LOS NIÑOS QUE BUSCAN UN HOGAR EN COLOMBIA, por Maricarmen Cervelli

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MARICARMEN CERVELLI (Venezuela). Estudió Estudios Internacionales en la Universidad Central de Venezuela y se especializó en Periodismo en la Universidad Católica Andrés Bello. Colaboró para el diario El Nacional, fue docente universitaria y ha sido conductora de varios espacios radiales en Venezuela y Panamá. Fue jefe de presa del semanario El Venezolano de Panamá y colabora para las revistas panameñas En Exclusiva, Mía y Ocean Drive. Está aprendiendo a contar historias.

 

 

 

LOS NIÑOS QUE BUSCAN UN HOGAR EN COLOMBIA

Una sentencia insólita y un programa de televisión han ayudado a corregir fallas en el sistema colombiano de adopciones, pero también han contribuido a alargar excesivamente el tiempo que miles de niños esperan para ser adoptados o devueltos a sus familias en un país donde a pesar de las alarmantes cifras de abuso sexual a menores, maltrato infantil y abandono, la solución aparente es el fin de las adopciones internacionales.

Trabajo final de Maricarmen Cervelli

Mario tiene seis hijos. Dos hijas biológicas que sobrepasan los 30 años, una de ellas con necesidades especiales. También crió cuatro sobrinos de dos, cuatro, seis y ocho años, huérfanos de madre y abandonados por el padre. Mario sabe de adopciones y se está quedando sin trabajo.
Trabaja para Halifax, uno de los hoteles que aloja a familias extranjeras que llegan a Colombia a adoptar niños, y que atraviesa una crisis económica por la escasa ocupación que ha tenido últimamente y por la caída del “turismo de adopción” desde mediados de 2012. Conoció a familias estadounidenses, danesas, holandesas, finlandesas y suecas; los llevaba a pasear a las afueras de Bogotá o los ayudaba a hacer sus diligencias en algunas casas de adopción de la capital.
Se pensionó hace algunos años pero le gusta trabajar, lo necesita. Siempre anda de traje y luce jovial, con un cabello negro y liso que asoma algunas canas. Logró comprar una camioneta blanca y grande con la ayuda de un antiguo patrón. Es cómoda, perfecta para transportar a estas familias por 250 mil pesos el día.
-Ahorita estuve con unos que venían de… unos finlandeses. No no, mentira, unos daneses. Ellos habían adoptado a un niño como de Madagascar, por allá, como de unos cinco años, de lo más inteligente el chino; y adoptaron una negrita acá de unos siete meses. Ellos eran monos, ojiazules, de lo más simpáticos con esos negritos. No les interesa si son negritos… nada de eso.
Halifax queda en una de las zonas más exclusivas de Bogotá. Por fuera no parece un hotel, es una casa más, su fachada simula la entrada de un bosque con plantas y flores derramadas en las paredes. Adentro tiene dos jardines, una sala familiar amplia y bonita, y dos inmensos estantes llenos de libros; hay juguetes en la esquina de un salón, un parquecito y habitaciones con cuna o cama adicional. Hay espacio para colocar biberones y una salita con cientos de fotos de pequeños niños. La noche cuesta 100 euros, y 25 adicionales por cada niño mayor de siete años.
Este no es el único hotel, hay unos cuatro o cinco más en Bogotá, todos cerca. La noche cuesta 200 mil pesos en promedio, tienen la misma logística y la misma crisis generada por el estancamiento de las adopciones en Colombia, uno de los siete países del mundo que da más niños en adopción (41.557 desde 1997 hasta abril de 2013) unos 2.500 anuales en promedio hasta 2010.

 

 

Jaque al sistema: la sentencia y el programa
Sofía (nombre ficticio por mandato del estado colombiano) recibió una paliza de su tía por haberse comido unas galletas sin permiso. Otra tía, una monja, la vio aporreada, le hizo una maleta, agarró su certificado de nacimiento y se la llevó “a dar un paseo”. La pequeña fue a parar al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) con moretones en la espalda, muy flaca y muy tímida. Su mamá se la entregó a su abuela materna a los dos meses de nacida, y ésta, su abuelo, su bisabuelo y algunos tíos maternos se hicieron cargo de ella. Abandono, maltrato, riesgo sexual y pobreza extrema fueron las razones que dio su tía para dejarla en el ICBF. Un año después la niña fue adoptada pero la adopción no funcionó, la madre adoptiva no soportó los problemas de conducta de una niña que además clamaba por su abuelo y tíos. Casi como una mercancía defectuosa, Sofía fue devuelta al ICBF 11 meses después.
Su tía abuela interpuso una tutela para recuperarla, y entre un juicio largo y complicado lleno de procedimientos legales enredados, Sofía había pasado cuatro años en un hogar sustituto después de su fallida adopción y se había convertido en una adolescente. El Ministerio Público no pudo comprobar si fue realmente abandonada por su familia biológica y a los 16 años salió embarazada. Este polémico caso hizo que el 8 de noviembre de 2011 se dictara la Sentencia T-844 que entró en vigencia en marzo de 2012. La gran resolución fue que ningún menor de edad puede ser declarado en adoptabilidad sin comprobar primero que sus padres biológicos o su familia extensa hasta el sexto grado de consanguinidad puedan hacerse cargo de él.

