EL HOMBRE QUE RECICLA LA MUERTE, por Loreley Flores

EPP_loreleyflores

LORELEY FLORES (Argentina, 1973) Es una periodista nacida en Rosario, la cuna de la bandera argentina. Estudió “Periodismo integral y deportivo” y Locución en el Instituto Superior Gral. San Martín. Ha hecho participaciones especiales en radio y blogs de periodismo investigativo. Trabaja en la edición de su primera novela de no ficción, entre otros escritos.


 

 

 

 

EL HOMBRE QUE RECICLA LA MUERTE

Él no cree que exista el paraíso, el purgatorio ni el infierno. El cementerio es su laboratorio: el lugar donde este artista plástico puede bucear en aquello que más asusta al ser humano, la muerte. No está dispuesto a aceptar el dolor ni el olvido por eso es milita en la preservación de la memoria.

Trabajo final de Loreley Flores

 

 

– De día, el cementerio es territorio del dolor; de noche, no. Los muertos no duermen, los muertos están muertos –dice Dante.

Él es el Director de Diseño Urbano de la ciudad de Rosario.
Es ese flaco alto, de ojos claros, que aparece en televisión cada vez que se hace un anuncio extravagante que vincula al arte con la gente. Es ese “loco” al que se le ocurrió organizar recorridas nocturnas por el cementerio y dejó a la población perpleja alternando sus sentimientos entre el miedo y la curiosidad.

Santa Fe, la ciudad de las inundaciones y las reconstrucciones, lo vio nacer en la primavera de 1955. Aún estaba en el vientre de Margarita cuando se enfrentó por primera vez con la muerte.
Su madre era una joven y bella retratista francesa que ya había dado a luz un hijo y que durante el segundo embarazo enfermó de tifus. Pasó siete meses en cama con riesgo de abortar. Margarita fue una mujer culta y apasionada. De sus pechos fluía arte, sensibilidad y belleza; con eso lo amamantó.
Su padre, Dante Alfredo, era un industrial metalúrgico, hijo de inmigrantes italianos, que el 5 de noviembre recibió de obsequio de cumpleaños el nacimiento de aquel que llevaría su nombre: Dantito.
Dante Alfredo tenía un amor pernicioso por el juego, y eso les arrebató la casa, el bienestar económico y la familia.

-El paraíso se perdió gracias al vicio de mi viejo. Lo arriesgó todo. Fue rico y murió pobre, enfermo e impiadoso -dice sin emocionarse ni bien ni mal. No tiene buenos recuerdos de su familia paterna. Ninguno. Cero.
Será por eso que a Dante le molesta que lo primero que vean los turistas al entrar a la ciudad sea “la gran fábrica de pobres”. Uno de sus proyectos es hacer, frente al casino, una escultura de hierro fundido con piezas descartadas de antiguas industrias. Una especie de metáfora que hable de segundas oportunidades, trabajo, constancia y esfuerzo. Una guerra personal contra la ludopatía.

Dante, sus hermanos y su madre tuvieron que irse de la casa grande.
Se despidió del lugar dónde había aprendido a caminar sobre virutas de hierro y a reciclar jugando; de cada uno de los árboles frutales; de las herramientas y los tornos; de la fábrica que su padre apostó.
De todo.

Muchos años después, Dante fundó un hotel y lo bautizó “Paradiso perduto” añorando, tal vez, aquel hogar que se había esfumado en una apuesta.
La ambientación del hotel es única: compuesta por arte e historia; esculturas y objetos exquisitos rescatados de algún final prematuro. Transmutación y permacultura, esa que nace donde el recurso que abunda es el deseo y el que escasea, el dinero.

Una habitación con desayuno para dos, cuesta alrededor de noventa dólares. Hay quienes se quejan de que la cama es antigua, pero esa es la esencia del paraíso perdido: redimir la memoria.
Ana María le legó la casa donde funciona el hotel. Ella más que una vecina fue una madre, ambos se adoptaron. Almorzaban juntos, tomaban vino y trataban de descifrar el universo. A veces, lo lograban.
Hace cuatro o cinco años, cuando ya superaba los noventa, Ana María, la no tía, la no mamá -como él la llama- murió. Ella tampoco le temía a la muerte, creía, igual que él, que el alma no descansa en paz: transmigra.

