COLEGIO NACIONAL BUENOS AIRES: DONDE ESTUDIAN LOS PRESIDENTES, por Erica Aisa

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ERICA AISA (Argentina). Vivió toda su infancia en Pirovano, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, a los 18 años se mudó a La Plata para estudiar periodismo y actualmente vive en la ciudad de Buenos Aires. Trabajó como productora y columnista en programas de radio y realizó colaboraciones en revistas como Sudestada, La Pulseada, Cultura LIJ, entre otras. Realiza tareas de prensa vinculadas a la literatura en las escuelas y es docente en la Escuela de la Asociación de Reporteros Gráficos de Argentina.

 

 

 

 

COLEGIO NACIONAL BUENOS AIRES: DONDE ESTUDIAN LOS PRESIDENTES

John Matías Lin Reyes ingresó este año al Colegio Nacional de Buenos Aires. Su madre, una chilena y su padre, un taiwanés, dueños de un minimercado, quieren para él una buena educación. De las aulas del Buenos Aires han salido presidentes y premios Nobel. La historia de John y su primer día de clases en el totem de la educación pública en Argentina.

Trabajo final de Erica Aisa

 

“Entramos por la alfombra roja, ¿qué tal?”, dice Vicky mientras sube la imponente escalera de mármol, ancha, que lleva al salón de actos del Colegio Nacional de Buenos Aires, en el primer piso. El Colegio, que depende de la Universidad Nacional de Buenos Aires y que este año cumplió 150 años, es también ancho en su prestigio, por sus aulas han pasado presidentes y premios Nobel.
Se sienta en la última fila de sillas de cuero marrones, a la izquierda, en el aula magna. De ahí lo puede ver a John, sentado rígido, en la primer fila del centro, frente a las sillas que ocuparán los directivos y autoridades, levantadas sobre un escalón. El salón rectangular de estilo francés, con altos techos con moldeaduras y grandes lámparas con forma de bolas, está lleno y tiene una disposición parecida a las iglesias, con el altar en el centro, elevado y las sillas de los fieles formando un semicírculo. Los alumnos ocupan las primeras filas y para atrás: padres, madres, hermanos, abuelos, tíos y familiares que acompañan ese gran día, en el que sus chicos reafirman el esfuerzo del estudio, ocupan un banco del gran Colegio Nacional y se aseguran el futuro.
Fotos por celular, tablets, cámaras digitales grandes, chicas, medianas, señoras con el pelo planchado, los zapatos de última moda y carteras de cuero, señores de traje y corbata. Chicos de jeans y camisa, chicas con el pelo suelto, pulseras de colores en las muñecas y zapatillas del estilo All Star.
John no quiere fotos y Vicky ni pensó en eso, cuando dejó la caja donde cobra en el mercado familiar en el barrio de Congreso. Apurada porque John la esperaba, se sacó su delantal verde, se soltó el pelo, tomó la cartera y salió caminando. Diez cuadras de distancia, con John caminando adelante, apurado, sin hablar.
Sentado muy serio, con la mirada al frente, sobresale de sus compañeros de fila por su altura. Está vestido con un jean azul oscuro, remera verde con finas rallas negras fuera del pantalón, zapatillas Puma, negras, con detalles naranjas y una mochila gris con bolsillos, que no es nueva, pero está impecable, brilla de limpia y la apoyó sobre sus rodillas.
Vicky lo mira pero él no la ve, se sentó lejos para que no se ponga más nervioso. Ella decidió hace un año atrás que John, el mayor de sus tres hijos, estudiaría en el Nacional o en el Buenos Aires, como se lo conoce comúnmente. Ella lo anotó en el instituto donde se preparó durante todo el 2012 para rendir los exámenes de matemática, lengua, historia y geografía. El Colegio Nacional tiene desde 1957 un examen obligatorio y muy exigente. Cada año hay más de 1000 aspirantes y entran menos de la mitad. En el 2013 son 469 los nuevos alumnos que sacaron un promedio mayor a 691 puntos (el mínimo de este año) y John obtuvo 761 sobre 1000.

