VIAJE AL CEMENTERIO DE GUAYAQUIL, por Gabriela Célleri

EPP_GabrielaCélleri

MARÍA GABRIELA CÉLLERI TRAMONTANA (Ecuador) estudia periodismo en la universidad Casa Grande. Ha publicado dos novelas románticas. En 2010, bajo el sello de editorial El Conejo, publicó su primera novela, Entre Bodas y Funerales; y en 2012, con el aval de la M.I. Municipalidad de Guayaquil, logró publicar Fuera de mi Alcance. Además, ese mismo año ganó el primer puesto de la categoría radial en un concurso organizado por Telefónica con el reportaje radial Despenalización del Aborto.

 

 

VIAJE AL CEMENTERIO DE GUAYAQUIL

La muerte tiene más vidas que un gato, más memorias que un anciano. En Guayaquil, vive en un palacio de mármol llamado Cementerio General y se reserva el derecho de admisión.

 

Trabajo final de Gabriela Célleri

 

 

 

La muerte sabe seducir. Sabe qué trucos realizar para dejarte frío e inmóvil en un féretro. No lo hace por cruel ni porque piense que el mundo lo sea. Simplemente, es el trabajo que le ha tocado y, como en todo trabajo, tiene compañeros.
Eddy Sarasti es uno de ellos.
No, no es verdugo, carcelario ni sicario.
Él hace algo más complicado: vende bóvedas en el Cementerio General de Guayaquil.
Así es. Se gana la vida promocionando a la muerte.
Cuando me acerco al rincón donde se encuentra un domingo por la mañana, no lo hago con la intención de conocer su trabajo, llevo en mente una propuesta.
– ¿Haría de guía turístico por el cementerio? – pregunto.
– Está bien. Yo quisiera encontrar a mi abuelo aquí – responde él con soltura.

 

***

 

El Cementerio General de la ciudad de Guayaquil, conocido como Ciudad Blanca, empezó a funcionar el 1 de enero de 1843. Está custodiado por el Cerro del Carmen y comienza en la avenida Julián Coronel para terminar en la Pedro Menéndez Gilbert. Con 16 puertas y aproximadamente 700.000 tumbas a su haber, pasó a ser administrado por la Junta de Beneficencia de Guayaquil en 1888.
Una parte de él fue declarado Patrimonio Cultural Nacional en octubre del 2003, pues es una proeza arquitectónica vestida con diferentes estilos-neoclásico, ecléctico, contemporáneo- y accesorios- mausoleos, estatuas, esculturas y monumentos.

 

***

 

Comenzamos el recorrido visitando las tumbas que están en el sector de El Calvario. En este sitio, hay una urna dedicada al culto a las almas del Purgatorio donde se realizan ritos satánicos, rituales de magia negra, brujería y hechicería.
Detrás de la pequeña red metálica que cubre la urna, ahora está oxidada y algo rota, solía haber un cráneo rodeado de velas ya consumidas y aplastadas entre hojas secas y el excremento de las aves. Ahí colocaban peticiones y mandas. “Que se apiade de mí… de su libertá… para que mi hijo salga pronto por favor”, reza una de ellas que ahora está mojada, por lo que la tinta azul corre por el cuadriculado papel.
El camino es irregular, está ladeado y roto. Unas cuantas tumbas más allá, está parada entre los escombros una botella de alcohol vacía que ahora solo está llena del polvo que el tiempo le provee y, al final del camino, está El Brujo. Antonio Valverde murió el 12 de octubre de 1912 y es a él a quien mayormente le dejaban prendas ensangrentadas, flores, velas y hasta muñecos pinchados con alfileres.
Le dejaban. Ya no. Ahora no permiten que nadie se acerque al lugar y han montado una cerca eléctrica alrededor del cementerio.
En la tumba de Valverde empieza el ascenso al monumento al Corazón de Jesús situado en la cima del Cerro y a ese camino se lo apoda Chorrillo, pues cuando se inundaba se convertía en una pequeña cascada.
– Esta es la nueve de Octubre del cementerio – bromea Sarasti comparando ese caminito con la principal avenida de Guayaquil y no se equivoca. Con diferentes nombres y esquinas de distintos colores, el cementerio es una ciudad dentro de otra ciudad. Es una ciudad donde habitan muertos. Es una ciudad tan laberíntica que llega a ser casi borgiana.
Regresamos y me topo con un gato que me observa desde su cómodo trono ubicado entre dos panteones llenos de grafitis negros. Su nariz está rasgada y sangra. En un sepulcro aledaño hay tres dibujos de color negro: un hombre, una mujer y el símbolo del infinito en forma vertical.
Ese mismo signo, hecho de flores, se encuentra arrimado contra la tumba de Eloy Alfaro, expresidente del Ecuador, y ha sido ofrecido por el Supremo Consejo de Masones del Ecuador en conmemoración de los cien años de su natalicio.
– Siempre que paso por aquí le digo a Alfaro: “Tú peleaste contra mi bisabuelo” – señala Sarasti.
– ¿Cómo se llamaba su bisabuelo? – pregunto asombrada.
– José María Sarasti. Era conservador y Alfaro, liberal – responde. En efecto, José María Sarasti era un general colombiano radicado en Ecuador, pero lo que ignora Eddy es que su bisabuelo no era conservador. Era liberal también y no peleó contra Alfaro. Peleó con él.

