EL PADRE ARCOIRIS, por Paola Aguirre Praga

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PAOLA AGUIRRE PRAGA (México). Nacida un 6 de mayo, egresó de la Universidad Autónoma de Coahuila. Norteña en México, es amante de las historias, la música y los libros. La calle y las personas han sido su mejor escuela. Es reportera del Periódico Zócalo Saltillo, ha recibido el Premio Nacional de Periodismo y otros estatales.

 

 

 

 

EL PADRE ARCOIRIS

Robert Coogan es un sacerdote incomodo en Saltillo. Ha dejado en claro que para él los homosexuales son una bendición para el mundo. Cada mes, celebra una misa para la comunidad lésbico gay, de los 10 mandamientos, solo les pide el amar.

Trabajo final de Paola Aguirre Praga

 

 

 

 

I.
A los 61, Robert Francis Coogan Hangarter es discreto, de no ser por la cruz que lleva colgada en el cuello, no habría rastro físico religioso en su cuerpo. El sacerdote sonríe, su buen humor es característico.
Cuenta chistes católicos y nobles. Es de modales corteses, no tiene auto, le gusta caminar. La humildad es el principio de su vida, una vez que alguien habla con él, no se olvida su carácter suave y amistoso.
La mochila de piel desgastada que lleva colgada, cruzada al frente del torso siempre lo acompaña. Es como su oficina móvil, en ella siempre tiene una libreta que guarda pensamientos y oraciones, su teléfono celular y una vieja agenda.
Prefiere vivir sencillo, lleva pantalón de mezclilla negro y una playera gris tipo polo de manga corta. Su piel blanca, quemada por el sol y el viento define unas ligeras arrugas, que se pierden entre la barba que ya pinta cana.
Su presencia se ha vuelto incómoda para algunos católicos tradicionalistas que ven con sorpresa su apoyo evangélico a la comunidad homosexual y los presidiarios.
Algunos fieles le cuentan, que otros murmuran sobre él en las calles si ven que va a acompañado por algún muchacho afeminado, pero a Coogan eso no le roba el sueño.
Camina recto, pero tranquilo por la calle de Juárez en el centro de Saltillo. Entra al café y pide una limonada. Mira el reloj Fossil, cuadrado y pequeño que lleva puesto en la muñeca izquierda.
“Tengo una misa más tarde, dentro de una hora con los muchachos”. Desde hace cinco años, imparte la eucaristía en el centro de Readaptación de Menores, convive con ladrones, sicarios y violadores, los confiesa y les lleva la comunión.
Ha visto sufrir a internos en los Ceresos de Coahuila, a mujeres víctimas de largas jornadas que laboran en la maquila penitenciaria, hombres con enfermedades mentales que han vivido en condiciones de tortura y homosexuales golpeados por el desprecio de sus familias.
Cuando habla, Coogan pronuncia diferente al resto de los norteños, es una mezcla entre inglés y español, aun no logra dominar el castellano, a veces olvida como conjugar los verbos.
Desde hace diez años se convirtió en defensor de quienes son rezagados por ser como son. A diferencia de otros sacerdotes de la Diócesis de Saltillo, alza la voz en los medios de comunicación esporádicamente, su trabajo para muchos podría ser invisible, a otros les ha salvado la vida.

 

 

II.
Coogan habla todos los días con su primer amor: Jesucristo. No lo traiciona pero comparte el cariño y la devoción con San Aelredo, a San Bernardo, y Santa Teresita. Al Hijo de Dios y a los santos les encomienda su vida.
“Yo sé que Dios es el motivo por el que nosotros estamos en este mundo, estamos por amor, la ley del amor es más exigente que seguir un código ético, nada como la oración”.
Es un hombre delgado, de piel blanca. Ligero al andar, pocas veces se despeina, es un tipo sencillo que no viste con ropa de marca. Pero si lee, invierte en libros y sobre todo en el tiempo, en las conversaciones.
Siempre ha sido así, incluso antes de ser sacerdote. Cuando viajaba, pedía por su protección. Así lo hizo el día que se trasladó vía terrestre de Nueva York a México. Llegó a Coahuila, al municipio de Múzquiz.
Recorriendo calles, visitaba los muchachos que se juntaban en las esquinas del pequeño poblado. Luego de ganar confianza, comenzó a frecuentarlos y percibió que algunos desaparecían por semanas o meses y entonces preguntaba por ellos al resto del grupo.
Le respondían que estaban en el hotel en Sabinas. No entendía, despejó sus dudas y descubrió que se trataba del centro penitenciario. Los propios muchachos le sugirieron que los visitara.
Fue entonces que descubrió su vocación. Desde aquel día se ha convertido en su acompañante, incluso su labor se extendió a otros penales del estado. Hasta la fecha sigue recorriendo los pasillos de las cárceles.
Pero una época se le marcó en el pecho. Formó parte del grupo que junto con el padre Alejandro Castillo inició el proyecto de las Casas San Juan en el municipio de Sabinas. El objetivo era rescatar a jóvenes presos del alcohol, las drogas y la violencia.
Supo que no podía quedarse observando lo que pasaba, había que actuar. No tuvo duda: a los 43 años decidió ser sacerdote. Fue ordenado el 3 de julio de 2001.

