UN ÁNGEL SOBRECAPACITADO, por Mónica Ocampo

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MÓNICA OCAMPO (México). Mónica Ocampo se considera una nómada del periodismo. Las redacciones de Excélsior, Milenio, W Radio y Récord fueron su hogar durante sus ocho años como reportera. Actualmente es freelance y colabora en la Revista Domingo del periódico El Universal, SINEMBARGO.MX. También ha publicado en Chilango del Grupo Editorial Expansión, SOHO México y ASIASUR en Perú. En 2012, fue seleccionada por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), para tomar el Taller de Reportería e Investigación en el periodismo cultural con el cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos en Tijuana.

 

 

UN ÁNGEL SOBRECAPACITADO

Desde pequeño Ángel fue diferente al resto de los niños. Siempre tuvo problemas para adaptarse al modelo educativo tradicional, incluso sus profesores lo consideraban como un Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). Pero con la llegada de la adolescencia él y sus padres descubrieron que formaba parte del tres por ciento de la población infantil con sobrecapacidad en México.

 

Trabajo final de Mónica Ocampo

 

 

 Mientras juguetea con los dedos de las manos, Ángel revela que su ídolo es Steve Jobs. Sus cejas gruesas y negras se fruncen cuando confiesa que sus padres no le han comprado la biografía que publicó Walter Isaacson -ex director de la revista estadounidense Time en 2011-, sin embargo, ese no ha sido impedimento para mirar, leer y aprender todo lo relacionado con la vida del creador de Apple, “internet ha sido mi guía”, dice con voz chillante consecuencia de la pubertad.

A diferencia de algunos chicos de su edad que intentan ser un papel calca del personaje que admiran, físicamente Ángel tiene una apariencia diferente a la del gurú de la tecnología. Sus delgados brazos son cubiertos por una camisa a cuadros abrochada hasta el cuello mientras el cinturón de su pantalón caqui le da media vuelta a su cintura. Nada que ver con el jersey negro y pantalón de mezclilla con el que Jobs hacia sus apariciones públicas.
En realidad, en lo que Ángel admira de se siente identificado con Steve es en la pasión por las computadoras, las películas de animación y la edición digital, habilidad que manifestó desde muy pequeño. El muñeco de Buzz Lightyear -el personaje de la saga de Toy Story- que sus padres le regalaron a los siete años es fecha que permanece guardado en su caja. Mientras que de la película el detrás de cámaras fue lo que más le impacto por los efectos digitales que PIXAR utilizó.
Durante dos meses, cada fin de semana se paraba a las seis de la mañana. Se levantaba de su cama despacio y caminaba hacia la sala de su casa, le bajaba todo el volumen a la televisión para ver el detrás de cámaras de la película protagonizada por el juguete viviente Woody, el vaquero de piernas flacas.
Meses después, Ángel ocupó el cargo de productor oficial del video de los XV años de sus primas, una de las celebraciones más esperadas por la mayoría de las adolescentes mexicanas, “la primera vez fue un regalo, pero a las demás les agrado así que me lo pidieron”, dice mientras mueve de un lado a otro el pie izquierdo.
¿Pero no toda la vida querrás dedicarte a grabar XV años?
-Por supuesto que no. Lo hago porque son mis primas y las quiero, pero a mí me gustaría trabajar en PIXAR. Conforme pasa el tiempo se crean programas digitales muy buenos para crear muchos efectos.
¿Eso quiere decir que tendrás que irte de México?
-Para nada. Si las esperanzas son muy pocas me iría a Estados Unidos, pero en México estoy seguro que siempre encontraré algo bueno. No hay necesidad de buscar la felicidad en las cosas materiales. Aquí puedo estudiar cualquier cosa gracias a internet. La verdad no quiero sacrificar el tiempo con mi familia.
Sorprende la seguridad con la que se imagina su futuro. Araceli, su madre recuerda que Ángel siempre ha sido así desde pequeño. Desde los tres años, ella y su esposo Javier comenzaron a notar cosas extrañas. Su hijo mostraba una fluidez verbal asombrosa. Usaba palabras que no correspondían con su edad, manifestaba interés en temas muy concretos como el uso de tecnologías.
“¿Quién va a venir? Pues el Papa Juan Pablo II ¿A dónde vas a ir? Pues a Chiapas, mamá”, esas eran las frases que Ángel decía a los dos años.
Sin embargo, la pareja tardó doce años en descubrir que su hijo era superdotado a pesar de los constantes problemas que tenía para adaptarse al modelo educativo tradicional.
Además de que no le gustaba convivir con niños de su edad. Ángel siempre estaba solo.