En alguna oportunidad, Otto, un anciano patriarca del Cementerio de Disidentes, invitó a Dante a almorzar.

La mesa le recordó a la que Blancanieves tendía para los siete enanitos. En los galpones del cementerio, junto a los empleados, comió canelones caseros, brindó con limonada y compartió una sobremesa sin apuros. Otto quiso que conociera la huerta: en la parte más antigua del camposanto las acelgas, los limoneros y las plantas de lechuga crecían inmensas y, entre ellas, asomaban las cruces de viejas tumbas.

Él se quedó mudo.

Otto lo codeó y le dijo: “¡Seremos lechuga, Dante!”

-¡Seremos lechuga! -repite histriónicamente- es la mejor metáfora de la muerte que haya escuchado en mi vida.

 

 

* * *

 

 

Laprida y el río, ahí vive Dante.

La calle parece un tobogán sobre el cual las casas hacen equilibrio.

Para entrar, hay que atravesar la pequeña puerta de madera que custodia una Medusa enojada, y bajar por la imponente escalera que pretende, infructuosamente, mostrarse abandonada.

Un farol antiguo va develando el descenso.

Detrás de la puerta está Dante: flaco, intenso, cercano al metro noventa, casi cadavérico. Lo acompañan sus tres perros; Tuna, la galgo blanca, se le parece: ambos se ven queribles y elegantes.

Las paredes blanqueadas y sin revocar sostienen un mundo de espejos inmensos, un museo fascinante.
Un Buda, un Cristo, un santo, mil libros. Esculturas exquisitas hechas por Dante. Discos de vinilo, un palo de agua, la foto de Evita. Cuadros, retratos, fotos. Dos sillones de chifón violeta y una computadora que casi no se ve. Rollos de papel, una fotografía de Néstor Kirchner, herramientas. Un cochecito antiguo. Una bicicleta suspendida del techo. Sobre el tablero, un tic tac de mentol; un “glade” para desodorizar el ambiente que huele raro –se disculpa por eso-, talco para gatos, papeles y un teléfono para gente con dedos grandes. Más cuadros; un retrato en blanco y negro; y marionetas, muchas marionetas de tamaño real que penden del techo y habitan el lugar.

Arte, arte y más arte; conjuros de sabiduría.

 

Él se adelanta para que lo siga. Lleva jeans desteñidos de corte clásico, una chomba celeste con líneas horizontales y un arito en la oreja izquierda que le otorga un aire amigable, descontracturado.

Así se mueve.

 

 

* * *

 

 

Guacho, desarraigado y prendido de un camalote, en 1979, llegó a Rosario.

Encalló su corazón y se quedó para siempre. Dueño de una belleza y un magnetismo que hizo que mujeres y hombres lo amaran, tuvo tres relaciones que atesora. Con cada final sintió que el mundo se terminaba, pero eso no pasó. Hoy son amigos, comparten gustos y celebran juntos que sigan existiendo las luciérnagas o que no se hielen los tomates. Afectos que tienen una segunda oportunidad, que se reciclan, pero no mueren. Como todo lo que se topa con Dante.

 

Hace veinte años, la muerte volvió a provocarlo, Dante se enfermó y tomó conciencia del “fin”. Supo que iba a morir, como murió su belleza con aquella parálisis facial que hace que su rostro suene discordante a veces.

– Era un pelotudo lindo -dice mientras me señala su retrato en blanco y negro que me recuerda a Iván de Pineda.

Hace veinte años se enfermó y desde ese día la muerte convive con él; lo mira desde el otro lado del espejo.

 

Estuvo tres meses en cama sintiendo que todo se acababa, pero transformó el dolor y el miedo en creaciones que la ciudad agradece: diseñó desde su lecho “La máquina de volar” que funciona en el Jardín de los Niños y los Carnavales del parque Scalabrini Ortíz. Sin embargo, empezar a transitar por un camino espiritual fue lo que resignificó toda su vida y sus muertes.