 

 

 

III.
El 6 de noviembre de 1952 llegó al mundo. Creció entre los rascacielos de Nueva York. En una familia numerosa, los primeros años fueron divertidos, cercanos a la religión. Su padre participaba y comulgaba en la misa todos los días. Así se sembró la semilla de amor a la Iglesia.
Fue un adolescente quieto pero aventurero con los amigos si lo ameritaba la ocasión. En su juventud, uno de sus primeros trabajos, fue en un teatro de Nueva York. Había un hombre mayor que diseñó y organizó un baile con mujeres llamado Rockets. Era gay y toda su creatividad la había canalizado al mundo del espectáculo.
Coogan se convirtió en el confidente de aquel hombre, el que le contó discretamente que había tenido parejas de intimidad cuando sintió la necesidad. No había razones para gritarlo al mundo, sobre todo porque en Broadway, eso era un escándalo.
Trabajó también para un dueño de antros. Ese hombre estuvo en manifestaciones de StoneHole. Nunca pensó en casarse. En el círculo en el que él se desenvolvía eran poquísimos los que habían alcanzado una carrera universitaria, le criticaban por ser gay.
Tiempo después el empresario se convirtió en militante político, “su capacidad de estar un día en Nueva York y al otro en Los Ángeles y luego quien sabe dónde, defendiendo derechos, así es él”, recuerda el sacerdote y asegura que muchos no lo entienden.
Aquellos años los lleva en la memoria. Pero no se aferra al pasado. De México admira la convivencia en familia, el calor de las reuniones y celebraciones tradicionales. Pero no olvida Nueva York. Extraña la ciudad cosmopolita, entre otras cosas, por la apertura de pensamiento.
“La capacidad de abrirse a formas de pensar diferente es de todos los días y en cambio aquí hay una tendencia -así es y así se va quedar- y cuando alguien cambia piensa que el mundo se acabará”.
Llegó a Coahuila hace 20 años y por accidente llegó al trabajo con los encarcelados cuando era laico y estaba de visita en Nueva Rosita. Después de un par de semanas, decidió quedarse.
Coogan lee poesía y visita la Ciudad Deportiva, ubicada en el oriente de Saltillo. Es una zona de pistas para atletas, juegos infantiles y que posee una laguna, el lugar lo llama porque le recuerdan los lagos de Nueva York. “Doy de comer a los patos”, dice entre risas con ese peculiar acento.
En su juventud vio la construcción de las Torres Gemelas, guarda negativos de fotos que alguna vez tomó. Subió al desaparecido inmueble en muchas ocasiones. Lo que para muchos neoyorkinos representaba una construcción simple en una ciudad de rascacielos, a él le parecía una especial construcción de los 70.
Con su derrumbe, también se fueron parte de sus recuerdos más valiosos en Nueva York, porque su vida quedó marcada por un personaje especial, el padre Mychal Judge, que directamente se relaciona con el ataque del 11-S.
Entre los escombros del derrumbe, la funda marcada con la inscripción “Víctima 0001” contenía el cuerpo de aquel viejo sacerdote, un capellán católico del Departamento de Bomberos de Nueva York, que se había convertido en su inspiración en la pastoral, que ahora realiza en la Diócesis de Saltillo con los grupos desprotegidos y discriminados.
“Era un sacerdote franciscano, su compartimento fue tan admirable que tiene el privilegio de ser el primero de la lista de víctimas. Era sencillo en su forma de actuar y pocas personas con tanto valor, desde que falleció he estudiado su vida y me ha inspirado para mi propio sacerdocio”.

