LA VIDA DE UNA REFUGIADA. Por Muriel Alarcón

MURIEL ALARCÓN (Santiago, Chile). Estudió periodismo en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha participado en cursos de periodismo visual en Santiago, Lima y Buenos Aires, y ha escrito para las guías de viajes de Petrobras y de la editorial Southern Guides. Hoy colabora con el suplemento de viajes de El Mercurio, Revista Domingo, forma parte del think tank TrenDigital, y es asistente de investigación en la Facultad de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica.

 

 

 

 

LA VIDA DE UNA REFUGIADA. 

Vivió al borde del peligro en Buenaventura, Colombia, de donde es, y fue duramente perseguida en Costa Rica, a donde escapó. Pero una vez reasentada, María Londoño, la primera negra refugiada que llegó a Chile en 2005 a través de una misión impulsada por Acnur y el Gobierno de Chile, tuvo un sueño y, desde entonces, su vida, y la de su familia, cambió. Cuando en Chile el mayor número de refugiados pertenece al de colombianos perseguidos, ella cuenta, por primera vez, su historia.

 

Trabajo final de Muriel Alarcón

 

 

No sabe quiénes son los dos morenos que la persiguen por la calle, pero sabe perfectamente que lo están haciendo. No les distingue su rostro aunque sí sus cuerpos: espaldas anchas, brazos grandes, piel oscura. Entonces, angustiada, detiene al primer bus que aparece y se sube por la puerta delantera. Los hombres, por la trasera. En un impulso –y despiste de los desconocidos– María se baja en una estación que no es la suya, pero eso poco importa: los deja atrás.

“Ahí yo dije: me voy, me voy, me voy. Sea como sea no puedo seguir en Costa Rica”, cuenta María Londoño –colombiana, piel negra, dientes muy blancos, 1.60, 39 años, delgada, voz dulce–, desde su minúscula casa en Maipú, en la Región Metropolitana, la misma donde se estableció en 2005, cuando llegó a Chile en una de las primeras misiones de reasentamiento regionales. Hacía doble debut: ella y su familia eran, además, los primeros negros que llegaban reasentados al país. No se llama María, pero ése es el nombre que prefiere ocupar para contar su historia.
Esa vez, la del bus, no era la primera vez que era perseguida, pero sí fue la última. Después de eso María se acercó a la oficina que el Alto Comisionado de las Naciones Unidas tiene para los Refugiados (Acnur) en Costa Rica y explicó: lo del bus, lo del miedo, lo de la angustia. Después de ser estudiado, su caso fue aceptado, y se convirtió, como dicen las estadísticas del Departamento de Extranjería y Migración del Ministerio del Interior y de Seguridad Pública de Chile, en parte del 79 por ciento que representan los colombianos, del total de refugiados en el país, que suma 1115 personas. Tanto espontáneos como reasentados pues hay una diferencia entre quienes llegan a la frontera pidiendo asilo, los espontáneos, y los que son enviados desde un segundo país de acogida, los reasentados. María, por ejemplo, es de las segundas: pidió ser refugiada en Chile estando de acogida en un país que no era el de origen: Costa Rica.
Las dificultades en la vida de María habían comenzado en Buenaventura, de donde es, y de donde escapó a los 27 años, con su marido y un hijo de poco más de tres años. Tal como en Costa Rica, corrían el riesgo de ser secuestrados: su marido había tenido líos de los que ella prefiere no hablar.
Fue, entonces, que las cosas, dice, resultaron tal como ella las vio en un sueño.