Las autoridades ingresan al aula magna por otra alfombra roja, suena el Himno Nacional Argentino y John sigue serio, parado muy derecho, con los puños cerrados. La voz del rector por el micrófono reafirma que ya son alumnos del colegio y que por lo tanto, han demostrado mucho coraje, capacidad y una actitud tenaz.
Vicky juega con los dedos, los mueve nerviosamente y piensa que ese es un discurso clarito, muy bueno para los chicos.

 

 

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John Matías Lin Reyes pasó varias noches con la cabeza metida en los libros, alumbrado con una lamparita. Eran la una o dos de la mañana y estaba estudiando, mientras sus padres seguían trabajando.
Tiene 13 años y es el mayor de la pareja, atrás viene Johanna Belén, de 12 y Lucas Ariel de 5. Hijos de Virginia Reyes, chilena, que llegó al país en marzo de 1995 y de Yu Hsing Lin, quien nació en Taiwán y llegó a la Argentina un tiempo antes que Vicky.
Los tres tienen la cara redonda, el pelo marrón y en los ojos es donde se presenta con mayor fuerza la mezcla de las razas, ojos con un leve rasgo chino y los párpados grandes, que les caen encima. Nacieron en Argentina y hablan perfectamente el castellano, pero con una musicalidad particular, una manera de enunciar las palabras y de darle espacio a las oraciones que los distingue y los hace ser un poco argentinos, un poco chilenos y un poco taiwanés.
John hizo sus estudios primarios en una escuela pública del barrio. Salía después de las cuatro de la tarde y tres días a la semana, antes de las cinco cursaba estudios de inglés. Por la noche, se preparaba en un instituto para el examen del Nacional, hasta pasadas las nueve. Luego cenaba, se bañaba, hacía tarea para la escuela y se sentaba a estudiar, también algunas veces ayudaba a reponer mercadería de las góndolas a su papá o a limpiar la máquina del fiambre a su mamá. Los sábados aprende chino, junto a sus hermanos, en una iglesia taiwanesa, y los domingos por la mañana refuerzan el idioma con una maestra particular.
Le gusta el fútbol, era de River, pero cambió de equipo porque perdían mucho y ahora es fanático de Racing, dice que tienen un buen equipo. A los ocho años jugaba al fútbol, pero tuvo una lesión y su mamá no lo dejó jugar más. De vez en cuando despunta el vicio en la plaza con sus amigos, eso, cuando tiene tiempo y sino lo “juega” en la play 3, regalo que recibió por ingresar al Nacional y que compensa todos los juegos que tuvo prohibidos durante el año de preparación.

-¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?
-lo estoy pensando aún, estoy un poco indeciso, no sabría que hacer.
-¿Por qué elegiste el nacional para estudiar?
-fue por una elección de mi mamá. Al principio me gustó, pero después cuando vi que era difícil ya no me gustó, pero tuve que seguir adelante.
-¿Te gusta estudiar otros idiomas?
-no. A veces se me mezclan el inglés y el chino. El inglés es más fácil, pero el chino me cuesta.
-¿Es muy difícil?
-depende, si uno se dispone, no. Pero como yo no quise disponerme, ahora me cuesta.
-¿Qué esperas del colegio?
-que sea fácil, aprobar todo, para tener una carrera segura.
No le gusta mucho hablar, responde lo justo y necesario. Tampoco le gusta leer, prefiere la matemática, aunque en el examen le resultó muy difícil, porque eran temas que no había visto nunca.
De sus compañeros de escuela, sólo el se formará en el Nacional, la mayoría seguirán estudiando en colegios industriales.
Sus próximos cinco o seis años, depende si elije hacer allí el ingreso a la universidad, será parte del alumnado del Nacional de Buenos Aires, el colegio donde no deben faltar las ideas. Como les anticipa el rector, “nullus dies sine ulla idea”, nunca un día sin ninguna idea”.