 

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Inteligente, pero inadaptado
La educación primaria fue un calvario para Ángel y su familia. Él no entendía a los profesores ni a los compañeros, y ellos tampoco le entendían a él.
Su habilidad para aprenderse todo sin mayor esfuerzo le dejaba mucho tiempo libre. Se paraba de su lugar, platicaba con sus compañeros, corregía los errores de los profesores, dibujaba escenarios de teatro en las últimas páginas de su libreta, pero cuando le preguntaban algo respondía sin problema.
“Una vez la maestra estaba explicando cómo se hacían las fracciones, y como ya lo sabía me dediqué a leer todo el libro de geografía”, confiesa medio sonriente con una mirada picara.
Cada firma de boletas en la escuela era una odisea. Ángel sacaba diez en el examen, pero como no entregaba tareas, no tenía apuntes completos en los cuadernos, no obedecía a sus profesores, su calificación final era de ocho o nueve. Nunca diez.
“En esa etapa no me preocupaba, pues a pesar de las fricciones que tenía con los maestros de la primaria, todos lo buscaban para hacer proyecciones o cosas relacionadas con la computadora. Me decía: bueno mientras no repruebe todo está bien”, repite Araceli como si se tratara de un discurso obsoleto.
Sin embargo, el primer foco rojo que puso en alerta a los padres de Ángel fue a los ocho años. Cuando lo llevaron con un neuropediatra, que lo diagnostico con Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), y para bajarle la ansiedad le administraba fuertes dosis de medicamentos que lo mantenían dormido casi todo el día. Duro así seis meses.
“Se la pasaba todo el día dormido. Llegaba de la escuela y se iba a la cama. Literalmente vivía drogado. Mi esposo y yo decidimos suspenderle el medicamento”, recuerda Araceli mientras da pequeños golpeteos a la mesa con su índice derecho.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), en México hay un millón de niños de tres a 16 años de edad con un Coeficiente Intelectual (CI) superior a 130 puntos, pero nadie sabe dónde están, pues sólo el cinco por ciento logran ser detectados, el resto son diagnosticados con Síndrome de Déficit de Atención (TDAH), son etiquetados como malos estudiantes, y por lo cual, son segregados por ser diferentes a la media.
“Estamos desperdiciando un recurso fundamental. Las personas más inteligentes de México pasan inadvertidas, y por ende, no están aportando sus extraordinarias facultades para el desarrollo de nuestro país”, explica Andrew Almazán Anaya, el mismo chico alto y delgado que hace seis años ocupó un especio entre las páginas de algunos diarios de mayor circulación en el Distrito Federal por ser el primer niño de 12 años en ir a la Universidad a estudiar psicología.

El tiempo pasó. Ahora Andrew está titulado y dirige el área de Psicología del Centro de Atención al Talento (CEDAT) que sus padres crearon para proporcionar atención, orientación y apoyo profesional a padres e hijos superdotados. Ahora tiene 17 años.

 


 

Pequeños gigantes
El primer encuentro con Ángel y su madre es en el Centro de Atención al Talento (CEDAT), ubicado al sur de la Ciudad de México. Es difícil imaginar que esa casa de estilo colonial rodeada de grandes ventanales y puertas de cedro es la incubadora de los futuros personajes que aportarán avances médicos, científicos o artísticos al país.
Es un viernes a mediodía. El sol alumbra cada rincón del patio verde. Las risas, los gritos y el ligero olor a gis hacen imaginar una mañana de recreo en el colegio. A un lado de la entrada principal, en la banca blanca hay una mujer madura morena de pelo rizado, pantalón de mezclilla y zapatillas altas. Su celular comienza a timbrar, ella apresurada lo saca de su bolsa de piel.
“Aún no sale. La directora me dice que tardará unas dos horas más”, después de unos minutos cuelga para explicarme que su hija de cinco años le están aplicando una prueba para saber el porcentaje de su Coeficiente Intelectual.
“Mi niñita es muy inteligente, y no lo digo porque sea su madre, pero apenas me di cuenta que ya sabe leer… bueno hasta me canta en inglés y se aprende los diálogos de las películas de inmediato”, intenta dar más detalles, sin embargo es interrumpida por la secretaría para informar que Ángel y su madre están listos.
De acuerdo con estudios científicos, para que una persona pueda ser considerada con sobrecapacidad requiere obtener un Coeficiente Intelectual (CI) superior a los 130 puntos en alguna prueba psicométrica y estadísticamente validada. El CEDAT cuenta con más de 15 pruebas de CI, con las cuales, se puede medir la inteligencia de niños de dos a 20 años de edad.