 

-El ser humano marca la muerte como el final, pero sólo es un límite a la materia. Así como no se puede agarrar un orgasmo, el amor, la memoria, los deseos o los olores; tampoco podemos agarrar la vida. Es doloroso desprenderse de un ser amado, ponerlo en un cajón y después no verlo más, pero ahí sólo queda materia: agua y minerales. Yo plantaría robles y haría bosques maravillosos para que durante dos generaciones sepan que ahí está el Tío Pocho; transformaría la muerte en vida, árboles que no te den miedo. En cambio nosotros, en la comida del domingo, nos peleamos para ver quién paga el nicho.

 

 

* * *

 

 

Él practica la alquimia desde pequeño.

Cuando perdieron todo, su mamá le enseñó a comprar con la mirada. Algo que sólo una artista puede transmitir: que todo fin no es más que un comienzo.

Guardó, en las alacenas del alma, cosas que no estaban en las vidrieras, pero que aprendió frente a ellas. En ese apropiarse, Dante obtuvo una varita mágica que lo acompaña hasta hoy.

Casi cincuenta años después, fue reconocido Artista Distinguido de la ciudad y Mónica Fein, la intendenta, le entregó, en nombre de todos los rosarinos, lo único que le faltaba a nuestro Merlín: la galera.

 

– Si hacer arte es repetir, paso- dice el quijote de la vanguardia. Para él, hacer Arte es hablar, escribir tallando una madera o un metal, no para competir, sino para decir.

No pelea por un metro cuadrado en algún museo. Él es el diseñador la ciudad, “la casa grande”.

Cuando llegó a Rosario, la gente vivía de espaldas al río; caminar por la costanera daba miedo, era la época del gobierno militar.

Hizo mil cosas: diseñó ropa, puso un negocio y le fue como el culo. Organizó cinco bienales de moda; fue vestuarista.

Fundó el Museo Urbano “Arte a la vista”, que reproduce en los edificios de la ciudad obras de Berni, Vanzo, Berlingieri, Schiavoni, Gambartes, Ouvrad y Bertolé.

Impulsó la creación de la “Bajada de los maestros” frente al río. Creó “Memorabilia”. Diseñó “La señal de convivencia” en la esquina de San Luis y Dorrego, donde árabes y judíos conviven en paz, respeto y armonía desde hace años.

Diseñó el “Mercado Retro” y “El Roperito”: salidas laborales para más de cien familias en la crisis económica del 2001. Propuso poner una escultura de Olmedo en un banco del barrio de Pichincha. Es autor de “Los Pilares” y el “Mémora” del Museo de la Memoria, entre cientos de cosas más.
Algo está cambiando en las calles y eso atrae a los turistas: hay actividades artísticas, recreativas, deportivas, diseño, ferias. Músicos callejeros y espectáculos al aire libre, esculturas y cuadros famosos reproducidos en medianeras. Hechizos de arte que, de una u otra manera, huelen a Dante.

 

 

* * *

 

 

El cementerio ha dejado de ser un lugar terrorífico para cientos de rosarinos que ya se asomaron a la orilla del precipicio de lo desconocido con él; que ya lo recorrieron de noche; que ya se sintieron bendecidos por la sacralidad del arte en serio, del arte con propósito.

De noche, cuando el todo desaparece detrás de las sombras, cuando no se ve aquello que suele parecernos tétrico, en medio de la quietud, con la luna de testigo y fanales encendidos que delimitan el camino: él, vestido con un frac negro, enciende la luz de su linterna e ilumina con ella las esculturas y las almas.

Para Dante, ese aparente homenaje a los muertos es un mensaje para los vivos. Una suma de actos de amor.

Las civilizaciones más antiguas de la tierra hacen un culto a sus ancestros, no al abuelito. Un culto a las raíces, a la memoria, a las vidas vividas; a su historia, a sus luchas y a su cultura. Dante cree que destruir la memoria es destruir la identidad. Él es de la generación que vio desaparecer a sus amigos, es de la generación que descubrió que la memoria salva.

 

Es un tipo sin prejuicios, pero le joden las religiones que tratan de manejar a la gente a través del miedo.

