los marcos de las puertas, como símbolo de que hay algún lugar a donde entrar o de donde salir, no sé.

¿Darles esto de oquis?
En vano, gratuitamente, sin nada a cambio, eso es dar algo “de oquis” y eso es lo que no quieren los pocos habitantes que aún están en Salaverna. “A la hora que quieran nos vamos”, repite don Lalo, “algo tiene que sacrificar uno, pero que hagan una similitud a lo que estamos viviendo”, es decir me explico a mí misma, que les construyan un espacio igual o parecido al que dejarían al marcharse el pueblo.
A Nueva Salaverna ellos definitivamente no se van y nadie podría culparlos. A pesar de que es un conjunto de casa nuevas y de calles pavimentadas con una moderna iglesia en el centro y señal para internet y televisión por cable, no se compara con la dicha que envuelve a don Lalo mientras se mueve en su amplio terreno bordeado por árboles en los que crecen de una misma rama manzanas y duraznos.

Como dije, en Salaverna ya están acostumbrados a la visita de reporteros. A nosotros nos vieron como si no fuera nuestra primera vez en el pueblo. Nos hablan como a viejos amigos. Nos sirven un plato de menudo, ese caldo rojizo en el que nadan algunas porciones de carne extraída de la panza del cerdo. Nos sentamos a la mesa. Nos atienden como a reyes, todo a la mano.

Mientras comemos, don Lalo sigue hablando hasta que es interrumpid por el arribo de un grupo de 10 ó 12 vecinos. “Acaban de llegar de la capital”, nos cuenta, “andaban con los del partido. A ver si quedamos en una planilla para las próximas elecciones”.

Seguimos comiendo pero ahora estamos rodeados por la mayoría del grupo. No hace falta preguntar nada, ellos saben para qué estamos en el pueblo, así que nos dicen lo que saben que queremos oír. Se roban las palabras, todos quieren hablar, contarnos su historia.
-Ya voy a hablar, a ver si no me regañan. Nosotros les estamos pidiendo 2 millones y medio de pesos, por cada uno, medio para pagarle al abogado. A los otros les dieron 15 mil pesos por casa. ¿Con eso qué? Me los gasto hoy y mañana voy a andar pidiendo- ríe don Lalo, hombre carismático, amable y hasta bromista aunque se trate de temas tan serios como el asesinato de un pueblo.

-Para nosotros es mucho dinero, nunca hemos agarrado esa cantidad, si acaso unos 2 ó 3 mil pesos. A lo mejor nos vamos a volver más locos de lo que estamos, pero le estamos pidiendo a la empresa, no lo que no tiene, sino lo que le sobra.
-¿Esa cantidad quién la determinó?, le pregunto.
-Una comisión que acompañó al licenciado. ¿Para dejarles esto de oquis? Tenemos desde 1907, son nuestros padres, nuestros abuelos y los papás de los abuelos, son más de 100 años… pues todo están en manos de la empresa, a la hora que sea agarramos nuestras garrapatas a la calle, a donde sea.
Hasta inicio de 2013, cerca de 70 por ciento de los habitantes de Salaverna ha aceptado el ofrecimiento de la minera. Los 15 mil pesos, dicen, y una casa nueva con acceso a internet. El resto está dispuesto a irse pero no al lugar que creó la empresa a un par de kilómetros del antiguo pueblo. Ellos quieren ese dinero para construir otra colonia, con casas amplias y patio para sus animales y árboles.

Los árboles. El nogal de doña María Teresa Cárdenas Gaitán, esposa de don Lalo, tiene apenas 10 años, los necesarios para que empiece a dar buenos frutos, sus nueces, y ahora tiene que dejarlo. Es lo único que le puede, lo único que extrañará. Ni las paredes derrumbadas dolerán tanto como ver una máquina derribando su nogal, nos cuenta mientras acaricia a unos de sus perros en el largo pasillo flanqueado por macetas con pequeñas flores.
El huerto de duraznos es también el recuerdo que le duele a María Reyes. Su padre tenía una huerta con más de 80 árboles. Ella mantiene vivos en su memoria los detalles del día de su boda con Juan Hernández. Se construyó una enramada, un camino flanqueado por ramas de árboles que los acompañó hasta la puerta de la iglesia, ese edificio en la cima del cerro, uno de los pocos que aún están de pie. El huerto de duraznos ya no está. Ahí abrieron una de las gargantas de la mina.

