LITTLE HONDURAS, por Chantal Flores

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CHANTAL FLORES (México) Egresada de York University en Toronto donde empezó a explorar las interacciones entre países desarrollados y subdesarrollados a través de su propia experiencia y de las de otros inmigrantes. Ha trabajado en publicaciones en Accra, Toronto, y en The Nation Magazine en Nueva York. Actualmente se encuentra de regreso en su ciudad natal, Monterrey, México, explorando nuevas historias.


 

 

LITTLE HONDURAS

Docenas de migrantes hondureños estancados en el norte de México, sin dinero para cruzar y papeles para trabajar, buscan refugio en la Casa del Migrante.

Trabajo final de Chantal Flores

 

 

 

Todos se ven iguales. Prietos, no morenos, cansados, manos curtidas por el campo, piel envejecida por el sol. Algunos parecen backpackers de lejos, con sus mochilas pegadas como caparazones y sus camas ambulantes – sleepings añejos que no transmiten ni un color, sólo olor. Otros parecen mendigos cargando una bolsa de plástico donde guardan su único cambio de ropa. Todos son migrantes.

Son las cinco de la tarde y todos los que están esperando entrar a la Casa Nicolás, en su mayoría hombres, comparten la misma historia detrás de esos ojos sin brillo. Algunos vienen de trabajar, otros siguen en busca, y otros cada vez se adentran más al negocio de pedir limosna. Estancados en una ciudad que aparenta progreso mientras llega el dinero para continuar en su búsqueda por el sueño americano.

Unos 10 hombres, casi todos originarios de Honduras, están sentados en la sala de televisión en el segundo piso del albergue de migrantes, ubicado en el municipio de Guadalupe en el noreste de México. En cualquier otro lugar la apariencia física de los 10 hombres causaría sospecha o sería motivo de discriminación. Todos están descansando, esperando la cena mientras ven la tele apagada y platican sin verse las caras. Entre ellos, está Janet, quien dejó Honduras y sus cuatro hijos – “ya casados”- hace dos meses y medio.

“No se puede vivir en paz, hay mucha crisis, no hay trabajo”, dice la mujer de 50 años que lleva tres días en Monterrey, una ciudad que ni existía en su mente. “Uno vive con temor y mejor huye del país”.

Quince minutos después hay dos mujeres más: Jessica, madre soltera de 28 años que viste de jeans con una chamarra naranja que pretende ser una Reebok, y Britanny Paola, quinceañera que salió de Tegucigalpa hace casi seis meses con un grupo de 18 amigos. Ellas son tres de las cuatro mujeres que están en la casa que ayuda a migrantes que atraviesan por Monterrey y su área metropolitana en su camino a EUA. Las tres son hondureñas y todas hicieron el mismo viaje que ya hemos escuchado varias veces. Versiones similares, pero no diferentes, con el mismo personaje principal: La Bestia.

“Me vine en el tren, sufriendo fríos, durmiendo en el monte a veces, caminando kilómetros. Traíamos los pies bien llagados de tanto caminar”, comenta Janet de piernas cortas y torso redondo. El color de su pelo se fusiona con su cara ceniza y reseca, delineada por docenas de arrugas que le cargan más años a su mirada pérdida. Ya no tiene ningún rastro de su caída, esa vez que quedó colgada y la arrastró el tren en Puebla. “Es que pasa muy recio. A mí me habían dicho antes que hiciera fuerza para salir para atrás y no me cogiera el aire, las ruedas que succionan”.

Entrando a la casa, después de abrir la reja de rombos y pasar por el patio central, hay dos puertas del lado derecho. Cuando te dicen que hay detrás de la segunda puerta se te olvida inmediatamente que había en la primera. Es como si un monstruo estuviera escondido. Se siente el morbo, la pena, la lástima, solo con pasar y pensar en el hombre que duerme ahí con la pierna amputada. Uno mejor continua caminando hacia el comedor o hacia las escaleras. Esas cosas nunca se digieren, solo se ignoran.

Jessica, quien dejó a sus hijos de 11, 8, 7 y 1 año con su suegra, también se cayó. En la estación de Bojay en Hidalgo donde es común ver a cientos de migrantes en el lomo de la bestia. Pasó una semana en la casa del migrante en San Luis Potosí, recuperándose de golpes en todo su cuerpo delgado. Sus manos pequeñas y brazos esbeltos anunciaban esa caída desde antes.

A Brittany no le pasó nada durante su viaje, solo duró más de lo esperado. “No salía tren, estuvimos 12 días en Palenque, y de ahí cuando íbamos para Veracruz nos dejaron botados tres días y luego ya salimos”, explica la joven de 1.55 centímetros, tez dorada y cara tipo Cabbage Patch. En cada palabra hay trozos de una inocencia, como si en cada kilómetro que recorrió hubiera perdido una parte de su adolescencia, una parte de ella. Cuenta sus días como si fuera una trotamundos narrando sus aventuras, como si todavía no quisiera aceptar que la travesura ya pasó:

– ¿Les avisaste a tus papás?
– Sí, si les avisé…pero cuando estaba aquí en México.
– ¿Y qué te dijeron?
– Que por qué me había ido, que me ciudara.
– ¿Por qué te quisiste escapar?
– Porque me invitaron y ya. Que me viniera, que iba a pasar al otro lado, pero me robaron en Piedras Negras y no pude pasar.
– ¿Y tus amigos?
– Todos cruzaron. Yo me fui con otro coyote y él me robó. Nos fueron a dejar ahí nomás que viéramos el río y no nos cruzaron.