Desde ese momento el ICBF tiene que buscar al primo tercero, el tío bisabuelo segundo, el sobrino bisnieto segundo, el tío tatarabuelo o el sobrino tataranieto. El tiempo estipulado por la ley para hacer esa búsqueda es de cuatro meses, solo prorrogables por dos meses más; pero muchas familias están regadas por todo el país, quizá por el mundo; y algunos no les interesa la existencia de un niño de su sangre que necesita de sus cuidados. Muchos defensores de familia prefieren no arriesgarse. “El defensor dice: ‘Que espere’. Le da más problema declararlo en adoptabilidad que dejarlo en el sistema de protección”, me dice con tono desconfiado Ilvia Cárdenas, la subdirectora de adopciones del ICBF.

El promedio de permanencia de un niño en el sistema es de nueve meses, pero algunos en Antioquia,por ejemplo, han esperado hasta cuatro años mientras definen una situación que ahora parece no tener fecha de caducidad. Mientras tanto, estos pequeños crecen en casas de adopción sin una familia fija (ni biológica ni adoptiva) y son los prisioneros de un sistema legal confuso y enredado. “¿Quién responde por esos niños? Los niños no comprenden el abandono”, cierra Ilvia Cárdenas, y me mira como si yo fuera la culpable.

 

 

Al plato que se estaba cocinando le agregaron un ingrediente más.

-El año pasado pasaron un programa en la televisión que hablaba de las adopciones; mire, eso fue un desastre- dice Mario con indignación.

“Niños made in Colombia”, la cara oculta de las adopciones, fue un especial de Séptimo Día, -el programa del periodista de Caracol, Manuel Teodoro- donde se puso en tela de juicio un sistema de adopciones que funcionaba sin supervisión en los 70 y 80, y que mueve millones de dólares cada año. Y razón no le falta. Una pareja de suecos jóvenes esperaron tres años para adoptar a una pequeña niña y gastaron unos 100 millones de pesos (aproximadamente 50 mil dólares). Y desde Suecia, una colombiana de 38 años que fue adoptada cuando era una bebé, está en lista de espera desde 2009 y ya va por los 84 millones de pesos. En teoría, el costo es de 30 mil dólares, pero esto es prácticamente una falacia.

Desde que expresa su deseo de adoptar un niño, una familia extranjera sabe que deberá invertir buena parte de su patrimonio, incluyendo lo que le cobra la agencia internacional de adopciones que escoja (cuyos precios varían de acuerdo con el país de origen), la preparación, los honorarios del abogado (más o menos 10 salarios mínimos), los trámites burocráticos (que se vencen cada seis meses), traducciones, legalizaciones, apostille, pago de médicos, psicólogos, medicinas y alimentación del niño, exámenes médicos especiales, el viaje, el hotel y el paseo que les da Mario. Justificado o no, el proceso cuesta y aunque estas personas saben que es mucho dinero, dicen que vale la pena.
La investigación de Teodoro duró casi dos años, pero comenzó a recibir denuncias desde 2007. Mujeres colombianas le escribían diciéndole que habían entregado a su bebé a una oficina de Bienestar Familiar por ser pobres, prostitutas o drogadictas. Según ellas, el ICBF había dado en adopción a muchos de estos niños sin su consentimiento. Un día en 2009, Teodoro estaba en el Parque de la 93 y unas personas se le acercaron; un hombre moreno, corpulento, de baja estatura, caminar pausado, voz tenue y español confuso lo saludó:
-Hola, yo soy Gustavo Madrid, queremos tomarnos fotos con usted.
-¿Y de dónde son, de Aruba?- le preguntó Teodoro, al escucharlos hablar holandés.
-No, somos colombianos adoptados- respondieron.

Eran colombianos pero también holandeses. Una de las acompañantes de Gustavo, una mujer bonita, de cabellera espesa, ondulada y negra, facciones perfiladas y buen aspecto, rompió en llanto de repente.