No es que Salaverna haya sido mala tierra para ellos y que por eso no les duela dejarla, al contrario. Además de guardar en su vientre sinfín de riquezas minerales y a pesar de estar encallada en el semidesierto, en ella han fertilizado árboles frutales.

-Yo aquí agarro pa´l cerro, para donde quiera. Tenemos nopal sembrado, podemos estar comiendo nopalitos, tuna blanca, roja y amarilla… hay durazno, manzana, y si nos vamos a una casilla de esa que están de aquí a allá, -dice mientras describe con su dedo un espacio del tamaño de la habitación en la que estamos, poco más de 5 metros cuadrados- pues no. Están buenas las casas, pero quieren que estemos juntos, así amontonados- insiste. Además tenemos como 40 ó 50 gallinas, aquí comemos gallo, gallina lo que caiga, hacemos caldito. Tenemos 40 y tantos árboles frutales, imagínese ¿Dejar todo esto por 15 mil pesos?

Si han de moverlos de sus casas, de sus tierras y pertenencias de toda la vida, ellos exigen que sea en condiciones que les permitan levantar una casita decente, “aunque un Salaverna como éste, que estuvo tan bonito, nunca lo va a haber”, es la conclusión de doña María Teresa que acompaña con una mirada de nostalgia.

Los recuerdos ya están en las maletas

Esa noche la tierra tembló. Se estremecieron sus entrañas. Eran las 7:30 de la noche. Todos sabían lo que pasaba. Todos trabajaron en la mina y reconocen los estruendos. Sintieron la convulsión del suelo. La minera está ansiosa por extraer las riquezas, ya no quiere espera a los que aún se quedan. Quiere que se marchen y por eso hace rugir la tierra. Fue el 4 de diciembre. No lo olvidan y el hundimiento de tierra donde alguna vez vivieron sus vecinos está ahí para recordárselos.

Desde entonces parece que ellos luchan solos contra el resto del mundo, y ese pensamiento no está muy alejado de la realidad, se trata del hombre más rico, pero esta condición no los amedrenta a pesar de que las autoridades estatales o municipales no están de su lado.

Mientras tanto camino por una de las calles que aún conservan su fisonomía. Es una pequeña vía empedrada que pasa sobre lo que algún día fue un arroyo. Subo. Poco antes de una cresta me detengo ante una estructura que ha deslumbrado. Es una de las pocas construcciones que conservan sus paredes. Su puerta aún está cerrada, resguardada por una gruesa cadena y un candado, pero una porción del muro principal cedió ante el marro. Ahora hace las veces de entrada.
Ingreso al inmueble realizando una especie de acto circense, esos en los que las ayudantes del mago se contorsionan para adaptar su cuerpo a un espacio pequeño. Entro. Mis ojos son atraídos por el letrero que aún es visible “Evolución y Trabajo”. Al centro, unas sobre otras descansan las butacas. El techo solo conserva el armazón. Del salón ejidal, del espacio para las juntas del sindicato minero, del lugar de reunión local, no queda más que el esqueleto.

“En Salaverna estuvieron los mejores artistas”, dicen casi en coro María Reyes, Juan Hernández y Roberto de la Rosa Dávila, delegado municipal. Pedro Infante y Jorge Negrete, legendarios actores y cantantes de la Época de Oro del Cine mexicano se pasearon por estas tierras, aseguran.
Este pueblo en ruinas alguna vez fue como los otros, con salón de baile, circo y juegos de beisbol. Pero eso ya es solo recuerdo, memorias de un lugar que pronto ya no existirá en medio de una agonía que se prolonga. Mientras tanto, ellos esperan, no por salvarlo, no, saben que está destinado a morir, pero aseguran que al menos su muerte no será en vano. Si han de dejar su pueblo, sus casas, árboles y memorias, al menos tendrá un buen fin.

Quienes aún habitan Salaverna ya no se resisten a su muerte, pero quieren renacer en un lugar mejor. “No vamos a detener el proyecto minero”, dice Roberto Cuauhtémoc de la Rosa, un padre de familia que fue despedido de la mina por exigir mejores condiciones para los pobladores a quienes se exige que abandonen sus tierras, “pero al menos que no sea tan fácil”. Total, concluyo mientras la tarde nos alcanza en el pueblo, los recuerdos ya están en las maletas.

 

 

 

 

SÚMATE A LA ESCUELA DE PERIODISMO PORTÁTIL