Todos solo pensaron en irse para tener un futuro mejor, para brindar una mejor vida a su familia. Su país los traicionó, su gobierno los ignoró y el dinero los abandonó. “La crisis” sale por la boca de todos, como si fuera un ente que acecha constantemente hasta esquinarlos. No queda de otra más que huir. “Mi vida no era muy buena. Sí estaba estudiando pero siempre también quise tener una mejor vida y me gustaría ir a EUA para darle una mejor vida a mi familia”, dice Brittany, la hija más chiquita y la tercera en intentar cruzar la frontera. Su hermana ya se regresó y a su hermano lo acaban de deportar.

“Hay que venirse a buscar la vida, a ver que se puede hacer”, comenta Janet quien tuvo que vender su tienda de abarrotes antes de partir. “Se sufre, en ese país, se sufre. Todo es caro, no hay trabajo, nunca tiene dinero uno, nunca puedes salir adelante. Una crisis total, una pobreza total, una delincuencia total, estamos perdidos”. Janet no sabía nada de esta ciudad. Hasta que llegó aquí le dijeron que esto era Monterrey. Su destino, como todos, era los Estados Unidos de América, país de sueños quebrantables. Después de la larga travesía para llegar acá, ya no se quiere arriesgar y prefiere encontrar trabajo aquí de empleada doméstica. Para no pagar renta, dice.

– ¿32 no hay? ¿Dónde está el 32? – pregunta Janet a Jessica, mientras sigue buscando en los montones de pantalones la talla.
– Son 36, 32 no hay ni uno todavía. Aquellos son 36.
– ¿Estos?
– Esos son playeras, no sé como le llaman…

Janet sigue acomodando la ropa en el mueble de metal que carga docenas de pantalones usados, mientras Jessica los acomoda sobre la única cama que hay en el cuarto. Las tres hondureñas duermen ahí, una en la cama, las otras en dos colchones, rodeadas de montones de ropa. Brittany Paola, quien esta esperando que sus tías que viven en San Francisco le manden dinero para cruzar, las observa mientras come unas Ruffles de queso.

Para estar en el albergue, tienen que cooperar con la limpieza de la casa, portarse bien, no fumar o tomar bebidas alcohólicas, y apoyar en varias tareas del hogar. Al llegar, si lo requieren, reciben un pantalón, una camisa o una playera. Janet continúa acomodando los pantalones que fueron donados, mientras Jessica, quien lleva diez días viviendo en la casa, se queja de los de la lavandería que no le pagaron lo que dijeron. “Es bastante pesado el trabajo digamos en el aspecto de que no era un salario a lo que nosotros esperamos porque cuando ellos vienen a buscarnos te dicen que te van a pagar dos mil a la semana, incluso la alimentación y la dormida, y cuando llegamos allá, ya no”. Jessica solo fue ese día y luego trabajó dos días en una “recicladora” donde le pagaban $150 pesos el día, pero luego se acabó el trabajo.

A las seis de la mañana todos tienen que dejar el albergue para salir a buscar trabajo, casi todos temporales. Algunos se quedan en el seven eleven de enfrente pasando el rato y pidiendo limosna. Otros se van a trabajar con las personas que llegan ahí a ofrecer. “Hemos salido a ver si conseguimos trabajo pero no hemos hallado todavía. Aquí afuera cuando nos sacan, vienen algunos a recogerlos, pero casi solo hombres se llevan a trabajar”, dice Janet, quien solo ha trabajado dos semanas en casa de una maestra en Palenque desde que llegó al país. Brittany, quien lleva cinco días en Monterrey, asegura que también está buscando trabajo pero ahora con un poco más de precaución. Estuvo cinco meses en Piedras Negras ayudándole a una señora en su casa y en una tienda de ropa, pero luego se tuvo que escapar porque no la dejaba salir y no le pagaba lo que trabajaba. “Siempre me amenazaba que me iba a reportar, me escapé y me fui para la casa del migrante de allá”.

Son las siete de la noche. La cena está servida: arroz rojo, frijoles, pan, y guisado cubren completamente el plato. Como una gran familia se sientan los más de 40 en los dos comedores largos donde los de las cabeceras tendrían que gritar para escucharse. Todos comen lo mismo, unos en silencio, otros intercambian palabras. La incertidumbre está presente, la pregunta está en el aire: ¿Cuántos serán parte del creciente grupo de migrantes que se quedan en México?

A algunos ya se les vence el número de días que pueden estar en el albergue, otros no saben cuando tendrán un trabajo, y otros pocos siguen esperanzados que algún paisano les mande dinero. Sus familias esperan; su país cada vez se aleja más.

– No puede estar uno en su país por eso emigramos, casi la mayoría de la gente, porque no podemos superarnos. Nuestro país está muy pobre, dice Janet.
– ¿Y usted cree que aquí sí se va a superar?
– Pues a lo mejor, puede que si…con un poco de suerte no?

 

 

 

 

 

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