LOS INVISIBLES DEL DF, por Julio Ramírez

 

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JULIO RAMÍREZ (Ciudad Hidalgo, Michoacán, México-18 de diciembre de 1982). Nació en el pueblo michoacano (llamado entonces Taximaroa, hoy Ciudad Hidalgo) en el que Fernando Benítez escribió El agua envenenada, una novela en la que se describe cómo una turba mata al cacique Aquiles de la Peña. Estudió en Morelia la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas y actualmente vive en el Distrito Federal. Trabaja como editor en la sección Nacional del diario mexicano Excélsior.

 

 

LOS INVISIBLES DEL DF

La calle protege y también vomita a los indigentes. Les da y les quita todo lo que tienen. Así pasa el tiempo para estas personas que no saben en qué puede acabar cada día, no hacen planes, algunos de ellos se drogan con solventes que encuentran en las tlapalerías. Estas personas no están en la mira de la lucha antidrogas del gobierno federal ni en la de nadie.

 

Trabajo final de Julio Ramírez

 

 
El señor Alberto Gómez vive de la fiesta. Tiene 65 años y camina con la mirada apuntando al suelo, como si siguiera hormigas. Es un cazador de botellas de vidrio. Las vende a seis pesos el kilo para poder comer. Viste un saco desgastado y un pantalón de pana gris, sin calcetines. Aprendió a dormir con un ojo entreabierto para cuidar sus botellas de los drogadictos que se las roban y se le adelantan a venderlas y conseguir solvente para inhalar. En la plaza Garibaldi duerme a gusto, hay mucho ruido, pero la gente bebe y deja botellas tiradas en la banqueta.

“No vale nada la vida, la vida no vale nada”, entona la canción de José Alfredo Jiménez que interpreta un mariachi cerca del Palacio de Bellas Artes. “Comienza siempre llorando y así llorando se acaba”. Duerme, pero está atento y si alguien se acerca mejor toma, si no le da buena espina recoge sus cartones y se dirige a otro lado.

Los grupos de norteños, soneros veracruzanos y tríos están en la plaza Garibaldi. La gente acude en grupos a escuchar canciones y comer platillos tradicionales. Don Alberto camina por los alrededores de la plaza, prende un cigarrillo que estuvo a punto de pisar y sigue buscando: una bolsa de botellas se ha topado en su camino. Ley de la vida: El que busca encuentra.

No tienen credencial de elector, pero toman decisiones de vida o muerte todos los días. Son personas que no le interesan ni a la policía para llevárselos aunque se estén drogando en la calle, son personas invisibles que caminan para llegar a ningún lado. No tienen hora de comida, no hacen el supermercado, no tienen casa ni familia. En un país que inició una guerra contra el narcotráfico hace casi seis años y que ha dejado, según cálculos de organizaciones civiles, más de 60 mil muertos por enfrentamientos entre bandas delincuenciales y con el Ejército y la policía, hay personas que pueden vivir únicamente para ingerir solventes a la vista de cualquiera.

Así pasan los días. Son las 6:00 de la mañana, afuera del metro Hidalgo caminan los oficinistas, los vendedores, la ciudad se despierta y camina. Sentado en una banca de la plaza Francisco Zarco está Javier, amontonado con otras siete personas, todos encobijados. Se despierta con el bullicio de los comerciantes que llegan al sitio ubicado frente al Templo de San Hipólito.

Se para de golpe, está temblando y dobla para guardar la cobija conque se tapaba. Saca debajo de una banca un bote con solvente y coloca un poco en un pedazo de estopa. Da un respiro profundo.

Se calma.

Está en ayunas. Guarda rápido su “mona” en la entrepierna porque ve acercarse a la policía, pero los patrulleros pasan sin advertir. Se dirigen a un accidente de tránsito en Paseo de la Reforma. Javier los observa, a lo lejos. Es seguro respirar. Vuelve a hacerlo.

Tranquilo.

De lejos lo llaman, es un vendedor de recuerditos en el Templo de San Hipólito que le pide ayuda para descargar de una combi rosarios y figuritas de San Judas Tadeo. Acude movido, hasta plantó la palma de su mano frente a un auto que circulaba para que lo dejara pasar y llegar a la banqueta del templo. Descarga la mercancía y lleva a uno de los puestos cuatro cajas grandes. “Con cuidado, mano, sin pegarles”, le dice el vendedor, quien le da 10 pesos para que se los eche a la bolsa. Voltea para buscar más trabajo. Sujeta la estopa húmeda de solvente y respira de nuevo. Está en ayunas. Se tranquiliza. Respira.

Afuera del templo hay puestos en los que vendedores ofrecen botes para llevar el agua milagrosa del recinto. “Le pedimos llevar sólo un litro por familia”, dice el letrero de la llave en la entrada de la nave de la iglesia. También se mercan las figuritas con forma de brazos o piernas para colgárselas al santo y pedirle para que resuelva los asuntos de salud. También se le pide que interceda en las cuestiones de familia y de adicciones, en el pizarrón de los favores se leen las súplicas: “San Juditas, te pido que mi hijo Juan ya no caiga en el vicio y pueda comprarse una casa para que viva bien con la muchacha”.

A dos cuadras de esa plaza está la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO) en donde han declarado ante el Ministerio Público Federal los capos del narcotráfico más rimbombantes que ha atrapado este gobierno, como José Jorge Balderas Garza, El JJ, célebre por haber disparado en un bar de avenida Insurgentes contra el futbolista paraguayo Salvador Cabañas; Sandra Ávila Beltrán, La Reina del Pacífico, recientemente extraditada a Estados Unidos para enfrentar cargos por narcotráfico en el estado de Florida, y muchos otros que han sido presentados ante los medios de comunicación semana a semana como lugartenientes, operadores o jefes de célula de tal o cual cártel.