 

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“Mi nombre es María Londoño, y acabo de cumplir siete años en Chile. Llegué el 15 de junio de 2005 a Chile. Estoy casada y tengo dos hijos: una parejita. Somos refugiados reasentados, venimos de Costa Rica pero somos colombianos. La vivencia acá es difícil. En Costa Rica vivíamos bien, pero era un país muy inseguro. Al llegar a Chile, mi esposo se demoró seis meses en conseguir trabajo, y esos seis meses estuvimos viviendo con la ayuda del Gobierno. La verdad es que estábamos desesperados. No cumplíamos con nuestras propias expectativas. Mi esposo ganaba, al principio, 120 mil pesos, que es lo que nos costó el arriendo de esta casa.
Yo, la verdad, no sabía qué era Chile. Tenía temor por nuestro color porque eso sí sabía de Chile: que no había gente de color. Pero nos han tratado bien. No hemos tenido ningún problema de discriminación por el color. Acá, la verdad, no discriminan por el color. Te discriminan más por venir de otro país que por cualquier otra cosa.
A mi hija le decían ‘eres negra, eres negra’ y ella les respondía: no me digan negra, ¡¡yo soy chocolate!! Cuando ella me lo contaba, yo le decía: ‘no se enoje, mami’.
Los chilenos dicen que los extranjeros vienen a quitarle sus cosas y eso, al menos en nuestro caso, no es así.
Yo hago muñecas artesanales y con eso despegué. Empecé a venderlas en una feria navideña en la comuna de San Miguel. Y me di cuenta que gustaban. Entonces empecé a mostrarlas cuando tenía la oportunidad de hacerlo. Me integré a un proyecto Fosis en la municipalidad de Pudahuel –un beneficio monetario que se entrega en Chile a los emprendedores– y con lo que recibí pude comprarme mi primera máquina industrial. Hace un tiempo fui a presentar mis muñecas a una feria en España.
De Chile, como le digo, yo no conocía nada. Una agrupación chilena de la Vicaría de la Pastoral Social y de los Trabajadores nos mostró, allá en Costa Rica, un video de Chile. Nos mostró lo peor: los campamentos, la cesantía, la pobreza. A mí me gustó eso: que nos hubieran mostrado algo diferente y la realidad. ‘Yo sí me voy’, dije, y me vine”.
Fue ahí cuando María tuvo el sueño: que llegaba a un país que no era el suyo, que a ella y a su familia los recibían bien, que estaba en un avión y que le decían: “bienvenida”. En el sueño le decían que se viniera: que aquí, en Chile, estaría bien.

 

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-¿Quieres un café?, me dice.
-¿colombiano?, pregunto.
-No, pero ¿quieres?
-Sí, respondo.
Estamos en su casa.
-En general no he perdido las costumbres colombianas. Ni siquiera digo po ni cachai. Yo no pierdo mis raíces. Chile es Chile y Colombia es Colombia.
-¿Qué sabías de Chile antes de venir?
-Había oído de Pinochet. Pero no paraba las orejas no más.
-‘Parar las orejas’ es un dicho muy chileno.
-Sí, sí, sí. Pero no le prestaba la atención. Uno cuando está en otro país, tiene que aprender de ese país.
-¿Qué has aprendido de Chile?
-He aprendido de O’Higgins, de Pinochet, de la Dictadura, que han sido cosas muy marcadas para chilenos. De las marchas y de las protestas que hacen los estudiantes.
-¿Eres feliz?
-Como todos, uno tiene sus dificultades, pero soy feliz y más ahora que tengo a Cristo en mi corazón.
-¿Eres evangélica?
-Cristiana, dice, y agrega: Tengo a mi padre celestial que me apoya, me ayuda, y me da la fuerza para seguir adelante. La cercanía la tengo desde Buenaventura, creció cuando estuve en Costa Rica y culminó acá en Chile.
Habla casi sin aire.
-María y…
-(Interrumpe) Acá todos conocemos a Cristo y usted también debería conocerlo. Él es el dueño de todo. Él es quien hace posible todo. Él fue el que me dijo en mi sueño que yo me viniera a Chile.
Aunque sube al doble el volumen de su voz, sigue acabándosele el aire.
-Uno de los propósitos que yo tenía en Chile era acercarme a Cristo y lo hice.
María se levanta a preparar café. En polvo. Chileno. Pasa un minuto, va a la cocina, y regresa con dos tazones enormes, como de sopa, casi rebalsados de café.
-Antes de tomarlo, vamos a dar gracias por él. Gracias señor por este café. Saca de él todo lo que dañe el cuerpo, y seas tú purificándolo. Límpialo.
Silencio.
-Cuando usted me llamó yo le dije: Señor, será, dime tú, ¿doy la entrevista? Y el Señor me dijo que sí. Andar en Cristo es lo mejor. Yo la invito a usted a andar en Cristo que es… ¡oh! ¡oh! ¡oh!”, exclama.