 

 

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En el barrio algunos le dicen supermercado chino, por la costumbre de que hay dos o tres por manzana. Pero aquí los dueños vienen de dos pagos distintos, Vicky es chilena, del pueblo de Nacimiento y criada en el campo. Lin, que ese es su apellido, pero todos, hasta Vicky lo llama así, es de Taichung, en el centro de Taiwán.
Ella está siempre en la caja, cobra, charla con los clientes y los domingos a la mañana nunca falta el mate. Tiene 42 años y unas caderas importantes que siempre están vestidas con jeans y tapadas con blusas floreadas y coloridas; la voz bajita, donde conserva algo de su Chile natal, dice un si que arrastra la i y se convierte en un siiiiii, lento, que intenta trasmitir sorpresa en el otro; y la j, parece una doble l. Los clientes pasan y se quedan, charlan con ella. Allí todos saben que John entró al Nacional después de tanto esfuerzo y lo felicitan.
Lin en cambio casi no habla. Tiene 23 años más que Vicky, es flaco y bajito, habla un castellano muy atravesado. Va y viene por el minimercado, repone mercadería, corta fiambre y al mediodía anda en la casa, al fondo del local, preparando la comida.
-¿dónde está mi amigo Lin? ¿está castigado? dice un cliente
-No, castigado no, pero el que anda en el fondo tiene que revolver la olla, dice Vicky, sonriendo y mostrando todos los dientes.

-Un día el John, estaba en cuarto grado y no quería ir a inglés, lloraba y me decía: -vos no me preguntaste. Y le dije, mirá: para estudiar no se pregunta, así que te guste o no vas a ir igual. Para estudiar a mamá no se le pregunta, hay que aprender porque es para el bien tuyo.
Tampoco le preguntó por el colegio secundario, el Nacional es un colegio de excelencia, se forman allí los mejores, la gente en el negocio lo dice, Vicky lo sabe y ya una maestra de John, cuando el cursaba el tercer grado, se lo dijo, que la cabeza del John era para el Nacional.
Piensa que a los chicos hay que exigirles en la educación, porque es la base de todo y vio que son capaces de lograrlo. Este año Johanna empieza a prepararse para entrar el año próximo al Nacional. Quiere que sus hijos tengan una buena educación para defenderse en la vida mejor que ella.
Como vivía en el campo hizo su primaria en una escuela rural y al terminarla, el director seleccionó a cuatro alumnos, que le parecía podían tener futuro y les hizo los papeles para que estudiaran en Angol. Cursó el secundario y se recibió como ayudante de maestra jardinera. Trabajó en lo que para ella era el mejor jardín de infantes de Santiago, donde mandaban sus hijos los diplomáticos y con 20 años, le alcanzaba para alquilar un departamento de cuatro ambientes. Al tiempo, llegó a Argentina para trabajar en la casa de un diplomático, luego cuidó a una anciana y dos años después se reencontró con Lin, quien estando en Chile le había advertido que no venga a este país, que acá la gente es mala.
Él llegó a Argentina en 1974, con su madre y un poco antes habían venido su padre y su hermano. No quiere contar de aquellos años, pero sin dejar la sonrisa dice que huyeron de la guerra, de la China comunista. El título universitario de comercio le sirvió para agilizar los papeles y poder salir del país. Acá siguió en el rubro, pero como comerciante. Con Vicky vivieron en Olavarría, una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires, luego en el barrio de Constitución y desde el 2005 alquilan el local en el barrio de Congreso, a una cuadra de la plaza de los Dos Congresos, uno de los puntos neurálgicos de la ciudad de Buenos Aires.
A Vicky le gustaba estudiar, aunque dice que le costaba mucho, en Buenos Aires quiso seguir sus estudios para maestra, pero le pedían la ciudadanía definitiva para rendir los exámenes, no servía la transitoria ni los aportes que hacía al país por su trabajo y entre varios trámites inútiles, recién la obtuvo cuando nació John.
-¡Qué increíble! ¿no?, estuve aportando y tuve trabas y más trabas, hasta que nació John. Da un poco de bronca, pero es lo que uno paga ¿no? Es muy difícil para un extranjero avanzar acá, entonces pienso que a los chicos no les va a pasar lo mismo, espero que no ¡Y sino me los llevo afuera! Si ellos me dicen un día: mamá yo me voy afuera, voy a estar feliz, aunque estén lejos.