 

 

IV.
Aquella mañana se sintió preocupado, pero tenía que guardar la calma. Su lado humano se había sacudido. El corazón se le estremeció al ver a un jovencito en pijamas que se acercó a él, llorando.
Al chico, hacía semanas que le cuestionaban la afeminada forma de ser, hasta que explotó y con gritos se liberó. “Me gustan los hombres papá”, le dijo. Y entonces su cuerpo, además del rechazo recibió una paliza.
El sacerdote le propuso un plan de vida: acercarse a Dios y seguir adelante.
“Homosexuales están acostumbrados a escuchar que están mal, que la Iglesia no los quiere, que están destinados al infierno y otras enseñanzas de odio, ¿pero el recogimiento? ¿Alguien que dice que son una bendición para el mundo? Lo que Dios crea es una bendición para el mundo, los homosexuales son una bendición para el mundo, el mundo no puede existir sin homosexuales, no puede sobrevivir. Dios en su sabiduría creó la diversidad”.
Para el padre Coogan el catecismo está hecho para todo el pueblo. “Todos los creyentes y toda la gente con interés en lo que enseña la Iglesia Católica está muy bien, pero cuando uno está intentando ayudar a personas víctimas de los prejuicios de una sociedad intolerante, sí hay que ir más allá de lo que dice el Catecismo”.
“Personalmente, algo que tengo muy presente cuando yo estudié en la prepa la psicología todavía decía que la homosexualidad era una enfermedad mental. Me alegro de que eso haya cambiado y que se pueda decir abiertamente, aunque los estigmas y hasta el peligro no ha sido abolido completamente”.
En 2007 Coahuila pasó a la historia como el primer estado de México en tener vigente una legislación para la unión civil entre parejas del mismo sexo. Sin embargo, bajo la figura del Pacto Civil, desde hace cinco años sólo 234 han sido unidas.
Luego de este gran paso. Tres años después junto con un grupo de jóvenes, se convirtió en asesor espiritual de la Comunidad de San Aelredo, el primer espacio dentro de la iglesia coahuilense para homosexuales.

 

 

 

V.

En marzo de 2011, en el punto 3.9 del Plan Diocesano de Renovación Pastoral de la Diócesis de Saltillo, se incluyó la de la comunidad homosexual y la institución de una agrupación para respaldarla.

Semanas después, el obispo de Saltillo, Raúl Vera López, abrió las puertas de la diversidad en un estado conservador del norte de México, dio la misa vestido con una túnica con el símbolo homosexual, vestía los colores del arcoíris, acto que lo colocó en la polémica nacional.

Mientras, Coogan se hacía cargo del naciente grupo de homosexuales en la Iglesia, en coordinación con Vera López, que se encargó de difundir la nueva etapa en la diócesis local.

Semanas después, el Vaticano pidió al prelado que aclarara su posición y su trabajo con grupos homosexuales, durante una serie de reuniones que tuvo en la Curia Romana.

En Roma, Vera López se encontró con Marc Oullet, prefecto de la Congregación para los Obispos, William Levada y Luis Ladaria, prefecto y secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Las autoridades vaticanas le recomendaron definir su postura respecto a la doctrina católica, sobre todo en materia de defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural y del matrimonio heterosexual.

Los encuentros se dieron en un ambiente cordial y sin ánimo de amonestar, pero con una recomendación precisa: Vera López debería establecer con claridad y en público su adhesión a los valores de la Iglesia católica, apostólica y romana.

Entonces el obispo lamentó que en México existan todavía muchas personas que “se escandalizan de que algunos ministros de la Iglesia católica apoyen al sector lésbico gay, principalmente los que tienen el interés de la enseñanza católica”.

La opinión la comparte Coogan. Y la defiende porque ha visto como son discriminados jovencitos y jovencitas con la vida por delante. Ha visto sufrir a quienes viven presos en el closet, a quienes se aguantan las ganas de demostrar afecto en público.
“En México falta mucho en saber cómo atender a homosexuales, somos el único grupo que atiende homosexuales de parte de una diócesis en México, pero en Estados Unidos más de 50 diócesis sus obispos están apoyando a la comunidad homosexual y todo lo que hacemos lo hacemos con referencia a lo que están haciendo en otras partes”.

