EL DENTISTA QUE ATIENDE EN UN ZOOLÓGICO, por Arturo Pardo

ARTURO PARDO (Costa Rica). Tiene matrícula de nacimiento de 1986. Desde el 2011 escribe en la Revista Dominical del periódico La Nación cubriendo temas varios, espEPP_ArturoPardoecialmente inactuales. Anteriormente trabajó en el departamento web del mismo diario y en el periódico juvenil Vuelta en U. Además es politólogo y músico de la banda de folk rock Foffo Goddy.

 

 

 

 

 

 

EL DENTISTA QUE ATIENDE EN EL ZOOLÓGICO DE COSTA RICA

Estudió para atender humanos pero su pasión por los animales llevó a este odontólogo a realizar consultas hasta en las jaulas del zoológico Simón Bolívar.

Trabajo final de Arturo Pardo Vargas

 

 

Lo piensa dos veces antes de decirlo pero al final no le queda más remedio que aceptarlo: los
animales son mejores pacientes que los humanos. Su aseveración carga el peso de más de 30 años de ejercer la odontología en la boca de mamíferos de diferentes órdenes.

–“Son mejores pacientes porque están completamente sedados y no se mueven cuando usted los está operando, pero es más riesgoso. Una vez se nos despertó un jaguar y quebró el sostenedor que le mantenía abierta la boca. ¡Viera qué susto!…”, comenta entre risas, haciendo gala del buen humor que le saca frecuentes sonrisas y le roban protagonismo a las gafas que adornan su cara redonda.

 

Marco Masís es el primer especialista dental que tienen a su disposición los habitantes del
zoológico Simón Bolívar, en Barrio Amón, San José. Es también el primer odontólogo de animales que este país ha visto germinar, sin que esa especialización profesional exista formalmente en estos suelos a pesar de que desde hace más de una década él mismo ha liderado los primeros esfuerzos para que suceda.

Una vez al año revisa a todos los félidos del lugar, a los mapaches, las martillas y los simios, estos
últimos siendo los más risueños del vecindario. En cambio, a los cocodrilos no se les acerca, y no es que les tenga miedo, sino que mudan dientes de manera permanente, por lo que un dentista les sobra, a menos que represente una cena para ellos. La dentadura de cada especie es de diferentes proporciones, no como los humanos, con 32 piezas; eso sí, ellos también tienen dientes de leche.

A los animales que pasan a consulta les limpia la dentadura a fondo, removiéndoles una densa capa de sarro de amarillo oscuro que se produce sobre sus dientes. El servicio también puede incluir exodoncia (extracción de piezas), endodoncia (tratamiento de nervio), ortodoncia y tratamiento de encías, que si no se trata a tiempo puede generar problemas digestivos como gastritis o cardiacos.

Otras veces es necesario atenderles caries, aunque –en el caso de los animales– siempre son menores las posibilidades de que esto suceda, debido a que no consumen tantos carbohidratos ni golosinas como un humano promedio. Si esto le ocurriera a alguno probablemente sería a un primate, acostumbrado a ingerir cuanta chatarra le lancen los visitantes.

La más reciente de las operaciones de Masís en el Simón Bolívar fue a un caucel hembra de
aproximadamente un año de vida. La intervención fue la mañana de un viernes; el zoológico no
había ni abierto sus puertas y Masís ya estaba con un uniforme color azul, listo para recibir al paciente del día.

El título universitario de don Marco es el de odontólogo, así, a secas, sin tener que aclarar para
quién va su atención. Sucede que fue él mismo quien decidió que extendería sus conocimientos al tratamiento de otras especies animales más allá de la del homo sapiens sapiens. “–Entonces por qué no estudió veterinaria?”, pregunto yo. “Bueno, cuando entré a la universidad tal vez no era momento, pero es algo que me ha gustado desde que estaba chiquito. A uno se le queda esa llama encendida y nada la puede apagar”, responde sin tener que pensar mucho al respecto.