 

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Las misiones de reasentamiento en el país tuvieron su origen en 1999, cuando Chile y Brasil se convirtieron en los primeros países en suscribir un acuerdo con el Acnur, que convirtió a Chile en país de acogida para refugiados. Desde el 2004, que fue el año en que partieron las misiones regionales, a la fecha, el panorama ha cambiado: todo está frenado, y desde el 2010 no han llegado reasentados al país.
Desde que todo partió las misiones más mediáticas fueron las únicas dos extra regionales: la que llegó directamente desde la ex Yugoslavia, en 1999, y la de un grupo de familias palestinas, en 2007. La primera fracasó y terminó con casi todos los reasentados devolviéndose a sus tierras, frustrados por no encontrar en Chile lo que ellos buscaban. Para la segunda, se habían sacado lecciones del primer fracaso. La evaluación es buena: Muchas de las familias palestinas hoy están reubicadas en comunas de la Región Metropolitana y de la Quinta Región donde han impulsado importantes polos de comercio: sobre todo de comida árabe.
“Cualquier misión de reasentamiento, debe asociarse a una misión de reconocimiento: el Estado que acoge y la institución de la sociedad civil que se va a hacer cargo del trabajo humanitario más el Acnur deben hacer una visita a terreno, entrevistar a la gente que finalmente va a llegar a Chile. Con la gente de la Ex Yugoslavia, eso no se hizo”, dice Nicolás Gutiérrez, coordinador de la Integración Local, del área de Refugio, de la Vicaría de la Pastoral Social y de los Trabajadores, un organismo que, mientras duraron estas misiones en Chile, se encargó de la logística. Al no haber contacto previo, esos primeros reasentados de la Ex Yugoslavia no se sintieron integrados: Estaban disconformes en el lugar donde se les alojó, se resistieron a aprender el idioma y se encontraron con un Chile sumido en una gran crisis económica.
Con los reasentados procedentes de las misiones regionales que empezaron a llegar a Chile desde 2004, todo cambió. Se trataba, en su mayoría, de refugiados provenientes de Ecuador, Costa Rica, pero, sobre todo, de Colombia.
“El conflicto humanitario más importante de la región está en Colombia. No es casualidad que el número más importante de refugiados en la región también sea el de colombianos”, explica Gutiérrez y agrega: “En Colombia hay un conflicto real, completo y multicausal que ha generado mucho desplazamiento”, agrega.
Ante el alza de refugiados en Chile, la consolidación de una política de Estado frente al tema se hizo visible en 2010, cuando se aprobó en el Congreso, la ley de refugio. Antes de eso, se aplicaba una ley de extranjería vigente desde 1975, que hacía demorar el proceso de integración de los refugiados al país, pues antes de que los refugiados pidieran la permanencia definitiva, sólo podían optar a una visa temporaria que duraba dos años. Hoy, en cambio, cuando una persona obtiene el refugio, gana automáticamente la permanencia definitiva y, con ello, el acceso a las redes de asistencia pública y privada.
“Los migrantes regionales tienen mayores dificultades para entrar a Chile. Además, para un colombiano, en los últimos cuatro años, está siendo más difícil ingresar a Chile. Por todo el estigma con el que cargan los colombianos en general: narcotráfico y prostitución. Para ellos la frontera está cada más cerrada”, agrega Nicolás.
Hasta antes de María, a Chile, en 2004, no había llegado ningún negro colombiano en condición de refugiado reasentado a Chile. “Había aprehensiones a priori: que los iban a discriminar”, dice Nicolás.
Pero eso, dice María, no pasó. Y hoy, sin entender muy bien la ley del refugiado y menos saber de los colombianos que han tenido la voluntad pero no el permiso de ser reasentados en Chile desde el 2010, ella dice sentirse integrada al país.