 

 

 

VI.
Es 25 de diciembre de 2012 y el padre Coogan está afuera del Cereso Femenil de Saltillo. Junto con otros reporteros espera la llegada del obispo Raúl Vera López, que oficiará la misa de Navidad a las internas.
El viento sopla helado. Vera López se retrasa. Coogan entretiene al grupo con chistes. Todos ríen. Hace bromas sobre un celular.
“Es como el que dice ¿Me das tu teléfono? Y el otro le contesta, sí hombre, ¿y con qué llamo a mis amigos?” son chistes blancos que rompen con la desesperación del grupo y que al presbítero le vienen bien.
Su sonrisa es amplia. Se la brinda a internas, periodistas, fieles, homosexuales, transexuales, adictos. Él no distingue.

 

 

VII.
En el templo católico El Calvario los fieles no llevan pelucas coloridas, ni pestañas postizas brillantes, tampoco tacones de plataforma, ni escotes exagerados ni minifaldas de animal print.
Es el último domingo de enero. El padre Robert Coogan, realiza la eucaristía. La homilía es diferente a otras, se habla de los derechos de los homosexuales. Se dirige a jovencitos y jovencitas que ponen atención a sus palabras.
Ahí, se honra a santos de la Iglesia Católica considerados homosexuales, como San Sergio y San Baco, dos mártires que fueron soldados del Imperio Romano.
Según historiadores, la relación que le unía a ambos era la de amantes, lo que indica la tolerancia hacia la homosexualidad de los primeros cristianos.
Coogan explica que la pareja es el único ejemplo documentado y reconocido de una relación homosexual, aunque existen otros, la biblia no habla de un lazo sexual, sólo de la amistad íntima entre dos personas del mismo género.
También está el caso de Felicitas y Perpetua, la historia de Ruth y Noemí, en el Libro de Ruth en la Biblia, a pesar de ser leída por algunos como una historia sobre el tipo de amor familiar que siente una nuera por su suegra, ha sido también considerada el testimonio más temprano en la historia de una relación de amor entre personas del mismo sexo.
“No es común que en una misa se lancen mensajes positivos para los homosexuales, este es el único lugar donde se habla de manera positiva del amor entre personas del mismo sexo”.
El padre trabaja para darles a los muchachos un mensaje de espiritualidad y amor de Dios hacia todos los seres humanos, alejado de prejuicios y señalamientos moralinos.
Entre la grey está Carlos Llamas. Junto con Coogan, fue uno de los fundadores de la primera comunidad homosexual católica. Es activista que lucha en Coahuila para disminuir la discriminación y erradicar la homofobia. Ahora, lleva las riendas de su propia asociación, Jóvenes Prevenidos AC, ha escuchado historias con fin trágico.

“Creemos que diversos asesinatos que han ocurrido en Saltillo son crímenes por homofobia, asesinaron a un compañero de la diversidad sexual, lo asesinó una persona que en el momento en que declara dice que lo asesinó porque le tocó la pierna y que se le estaba insinuando; lo apuñaló. Sin embargo no se catalogó como un crimen por homofobia”,

En tres años ha recabado cerca de 53 casos de quejas por agresiones de autoridades policiacas contra homosexuales y lesbianas. Ilustra la situación actual comparándola con la de hace 10 años.

“Antes había el ‘servilletazo’: los policías, si veían a una persona que tenía tendencias homosexuales, lo agarraban en la calle y le pasaban una servilleta y si traía maquillaje lo cargaban y se lo llevaban. Y el día de hoy ya no te detienen a menos que vayas con tu pareja de la mano, en algunos casos”.

 

 

 

VII.

La misa termina y sonríe. Robert Coogan no teme ser visto como un sacrílego porque apoya a los homosexuales. Tiene amor para dar y lo comparte con ellos. No se asombra si los ve vestidos de trasvestis.

Los 10 mandamientos de la iglesia los aplica con la comunidad lésbico gay. A menudo le dicen que les inculque reglas, pero lo único que él les exige es que aprendan a amar.

 

 

 

 

 

 

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