Los policías capitalinos tienen su propia historia. R. Solís, quien es mando en el sector de Cuauhtémoc y trabaja en la patrulla P2325, dice que su trabajo es remitirlos al albergue, como el que está en la calle de Coruña, pero ahí “no les gusta porque los ponen a trabajar. Esta gente nació para la vagancia y así andan. Uno los lleva pero se salen. Se escapan porque no les gusta”.

Doña Martha Chávez, vestida de suéter y mandil, llega antes de las 5:00 de la mañana para poner su puesto de licuados afuera de la estación del metro Hidalgo. Cuenta mientras echa fresas en la licuadora que la estancia de los drogadictos “es un estira y afloja. Un cuento de nunca acabar”. Voltea a buscar dónde dejó la leche.

“Llegan un día y se llevan a todos, luego regresan dos, al otro día otros dos, luego otros dos y luego ya están todos. A veces de plano se los llevan a todos en la mañana y en la tarde están de regreso. Es nada más para taparle el ojo al macho.”

Al sur de la ciudad, en el cruce de Insurgentes y Periférico, se encuentra la plaza comercial Perisur, tiene tiendas exclusivas en donde unas chanclas de baño pueden costar miles de pesos, librerías, restaurantes y cines con salas VIP en donde hay servicio de meseros. En el cruce de esas avenidas, Don Carlos, a quien le gusta que le llamen “El Maestro de las Energías” tiene su trabajo. Llega todos los días puntualmente a la hora que se levanta para instalar su negocio, un paño negro echado en el pasto en el que exhibe unos colguijes en forma de honguitos de colores y atrapasueños, que son amuletos para la suerte que ofrece a 20 pesos a los estudiantes de la Universidad Nacional y demás transeúntes.

Dice que sus abuelos le enseñaron a hablar náhuatl. Nació en el estado de Morelos, pero desde niño saltó a la capital porque fue destinado por los dioses para regar su sabiduría por todos lados y cuando se muera no habrá quién lo supla. Eso dice. Viste un pantalón café oscuro arriscado hasta dos dedos abajo de las rodillas, usa en el cuello tres collares largos de piedras cafés. Anda sin camisa y en su piel se nota la exposición al sol y le faltan dientes de enfrente. Seguido sonríe.

Asegura que su carisma es transformar la energía mala en buena. “Puedo hacer que las malas energías del universo, nuestras malas vibras, se conviertan en positivismo para el mundo. Por eso nacimos y por eso soy de esta raza. La raza de bronce”.

De su familia, sólo sabe que “ya todos se fueron”. Seguido le toca pisar “La Procu” (Procuraduría, ministerio público capitalino), pues las patrullas no lo dejan dormir en algunos parques o porque carga marihuana, que consigue por 20 pesos –lo que valen sus colguijes– en la colonia Guerrero. Es un toma y daca, lo entamban, se aguanta dos o tres días y después “a respirar la libertad de nuevo”.

“Ahí he conocido maestros, licenciados, ingenieros, arquitectos, arqueólogos. Todo”.

En esa zona trabaja D. Monroy, y en los más de 10 años que lleva de policía nunca le han dicho cómo tratar a un indigente ni ha escuchado de un programa de reinserción para estas personas que funcione.

Se cruza de brazos y se quita los lentes oscuros: “Hay casos muy tristes. La calle es una chinguita, vivir aquí está cabrón. Los atropellan y las ambulancias no se los llevan, se accidentan, se pelean y quedan ahí, con la hemorragia, en medio de los puentes y nadie va por ellos. Se la viven drogados, todo el día, sin comer”.

“No hay un seguro para indigentes y si existiera nadie te lo respetaba”. Los solventes provocan días enteros de vómito y sangrados nasales. Los indigentes se instalan en pocilgas que habilitan con pedazos de lonas publicitarias y desperdicios y ahí duermen y sobrellevan sus crisis. Ahí, frente a Perisur, están habilitados algunos refugios en donde los indigentes llegan a dormir.

La misma calle que los vomita también los protege: “No tiene caso llevárnolos porque no hay una institución que se haga cargo, alguien que responda por ellos. Yo me los llevo cuando hacen algo que dañe a la gente que va pasando, a una casa, cuando molestan”.

En una ocasión –comenta el uniformado, quien porta una medalla de la virgen de Guadalupe–, “levante a uno de ellos porque estaba lanzando piedras a los vehículos en la glorieta. Andaba drogo y empezó a lanzar rocazos a los automóviles”.

Los afectados llamaron al sistema de emergencias para reportar el incidente. Al sitio llegaron dos patrullas y una ambulancia. Nadie levantó denuncia porque el agresor era un indigente intoxicado y se dieron cuenta de que no podrían cobrarle nada y si le cobraban no les pagaría porque no tenía con qué. Prefirieron irse con el vidrio roto y un rayón en la puerta producto de un volantazo.

Después de una jornada en la que oró y realizó algunos estiramientos para mantenerse en forma y en contacto con la naturaleza, “El Maestro de las Energías” se retira a descansar. Son las seis de la tarde. Hay unos veladores que cuidan una obra en construcción que lo traen atosigado, pues lo acusan de haber hurtado material de construcción para revenderlo y comprarse mota. No vaya a llegar el ingeniero, no vayan a llegar de a muchos y le hagan algo. Está bien que nació para hacer energía buena de la mala, pero con veladores enojados porque tuvieron que pagar dos bultos de cemento y dos varillas más vale no meterse.