 

 

Novias no, calentamiento global sí
La reunión con Ángel tardó casi un mes en concretarse debido a que sus padres estaban ocupados con las mudanzas a su nueva casa, por lo cual, tuvo que faltar varios días al CEDAT para desempacar maletas.

Su primer comentario lo hace respecto a su edad. Enfatiza que tiene 14 años y está a punto de iniciar la preparatoria. Más allá de su 1.57 de estatura y su complexión escurridiza, expresa una actitud de cordialidad y caballerosidad. Sabe que está con dos mujeres, así que se adelanta para abrir la puerta y acercar la silla. Una vez instalados el silencio se manifiesta alrededor de la oficina de cuatro por cuatro donde se realizará la primera sesión de la entrevista.
Las risas y los gritos de los niños se escuchan con mayor claridad. Ángel mira hacia la ventana como si quisiera correr y brincar con el resto de sus compañeros del CEDAT.
Al colocar la grabadora sobre la mesa Ángel discretamente frunce la boca en señal de fastidio. Se acaricia la pierna izquierda como si se tratara de una manía. Sus enormes ojos negros van y vienen como si persiguiera una pelota en el campo de golf.
Al preguntarle cuáles son sus inquietudes su mirada se enfoca en la grabadora. No se intimida a pesar de que su madre está a un lado, los asuntos de la novia, invitar a chicas al cine o a bailar no son su prioridad. Tampoco el futbol o los jugar videojuegos. Le encanta el ajedrez, es tan bueno que hasta le enseñó a jugar a su hermano de 12 años.
Me pregunta si sé jugar. Le respondo que no. Y me insiste que es muy fácil como si se tratara de patear un balón o pelar una papa.
Ángel está a punto de concluir la secundaria y entrar a la preparatoria, pero aunque tiene todo el conocimiento para adelantar años, prefiere tomar las cosas con calma. Realizará su siguiente etapa académica en sistema abierto, es decir, ira un par de días y el resto lo hará desde su casa, frente a una computadora.
-¿En verdad no quieres ir más a la escuela?
-No. Nunca me gusta estar en la escuela, pero lo tengo que hacer por compromiso. Es como un lugar donde todos juegan a aprender y en realidad no aprenden nada.
¿Pero los amigos, las fiestas… las novias?
-Esa no es mi prioridad. Quiero terminar pronto la preparatoria para después estar en la universidad, ahí ya veré si quiero hacer todas esas cosas que dices.
¿Platícame de tus amigos?
-De la escuela ninguno… A bueno, Diana… pero es de la primaria. Aunque no nos vemos muy seguido estamos en contacto por facebook. Siempre no la pasábamos platicando de libros y tareas, sus ojos tímidos me hace imaginar que por momentos entrevisto a un héroe distraído.
¿Entonces cuáles son tus inquietudes?
Ser ecologista. El calentamiento global y las principales tecnologías para cuidar el medio ambiente. Pueden sacar una ultramega computadora con mucha memoria, pero si hay un componente como el mercurio que es tóxico no la compro. Soy fan de lo verde ¿Sabías que los celulares tienen alrededor de 250 sustancias tóxicas –No-, le respondo.
Por eso para mí tener el mejor celular o la mejor computadora no me hace feliz. Si tienes pensado comprar una pantalla pide una con iluminación LED, porque no emite contaminantes, me sugiere.
Mi CI es secreto
“No puedo decirte”, enfatiza Ángel serio y con mirada nerviosa “nunca nadie de mis compañeros del CEDAT te dirá su CI”, me reprocha como si se tratará de una pregunta de mal gusto.
Araceli lo interrumpe al explicar que los resultados de las pruebas del CI nunca se dan, pues el objetivo es que los niños aprendan a sociabilizar entre ellos mismos y ser tratados por igual “todos estos niños vienen aquí huyendo de las etiquetas de matadito, ñoño, nerd que en la escuela les colocan”.
Ángel llegó hace dos años al CEDAT gracias a que su madre vio en el periódico una entrevista con Andrew Almazán, “fue algo mágico. Las actitudes de mi hijo eran iguales a las características que describían a un niño genio”.
Más que un milagro fue una solución inmediata. Días antes, Ángel fue víctima de sus compañeros de clase, quienes le aventaron una botella de agua, enojado él se las devolvió con tan fuerte que le pegó a uno de los agresores en el ojo. Nadie hizo nada. Ni siquiera el maestro.
Pero las cosas no se quedarían así. Cuando terminó la hora de clase los cinco niños se acercaron a Ángel para pegarle, por suerte, uno de sus compañeros lo defendió. Salió corriendo del salón a buscar a la directora. Una vez más nadie hizo nada.
A la hora de la salida, fue el último en salir, pensó que lo esperarían afuera -intenta hacerse fuerte, pero el recuerdo por momentos le ocasiona un ligero quiebre de voz-, al ver que nadie estaba salió corriendo a la que fue su primaria, donde ahora estaba su hermano. Corrió, corrió, y corrió para alejarse del presente.
“Cuando me avisaron que estaba ahí no supe qué hacer. Como madre te da impotencia. Hasta que mi esposo y yo dijimos ¡basta! Debe de existir una solución… y sí que la encontramos con ese periódico que nos envió hasta aquí”, dice con una sonrisa Aracely.