“El problema es que los animales no tienen higiene dental y por eso acumulan tanto sarro. También sucede que se fracturan las piezas de tanto morder las mallas de las jaulas, de masticar huesos de pollo o quebrar semillas pero este de hoy es por un accidente”, explica el dentista de 60 años de edad y una voz grave, que empata con la edad de sus cuerdas vocales.

La mejor forma de detectar un padecimiento dental en un animal es por su comportamiento, dice el especialista. “–¿Cómo así?”, lo interrogo, como pretendiendo formarme un criterio para
saber llamar al dentista la próxima vez que vea un chimpancé comportándose raro.

“Uno se da cuenta de que tiene alguna molestia porque no comen, se aíslan y se ponen uraños, algunos entran en ira. Para hacer estos trabajos en el zoológico uno tiene que ponerse a pensar como animal”, me responde. La reacción no se queda ahí, después del tratamiento es normal que el animal atendido entre en depresión por unos días y se resista al contacto humano.

En situaciones de rutina, la intervención dental no se le debe hacer a un animal más de dos veces
por año, ya que para “sentarlo” en la silla de pacientes, hay que sedarlo. El león, por ejemplo, ya tiene segura la única cita de este año, que coincidirá con la remodelación de su jaula. Así, después de una sola “dormida” el rey de la selva tendrá casa nueva y dentadura remozada, incluyendo sus dientes más grandes, que pueden medir hasta 10 centímetros de intimidante longitud.

 

“Yo empecé en esto porque sentía que nadie volvía a ver a los animales. Ellos no se lavan los dientes, ni se enjuagan pero su salud dental es tan importante como la de un humano y por eso hay que darles atención. El espíritu de un odontólogo debe ser servir a las personas y, en mi caso, también a los animales”.

El paciente de este viernes proviene de un refugio animal en Las Pumas, Cañas, Guanacaste. La
rescataron después de ser atropellada, casi un mes atrás. Ya recibió atención en sus tejidos blandos
pero hasta ahora se le atenderán cuatro dientes caninos que están fracturados, según el reporte de los
veterinarios que ya lo revisaron.

Hace cinco años el doctor Masís cerró su consultorio odontológico (que era para humanos, por
supuesto). Tenía la agenda suficientemente llena con su puesto de docente en dos universidades
diferentes y con la curiosidad que lo ocupaba en sus ratos libres y lo distraía haciendo análisis de
lecturas sobre dentaduras de perros, que fueron su primer objeto de estudio.

Por cuestiones técnicas, de alguna forma su pasión por atender animales sigue siendo un hobbie, ya que nunca ha recibido dinero por sus operaciones a animales pero a la vez se acerca a su sueño: que la odontología para animales llegue a ser una especialidad en Costa Rica.

Mientras sigue a la espera de la llegada del caucel, Masís recuerda sus primeros días aventurándose
a esculcar en los hocicos de perros. Corría el año 2000 cuando hizo sus primeros tratamientos en
animales. Junto a otros colaboradores atendió a un total de 187 canes en un periodo de tres meses;
los resultados arrojaron estadísticas sobre la forma correcta de hacer tratamientos de encías y
sobre la fisonomía de los dientes poco conocidos.

Poco a poco, la pericia del dentista de animales lo popularizó en varias clínicas veterinarias, en las que lo llamaban para que atendiera casos especiales donde los dientes eran un problema. “Al principio uno tenía que echar mano de la imaginación dental de uno para sacar conclusiones
porque costaba encontrar teoría sobre atención a animales silvestres. Hasta ahora es que hay libros
sobre especies grandes”, dice.

A falta de material, el dentista aprendió con piezas ya extraídas, esqueletos de cráneos y quijadas de diferentes especies, casi convirtiéndolo en un coleccionista de colmillos de jaguares o molares de otros felinos ya sin pelaje y mirada intimidante. Así, su servicio odontológico pasó de lo
doméstico a lo silvestre.