–Yo he venido aquí y he descubierto que lo más probable es que mi mamá no me quiso dar en adopción porque nada concuerda. ¿Dónde está la firma de mi mamá donde dice que me quería entregar?
Teodoro comenzó a sospechar que algo raro estaba pasando, y junto a su equipo encontró numerosos casos irregulares que fueron sacados a la luz y que causaron revuelo en la sociedad colombiana en 2012. Una de las productoras del programa dice que nadie ha visto lo que ellos vieron mientras preparaban el programa, y que el problema con el ICBF es el incumplimiento del debido proceso.

Gustavo Madrid, quien pidió la foto a Manuel Teodoro y ayudó en la investigación, es un colombiano que fue adoptado de forma desafortunada en 1977 por una familia holandesa. Llegó de nueve meses a un hogar sustituto al ser abandonado por su mamá y pasó nueve años brincando de un lugar a otro. Estaba jugando con sus amigos cuando de repente lo llamaron, le dieron sus cosas y lo montaron en un jeep; llegó al ICBF donde lo esperaban sus padres adoptivos. Olvidó el español, fue víctima de incomprensión, pero también un rebelde con causa: fue abusado sexualmente por sus primos, su papá tenía problemas con el alcohol y su mamá sufría de depresiones.
Hace 11 años Gustavo volvió a Colombia a buscar a su familia. Recuperó el español pero las huellas de su acontecida historia son aún visibles en sus ojos tristes, su mirada esquiva, su frustrada búsqueda y su español machucado. Hoy tiene 44 años, vive en el sur de Bogotá, se ha hecho famoso entre los que buscan a sus familias biológicas y forma parte de la cadena económica de las adopciones: cobra un millón 500 mil pesos por el servicio de búsqueda.
Para conseguir los datos que necesita también tiene que pagar, por eso, muy a su pesar no le queda otro remedio que cobrar por su servicio. De algo tiene que vivir.
-¿Piensas que esto es un negocio?
-Claro, es un negocio, para mi es un negocio; desde el principio hasta mucho tiempo después de adoptar. Mírame lo que estoy haciendo yo ¡Es un negocio! Y ahí es donde termina, cuando la persona encuentra a su familia.

 

Niños a la espera
Blanquita, la esposa de Mario, trabajó 30 años en Halifax, pero renunció antes de la crisis porque estaba cansada y tenía que ir a cuidar a sus seis hijos. En el hotel conoció a Pilar Escobedo, una mujer que lleva 30 años trabajando para la agencia sueca de adopciones Adoptions Centrum, y que ha visto irse para Suecia a unos cinco mil niños.
Pilar habla de pequeños que han sido abusados sexualmente, abandonados en basureros con desnutrición extrema, enfermedades venéreas y VIH, cardiopatías y retardo mental; que han llegado al ICBF con 28 fracturas en el cuerpo o quemaduras de cigarrillo infectadas; que han visto morir a su mamá y han sido abandonados por el papá, que toman cerveza y fuman a los siete años. Niños con una infancia dañada.
Muchos, -unos 7.953- deberán esperar más tiempo de lo normal para definir su situación mientras les consiguen a “sus familias extensas”. Mientras tanto, crece el número de niños abandonados o maltratados en una Colombia donde 54% de los bebés no son deseados, 4.697 niñas menores de 14 años fueron madres en 2012 producto de una violación (en la mayoría de los casos por un familiar o conocido), donde unos seis mil niños ingresaron al sistema de protección por abuso sexual en 2011 y 16.457 lo hicieron por maltrato infantil entre enero de 2012 y enero de 2013. La región que lidera la lista es Bogotá.

Incluyendo a los discapacitados, los que esperan y los de difícil adopción, son 11 mil los niños que están en el sistema de protección buscando un hogar, ya sea de una familia adoptiva o biológica. A pesar de eso, “no hay niños disponibles ahora”, exclama la subdirectora de Bienestar Familiar.
Mientras, 3.577 familias están en lista de espera desde 2007 y por primera vez hay colombianos esperando. El proceso de adopciones internacionales en Colombia ha tenido sus altas y bajas. En 2010, 3.058 niños fueron adoptados, una de las cifras más altas desde 2007; pero el impacto se ha hecho sentir: en 2011 las adopciones disminuyeron 18% con respecto a 2010; y en 2012, 51% con respecto a 2011. Hasta abril de 2013 iban 369 adopciones, con una tendencia a la baja a finales de año. ¿Había demasiadas adopciones porque las leyes eran laxas y el ICBF indolente o porque todos los días abandonan cuatro niños en Colombia?