 

 

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“El Colegio es generador permanente de los más distinguidos recursos humanos que han engrandecido la Nación”, dice la editorial de La Campanita, la revista de los ex alumnos del Nacional, que a pesar de los años, siguen perteneciendo y luciendo el orgullo de ser parte de esta comunidad educativa prestigiosa y generadora de éxitos profesionales.
Alicia Méndez, escribió el libro “El Colegio” y llega a la conclusión de que en esas aulas se forma a las elites futuras, los alumnos del Buenos Aires son educados para ocupar lugares de decisión, tanto en lo político como en el campo de la cultura, las artes y la universidad. Salieron de allí un premio Nobel de la Paz (Carlos Saavedra Lamas), un premio Nobel de Medicina (Bernardo Alberto Houssay) y cuatro presidentes de la nación (Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña, Marcelo Torcuato de Alvear y Agustín P. Justo).
De su investigación, surge el dato de que a fines del siglo XIX, el 62 por ciento de los alumnos eran de origen inmigratorio y en especial de España e Italia, en un país formado en gran medida por inmigrantes y donde el pulso social era marcado por la educación, el estudio y la formación llevaban al ascenso social.
150 años de una tradición ilustrada donde muchos siguen siendo hijos o nietos de egresados del colegio.
John es hijo de inmigrantes; Argentina se sigue conformando así. Y acaso esa pertenencia inmigrante y actual hace que no sea entonces heredero de la tradición ilustrada.

-Uff, yo trabajo desde que me levanto hasta que me acuesto. Cerramos a las nueve de la noche, pero después hay que completar las góndolas, las heladeras, limpiar la fiambrería, trapear el piso, lavar los platos, comer, bañarse, revisar los cuadernos de los chicos, ver si hicieron la tarea y se va el tiempo…se va el tiempo repite Vicky, mientras da un vuelto y le dice a la clienta que no tiene monedas, que otro día le alcance los cincuenta centavos.
Esa rutina laboral que atraviesa la vida familiar por completo se repite de lunes a sábados, con excepción del domingo que cierran después del mediodía.
Esta mañana en el Nacional, acompañando a John en su primer día escolar es un quiebre en esa rutina y Vicky siente que también es un logro alcanzado por ella. El John me debe mucho trabajo a mí, dirá.
El rector sigue hablando de compromiso, de estudio y sacrificio. La señora cuarentona, parada atrás de Vicky se emociona y con la mano se seca las lágrimas. Al rato, manda un mensaje con su celular mientras cantan el himno nacional y más tarde se vuelve a emocionar cuando suena el órgano y el maestro Leonardo Petroni toca un allegro en mi menor de un compositor francés del siglo XIX/XX.

John entra primero al negocio, sólo dice buen día y se arrodilla para ayudar a Lin a ubicar leches y mantecas en la heladera.
Vicky deja su cartera, se pone el delantal y ya está atrás de la caja registradora.
-Subí la escalera por la alfombra roja, ¿qué tal? todo gracias al John y ríe.
Lin también ríe, sigue inclinado en la heladera ubicando las leches, de espaldas a Vicky, -de ahí va a salir el próximo presidente, dice, y las risas suenan a coro.

 

 

 

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