Ya son las 8:00 a. m. del viernes y el paciente todavía no ha llegado. Masís dice tener todo listo, incluso la cámara fotográfica con la que se registrarán los pormenores de la operación del caucel. “Cada una de estas operaciones es un aprendizaje para nosotros. Todo nos sirve”, comenta.

 

A las 8:20 el felino llega en un carro del refugio donde convaleció el último mes. Dos hombres lo traen en una pequeña jaula portátil en la parte posterior del vehículo y lo trasladan dentro del consultorio para anestesiarlo antes de acostarlo sobre la mesa de operaciones.

Masís se asoma por la ventana y ve al espécimen que atenderá en pocos minutos: “Este es un gatito
a la par de otros que hemos operado pero a mí me dicen que atienda un animal y yo dejo todo botado para venir. De eso se trata esto”, comenta sin despegar la mirada de la ventana. Ya lleva más
de 200 de esos tratamientos; sus brazos hablan con muestras de su experiencia: rastros de mordeduras y arañazos se reparten desde ambos antebrazos hasta las manos.

El cuarto en el que se realizará la operación es de 2.5 metros de ancho por cuatro de largo, es de
paredes de baldoza blanca, relucientes, como si estuvieran nuevas. En el centro hay una mesa rectangular metálica sobre la que se colocará al animal; para evitar el contacto del frío con el cuerpo es necesario cubrirla con paños y esta mañana el elegido es uno que, curiosamente, tiene pintada una pareja de pumas.

Hay una herramienta “3 way”, un instrumento rotatorio de mano y una colección de frascos con
analgésicos, antibióticos y anestesia. Además hay una jeringa y varios tubos para tomar muestras de
sangre. El animal yace sobre la mesa, dormido gracias a un buen sedante y con el hocico abierto
mientras Masís lo examina y lo rodea un silencio dominante, que esperan su dictamen antes de
operar.

El dentista se coloca los guantes, una mascarilla y un pequeño foco sostenido de su frente que le
permitirá explorar a fondo las fauces de la pequeña bestia. “A los animales no se les pueden dar
citas así que tenemos que hacerlo todo de un solo”, dice. Le toman unas placas de los dientes de
arriba, de los de abajo mientras los asistentes observan atentamente, sostienen los instrumentos y atienden instrucciones. Comienza la misión.

Una a una, Masís saca las tres piezas que se vio obligado a extraer, son incisivos inferiores que el felino usaba para desgarrar. Cada una es más pequeña que un arroz, hasta cuesta encontrarla en los guantes de látex antes de que las coloce sobre la mesa. Ya estaban tan flojas que sacarlas era lo mejor para el pequño animal. No obstante, sin estos dientes la criatura queda inhabilitada para agarrar un bocado de una presa y, probablemente, por eso tenga que quedarse en cautiverio por el resto de sus días.

En otro país donde la odontología veterinaria esté más desarrollada el odontólogo hubiera puesto
implantes para no afectar la mordedura del animal pero acá este campo todavía da pasos cortos. De hecho, Masís todavía recuerda con gracia el comentario que escuchó de un seminarista sobre la odontología animal en Costa Rica: “Cuando le conté cuál era la situación en el país, el expositor me dijo que estábamos en la edad de piedra… y eso hace fue apenas hace 10 años”.

Actualmente hay fuertes posibilidades de que el país inicie esta especialización odontológica. Masís le tiene fe a sus pupilos y siente ilusión sobre lo que viene cuando habla de la materia que le apasiona. Sin embargo también puede hablar de su profesión con un poco de nostalgia. En este zoológico hay un espacio donde se conservan los ejemplares disecados de algunos animales
que alguna vez estuvieron en alguna de las jaulas. Antes de salir del lugar el doctor observa los especímenes en exposición y repasa con detenimiento las caras inmóviles de una pareja de leones. “Yo atendí a esa leona, era paciente mía; viera cómo me dolió cuando murió”.

 

 

 

 

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