Pero esto no pasa nada más en Colombia. Desde 2004 hasta hoy las adopciones internacionales se han reducido a la mitad. Las leyes se han endurecido, los sistemas de protección infantil en algunos países funcionan mejor y mayor cantidad de niños regresan con sus familias. Marruecos y Malí han cerrado recientemente sus sistemas de adopción internacional por razones religiosas y solo los residentes pueden adoptar. Rusia aprobó una ley antiadopciones que no permite que los estadounidenses adopten niños rusos. En China no pueden adoptar homosexuales y mayores de 50 años, y los trámites burocráticos son enormes. Guatemala cerró las adopciones internacionales después de escándalos relacionados con venta de niños y Chile también lo hizo, porque entre los chilenos existe una cultura de adoptar niños dentro de su mismo país.

 

 

Cuatro y contando
El padre de los sobrinos de Mario se juntó con una mujer de más de 40 años y la dejó embarazada; hoy el bebé de casi un año de edad vive en casa de Mario y la historia de hace 20 se está repitiendo. El pequeño llegó mocoso, desnutrido y mal cuidado, “y ahora parece un niño del norte de Bogotá”. La madre exclama que le echaron un maleficio que la separó de su marido y anda detrás de él para reconquistarlo; los empleos no le duran y apenas se hace cargo del bebé. El papá ya consiguió novia.
Esto es una muestra tenue de que no todo el mundo sirve como papá y mamá, y que la decisión de traer un hijo al mundo nunca debería tomarse tan a la ligera. Aunque Mario no ha pagado ni un centavo por su última y probable nueva adopción, siente que tiene un deber moral: darle una familia a un niño que no tiene la culpa de haber nacido.
-Para mi sería bueno que se agilizaran las leyes para que haya más adopciones; después de lo que yo viví en Halifax yo sí estoy de acuerdo con las adopciones- dice Mario convencido y guiado por su propia experiencia.

Los niños deben ser siempre lo más importante. Las denuncias han traído mejoras necesarias, pero ahora hay un nuevo problema: muchos pequeños están pasando los años críticos de su proceso de desarrollo en el sistema de protección, que podrá ser bienintencionado, pero que nunca reemplazará a una familia. Aunque se acaben las adopciones, queda la ardua tarea de corregir los males sociales que sufre la sociedad colombiana: pobreza, machismo, descontrol de la maternidad, desplazados, drogas, falta de educación sexual y conciencia social y la ausencia de servicios médicos accesibles a la gente. De lo contrario, más niños entrarán al sistema de protección, más niños necesitarán un verdadero hogar.

 

 

 

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One Response

  1. Tambien tienen el deber de dedicarle espacio y tiempo a los que fueron adoptados hace 20, 30, 40+ años atras, epoca en la que se cometieron muchas irregularidades de todo tipo en lo que respecta a niños supuestamente dados en adopcion, y digo supuestamente porque gracias a los medios de comunicacion de hoy en dia, algunos han logrado encontrar a su familia biologica y asuntos vergonzosos han salido a relucir, secuestros, robos, engaños a madres biologicas, etc., etc. No solamente es el derecho innato de cada persona el saber su origen, el saber quienes son sus padres y familiares biologicos, pero lo menos que tiene que hacer hoy en dia el ICBF y el gobierno Colombiano es ayudar con dedicacion máxima a los adoptados adultos que estan buscando a su familia biologica.

    Uno de los mayores problemas existente es que el ICBF y los juzgados permitieron adopciones de niños que no estaban debidamente identificados y documentados. En los documentos de adopcion, aparece el nombre de la madre biologica con un solo apellido, no aparece su numero de cedula (de no tener, sus huellas dactilares), no se verifico la validez y existencia del domicilio de la madre, no ejecutaron el documento de entrega del niño, o no está debidamente firmado y con la informacion necesaria, etc., etc. Todas estas irregularidades o ineficiencias han perjudicado a miles de adoptados, y hoy en dia enfrentan un grave problema en que no tienen la informacion basica necesaria para buscar a sus familiares. La ayuda que actualmente ofrece el ICBF a estos adoptados en ineficiente y totalmente inaceptable. No se dedican suficientes fondos de ayuda para estos casos. Estos adoptados tienen el derecho de que se les ayude por todos los medios de comunicacion, periodicos, anuncios de television, y sobre todo, la creacion de una base de datos de referencia cruzada, con nombres, apellidos, fechas y lugares de nacimiento, fechas de adopcion, agencias utilizadas, nombre y dos apellidos de las familias biologicas, etc., tambien de manera que las familias biologicas puedan consultar y ver si los hijos que entregaron en adopcion o que les “expropiaron” estan buscandoles. El ICBF y el gobierno Colombiano tienen la obligacion y el deber de ayudar a los adoptados al maximo, para que el reencuentro se pueda hacer una realidad.

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