– Si vos sabés que la muerte no existe, que todo es un latir: diástole y sístole; que todo aquello con lo que te asustaron, todo lo que te dio miedo es mentira, es bolazo; si sabés eso ¿con qué te pueden dominar? Las esculturas del cementerio hablan de eso, pero hay que saber leerlas. Hace dos mil años que se queman libros para que tu interés no esté puesto en lo trascendente sino en lo intrascendente; en la carne, en lo que se pudre, no vaya a ser que descubras qué hay del otro lado del espejo.

Para él, la única muerte es el olvido; por eso redime en cada conversación, en cada acto cotidiano a las personas que amó, que murieron y que hoy nadie recuerda.

Por eso su sótano, su casa, su hotel, están llenos de elementos rescatados; de segundas oportunidades.

Por eso, agradece a su madre haberlo iniciado en la magia, en el camino del arte que redime, transforma y salva.

Por eso, él talla la memoria en cada lugar que puede.

Por eso, él, como buen alquimista, transforma el dolor en arte

 

 

* * *

 

 

Solemos pensar que las personas siempre fueron como las vemos, pero todos en algún momento de la historia fuimos obligados a reinvertarnos.

Reconstruir después de la desolación y el bombardeo es obligatorio, lo que surja dependerá de la capacidad de crear y las ganas que tengamos de hacerlo. Permacultura.

Dante Taparelli renace siempre del agotamiento.

No cree que el dolor esté bien como afirman algunas religiones, -¡Mentira! -grita con un tono agudo e impostado para aseverar lo que dice.

A eso sí le teme. Al dolor.

– Soy un suicida potencial, he visto gente que va muriendo y mueren todos a su alrededor. Si tenés una enfermedad terminal, si ya sabés que te vas a morir ¿para qué el sufrimiento? ¿Por qué permitir que la gente que te ama se muera con vos? Creo en la eutanasia, creo en morir en paz y que toda tu familia te despida en paz. Me parece que eso es infinitamente más piadoso, infinitamente más humano. ¿Por qué te tenés que pudrir en vida?-se pregunta.

 

Dante se acostumbró a la soledad del éxito. Habría querido tener hijos. Veinte.

Es un déficit en su vida. – Serían príncipes o princesas –comenta emocionado. Pero no se conformó con el destino. Cambió sus esperanzas, las recicló. Ayudó a sanar las heridas de alguien, a reparar años de tristeza y de abandono. Está siendo padre, desde otro lugar, de otro modo; y está orgulloso.

Piensa que si uno tiene la posibilidad de hacerle bien a alguien, tiene la obligación de hacerlo. Por eso, está feliz con la ley de matrimonio igualitario, con que dos mamás o dos papás pueden adoptar a un hijo y darle una vida llena de amor. Rescatarlo sin borrar el pasado, reconstruyendo con lo que queda porque ese es, para él, el dintel sanador de la memoria.

 

– Esos hijos, desde chiquitos saben que el amor no tiene pito ni concha. El amor es, simplemente amor: de espaldas. Espalda con espalda para proteger al otro. Jesús dijo: amaos los unos a los a otros, no los perros a los gatos, o los loros a los teros. Los unos a los otros -me dice y sonríe. Con cada sonrisa, parece que él mismo descubriera lo que está diciendo.

– “Como si fuéramos a dejar de sembrar por temor a los pájaros” –comenta pensativo. Y no dejó de sembrar; sacó su varita y transmutó, recicló, transformó.

 

 

* * *

 

 

Subo los veintitrés escalones que me separan de la calle pensando.

No sólo somos consecuencia de combinaciones genéticas ni la suma de millones de células; somos también el cúmulo infinito de caricias, de reproches y quién sabe de cuántas ausencias, porque a las ausencias y a las pérdidas también las cargamos y, quizá, sean estas las que más pesan.

En India, dicen que los artistas son los espíritus más nobles que pueblan la tierra porque tratan de imitar lo que Dios hace, que es crear. Dante Taparelli, el gran artista, mago y alquimista; tiene cincuenta y ocho años y señales en el cuerpo de haber vivido.

Delgado e infinito como una espada, me atraviesa el alma, me deja en silencio ante mí misma, y hace que me pregunte ¿qué hay del otro lado del espejo?

 

 

 

 

 

 

SÚMATE A LA ESCUELA DE PERIODISMO PORTÁTIL