 

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La inteligencia no es discapacidad
El mito del genio solitario o incomprendido está muy marcado en el inconsciente colectivo. No por nada, la imagen de Einstein con su saco viejo y su peinado desastroso se convirtió en un estandarte.
En el segundo encuentro con Ángel acude su padre Javier, un financiero que durante toda su vida ha tenido contacto con números y tecnologías, sin embargo, no duda en admitir la inteligencia que su hijo tiene.
Sin embargo, para él y para Araceli las dificultades de adaptación que enfrenta un niño superdotado son similares a las que enfrenta una persona con limitaciones intelectuales “Cuando llegamos al CEDAT dejamos de preocuparnos porque nuestro hijo fuera diferente”, sostiene su padre.
Para Ángel era imposible tratar de comprender el entorno que vivía en la escuela, el cual, cometía el mismo fallo que él: la incomprensión.
“Durante este tiempo que vengo al CEDAT soy más tolerante con mis compañeros y mis profesores. Si me agreden los ignoro. Si se equivocan no los corrijo”, dice.
De acuerdo con especialistas la edad adecuada para detectar a un niño sobredotado es a los cinco años, pero en caso de no tener un diagnóstico oportuno se corre el riesgo de que su inteligencia disminuya al no tener una estimulación adecuada.
“Como padre tienes que aprender a evitar que esté mucho tiempo en la computadora, jugando videojuegos. Todas las actividades que no lo estimulan a pensar son malas”, explica Araceli.
“Por eso no sólo utilizo calculadora para algunas ecuaciones”, enfatiza Ángel, quien durante estos dos años y medio que lleva en el CEDAT aprendió que la inteligencia no es otra cosa que saber aplicar el conocimiento “pues haber leído 500 libros de historia, pero si no se aplicarlo a la vida diaria, es como si no supiera nada”.
Ya aprendió que para estar tranquilo tiene que darse la oportunidad de aprender de todo el mundo. Ejecutar la teoría de Darwin: el que sobrevive es el que se adapta.
Disfruta correr. Le gusta sentir cómo el aire golpetea su cara. Aquí tiene amigos, juega ajedrez y hasta futbol. El próximo año cumplirá 15 años, pero no por eso dejará de correr y disfrutar lo poco que le queda de infancia.
Antes de terminar la conversación me dice que además de su atracción por las computadoras, la animación y los programas digitales, comparte un gusto más que lo hace compatible con Steve Jobs: Su gusto por las manzanas.

 

One Response

  1. ¡Genial!

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