 

***

 

Eddy Sarasti tiene 48 años y ha dedicado ocho de ellos a vender bóvedas y servicios exequiales. Dueño de bromas ligeras, hablar atolondrado y de una miopía, viste un pantalón gris, camisa celeste y corbata azul. Si su exterior trata de mostrar seriedad, su risa fresca y sus chistes en hilera lo contradicen. Su tez es morena; su estatura, baja y su historia, interesante.
Un día cuando salió del Hotel Oro Verde, sitio donde trabajaba como jefe de lavandería, se le ocurrió montar un pequeño negocio en la cooperativa Abel Gilbert en Durán, sector donde vive. Decidió bautizarla con su apellido: Sarasti.
El negocio no iba mal, pero tampoco iba excelente. En una ocasión en la que visitó la iglesia vio el letrero que lo conduciría hasta la muerte: “Junta de Beneficencia de Guayaquil requiere contrato de personal”.
– Lo vi como una oportunidad para trabajar. Fui y me entrevisté.
– ¿Lo contrataron?
– Me dieron un poco de papeles y me dijeron que vaya a vender bóvedas. Yo no sabía para dónde sacar.
Nunca había vendido nada. No asistió a las capacitaciones y no le indicaron el sitio al que tenía que dirigirse. Aun así, Sarasti comenzó a vender y a ganar más plata que los 500 dólares que le ofrecían en el Oro Verde.
Mensualmente, le ingresaban 2000 dólares, así que le ofrecieron el puesto de jefe y ahora tiene a su cargo 12 asesores por los cuales gana comisión. Y es que cada bóveda con su respectivo servicio está entre 1900 y 4000 dólares.
– Y son reutilizables y transferibles.
Le iba bien. Ganaba dinero con la lavandería y con la venta de bóvedas, por lo que califica los años 2008, 2009 y 2010 como productivos. Tanto que esa plata lo ha ayudado a mantener a su padre quien sufre de Parkinson y a sus tres hijos: Kevin de 19, Melanie de 17 y Alyssa de 14.

 

***

 

Vicente Rocafuerte, expresidente del Ecuador, nos espera en la puerta número tres. Su mausoleo es grande y tiene una atmósfera etérea que te hace pensar que estás pisando alguna nube. El pasillo que lleva hasta el sepulcro está adornado por palmeras rectas y entre cada una se pasea algún gato.
Gatos.
Hay blancos, negros, pardos y aquellos que tienen algo de los tres.
– ¿Por qué hay tantos gatos? – pregunto a Sarasti.
– Cuando la gente no los quiere, los viene a dejar acá al cementerio.
En torno a los gatos hay multitud de mitos. En la propia mitología egipcia, el gato era considerado el protector del hogar y se realizaban ostentosos entierros en su honor. En nuestra mitología criolla, las personas han llegado a afirmar que los gatos representan al demonio. Incluso, corre una leyenda que cuenta que a los gatos del camposanto los alimentaba una monja y que, al morir ella, todos los gatos se reunían en su panteón esperando su comida.
Hay un gato cerca de la tumba de José Joaquín de Olmedo, prócer de la independencia guayaquileña, pero al alejarnos hacia la de Víctor Emilio Estrada desaparecen. Su mausoleo es impresionante y sus restos descansan en un gran cofre de cobre que le rinde homenaje al fundador del antiguo banco de la Previsora. La gente confunde el alma de este Víctor Emilio con la de su papá, Emilio Estrada Carmona, quien fue presidente del Ecuador. Hasta pactos con el demonio y mitos urbanos le han inventado al pobre Víctor Emilio.
– Dicen que en la noches, el alma de Víctor Emilio suele coger taxis en la entrada del cementerio – cuenta Sarasti sobre la leyenda que rodea a Estrada Sciaccaluga que no tuvo nada que ver con la presidencia ecuatoriana.
Un presidente ecuatoriano que sí está enterrado en el cementerio es Jaime Roldós Aguilera. Hasta él nos lleva Juan Núñez, supervisor del camposanto. Primero, pasamos por su oficina donde revisa una información en la computadora.
– ¿Ahí tiene toda la información del cementerio? – pregunto.
– ¿Y puede revisar si consta mi bisabuelo? – averigua Sarasti.
– Sí, deme el nombre – responde Núñez.
– José María.
– ¿Apellidos?
– Sarasti.
– Necesito el otro.
– Póngale… ¡Conde! – Núñez alza una ceja, realiza unas llamadas, espera la contestación, cuelga y responde: “Nada”.
***
Buscando a Roldós Aguilera, encontramos el sepulcro de Julio Jaramillo que cuenta con un busto del Ruiseñor de América.
– A él lo homenajean todos los años en el día que falleció – informa Sarasti.
– ¿Qué día murió?
– Nueve de febrero – dice y yo miro al piso. Hay dos estrellas. Cada una con una j. Un pequeño paseo de la fama para quien fue uno de los cantantes de pasillo más admirados del Ecuador y de Latinoamérica.

 

***

 

Sarasti tiene la seguridad de que su abuelo está enterrado en este cementerio. Afirma haber encontrado ya a dos tíos que nunca conoció y, en realidad, lo que busca es encontrarse con su pasado.
Es lógico. Quienes visitamos los cementerios lo hacemos con esa intención: no dejar morir el pasado, a sabiendas de que ya está muerto.
– El hombre cree en lo que ve, aunque sabe que no es – filosofa.
– ¿Encontró a su abuelo? – le pregunto en caso de que me haya perdido de alguna búsqueda furtiva.
– No – responde y se despide. Yo también lo hago y mientras dejo atrás el cementerio encuentro una leyenda en una tumba: “No hagas ruido, por favor, que Adelita no se ha ido, solo está durmiendo”. Obedezco y me voy.