 

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“El que tiene falta de fe es un insen…”
“¡¡sato!!”, completan al unísono y en voz alta los casi treinta asistentes al galpón.
Son poco más de las ocho de la noche. Es un viernes cualquiera de agosto pero en el salón trasero, y techado, de la Iglesia Fuente Salvación, ubicada justo en la intersección que hay entre la calle García Reyes y la Alameda Libertador Bernardo O’Higgins, en el centro de Santiago, es día de estudio bíblico. Los asistentes, sentados en media ronda, repasan frases de sus textos bíblicos que el pastor que dirige la asamblea va a pedirles pronunciar en unos minutos. Por mientras, él predica.
“El hombre que hoy no tiene una fe fundada es insensato y falto de sabiduría. Y el hombre que no tiene fe está proclive al pecado”, dice.
Todos callados.
Desde las altas y descoloridas paredes cuelgan casi sólo banderas latinoamericanas: está la chilena, la argentina, la ecuatoriana, la peruana, la colombiana. A un costado, sobre una mesa, hay termos con tés y cafés y sobre un plato, migas de un queque que se acabó.
El pastor hace preguntas del génesis y los asistentes las responden.
“Es para que uno vaya aprendiendo y ver si le ha quedado lo que él le dice”, dice despacio María, sentada a un costado de la ronda.
“Yo no sé cuántos de los que estamos acá no entendemos que hay pastores que son unos chantas, invitan a los fieles a ser bendecidos a cambio del diezmo. ¡Eso es antibíblico!”, grita el pastor.
“Amén”, repite María, y dice que acá, en este mismo galpón, es donde pasa la mayor parte del tiempo. Viene lunes por medio, a reuniones para mujeres, los miércoles, al culto, los viernes, al estudio bíblico, y los domingos, que es día de la congregación.
Así como ella, hay otras latinas, que no son chilenas, varias de ellas refugiadas, con la biblia sobre las piernas.
“A nosotras nos gusta venir, porque acá comprobamos que el Señor no escogió ni nacionalidad ni raza ni color: él no tiene límites”, dice ella, y agrega: “Amén”.

 

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“Yo vendo mis artesanías pero lo que más hago es vender pan colombiano: Es un pan con una textura mucho más suave que el chileno, porque lleva manteca. Dura más y es más rico que el que hacen acá. Y como hay haaarta colonia de colombianos, se nos ha presentado esta oportunidad y la hemos tomado: vendemos pan a los vecinos.
No me gustan los porotos con riendas. Pero igual cocino las comidas típicas de aquí. Estamos en Chile pero cuando cocino, cocino con sabor colombiano. Cocino como cocinaba en Buenaventura.
Mi hijo quisiera volver a Colombia porque él es compatriota a morir. Pero los pasajes son muy caros y no nos alcanza el dinero para ir y volver.
Además allá, en Colombia, uno está tan dependiente de que si pusieron la bomba, de que no se puede transitar tan tarde en la noche. Que una bala pérdida. Que una matanza. Soldados en las calles. Guerrilla.
Nah. Ahora estamos en Chile, y vivimos todo lo que hay que vivir acá, como las Fiestas Patrias. Nos gustan. Mi hija, incluso, baila cueca.

 

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Tomamos café. La entrevista se da vuelta:
¿A usted le gustaría ver a Jesús?

¿Cómo quedaría si lo viera en una nube, con todos sus ángeles resguardándolo?

¿A usted no le gustaría irse con él? ¿De estar con él en su casa? ¿De saber que no va a morir jamás?

¿A usted le gustaría recibir a Cristo en su corazón?

María sigue haciendo las preguntas y ahora, también, empieza a responderlas.
“Yo no necesito país ni dinero ni casa. En el Señor lo tengo todo”.
Un perro afuera de la casa ladra insistentemente.