EL PESO PLUMA MÁS VIEJO. Por José Abel Valdez Domínguez.

 

JOSÉ ABEL VALDEZ DOMÍNGUEZ (Orizaba, Veracruz, México, 1984). Egresado de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Sotavento, campus Orizaba (UNISOTA). Ha trabajado para prensa y radio cubriendo noticias de Nota Roja. Admirador del cine documental, la lectura de no-ficción y la buena ortografía; ahora, la nueva meta: descubrir historias. Su vida ha cambiado al participar en la Escuela Móvil de Periodismo Portátil. Otro objetivo: terminar su tesis, titularse y ser profesor de periodismo. Nunca rendirse.

 

 

 

EL PESO PLUMA MÁS VIEJO

Pocos son los ancianos que todavía desafían la edad para continuar ejerciendo el deporte de contacto más preferido del público mexicano, el boxeo. Crónica de Antonio Muñoz “Tony” Tinoco, ex campeón estatal de peso pluma, con 74 años de edad —y contando— sigue entrenando futuros pugilistas.

 

Trabajo final de José Abel Valdez Domínguez

 

 Los puños no dejan de atacar el costal de arena. Como si fuera una máquina de golpes, los brazos siguen firmes ante el descomunal objeto que, recibiendo una “lluvia” de porrazos, regresa hacia el ser humano que lo ataca.
El hombre no pierde el ritmo, gira la cabeza, inclina el cuerpo, hace un movimiento hacia la izquierda y derecha. De un lado a otro mantiene la guardia: puños a la altura del rostro, manos cubiertas de vendaje, ojos atentos en el objetivo. Golpea el costal de arena con la misma furia con la que está llenando el cuerpo de adrenalina pura.
El hombre toma un respiro. Baja la guardia, se frota las manos, mira hacia el costal y le da una palmada en señal de que el calentamiento ha terminado. Su cuerpo suda, con las manos se limpia el rostro para evitar que el sudor llegue a sus ojos, toma una pequeña toalla para asearse. Viene el entrenamiento.
A sus 74 años de edad, Antonio Muñoz “Tony” Tinoco no está en un asilo, ni haciendo achaques de locura en la calle, está dentro de un gimnasio donde entrena a futuras promesas del boxeo mexicano. El hombre, el viejo, no deja de moverse.

 

***

 

El gimnasio A.D.O. está ubicado en el centro histórico de Orizaba, Veracruz, México. Es un lugar grande dividido en dos partes: la zona de los golpes y la zona del descanso. En la primera hay cinco costales de arena, dos “peras” fijas, una “pera loca” y el espacio suficiente para desplazarse y practicar boxeo; en la otra está una fila de 10 bicicletas que están en medio de dos espejos rectangulares que regularmente son utilizadas al finalizar la sesión del entrenamiento.
Al fondo de la pared se encuentra una copia grande de la famosa fotografía de la segunda pelea de Muhammad Ali contra Sonny Liston el 25 de mayo de 1965 en Lewiston, Maine; junto a esta imagen un pequeño poster del ahora ex campeón mexicano Julio César Chávez, mientras que en la zona de los golpes la pared es una enorme barda de metal lo que permite a la gente, que pasa cerca, ver el adiestramiento.
Tony Tinoco está de pie. Observa y escucha. Viste una camisa azul con rayas blancas, pantalón deportivo blanco y unos tenis azul cielo con agujetas negras. Tiene una mirada fija en cada uno de los muchachos que realizan el entrenamiento, en su rostro moreno destacan unos ojos cafés de tono oscuro. Sus mejillas tostadas por el sol y una estatura loable para moverse aún con su edad.
A su alrededor están algunos jóvenes, todos ellos comparten un sentimiento en común: serán futuros boxeadores. No dejan de moverse. Golpean costales como si se tratara de un enemigo invencible; un joven veinteañero gira los brazos dando golpes a la pera fija, casi simulando el entrenamiento de Sylvester Stallone en su papel de Rocky Balboa.
Los demás pugilistas saltan la cuerda, desafían su velocidad contra la “pera loca”, hacen sombra frente a los espejos, mientras unos agitan las piernas en las bicicletas fijas.
Apenas llegaron más jovencitos al entrenamiento, Tony Tinoco empieza a dar instrucciones para que inicien el calentamiento, saltan, se agachan, alzan las piernas, sacuden los brazos, mueven la cabeza. No deben detenerse hasta que él lo indique.
Son las 5 de la tarde y hay un ambiente caluroso en el gimnasio, a pesar de que ya casi oscurece, pero los alumnos siguen las instrucciones. A sus 74 años, realiza una lucha diaria, por una parte el maltrato de la poca familia que le queda, aunque asegura que tiene 14 hijos, 9 nietos y 5 bisnietos; por otra, el constante deseo de seguir involucrándose en el boxeo.
“A los 16 años empecé a sentir ganas de golpear. Practiqué un poquito la lucha libre, pero le entré mejor al boxeo. Ahí puedes sentir cómo se mueve el cuerpo, sientes el sudor que entra como picante en tus ojos, y la sangre está salpicado en los guantes y aún mejor cuando el contrincante va perdiendo y el público no deja de gritar tu nombre “, dice con una sonrisa como si lo recordará desde ayer.
¡A prisa! ¡Cambio de ritmo y salten! Son las indicaciones que hace hacia los adolescentes y jóvenes, quienes tras escuchar su voz firme, Tony Tinoco hace una pose en guardia para que sea ensayada y luego a hacer “sombra”.
“Créeme que no fue fácil. Mi madre no tenía idea de que yo estaba entrenando el boxeo y mucho menos mi padre porque él nos abandonó cuando apenas yo tenía un año y medio de edad, pero no se le olvidó dejarme el apellido, al menos ése es el único recuerdo que tengo de él”.
Quizás fue por suerte, pero al iniciar en el boxeo nunca se imaginó que ya siendo tan joven empezara a figurar en peleas profesionales, conocer grandes pugilistas. Llegaron primero las derrotas y luego las victorias.

 

***

 

—Maestro, buenas tardes. —Dijo una señora chaparrita con vestido negro, blusa azul y el cabello entre cano.
—Sí, dígame, ¿en qué le puedo servir? —Responde Tony, con naturalidad y sonriente.
—Le encargo a mi hijo Jorgito, es aquél muchachito delgado que acaba de llegar, tiene 15 años, lo traje para que le enseñe a boxear porque le ha llamado la atención este deporte.
—No se preocupe señora, lo importante de este deporte es que sea un buen hábito. Abrimos a las cinco y cerramos hasta las nueve.
—Se lo agradezco. —Dice la mujer caminando hacia la salida del gimnasio.
“Creo que es lo más importante del deporte: iniciar jóvenes. Antes uno entraba porque te molestaban en la escuela y siempre había un grupo de bravucones que trataban de intimidarte, pero en mi caso fue más por la curiosidad, por aprender y sentirte que puedes hacer bien lo que te gusta” señala mientras toma un pequeño respiro antes de hacer otra instrucción hacia los jóvenes.
“Se van a agachar como si fueran a ‘cagar’, mantienen su nivel sin pretender levantarse y giran la cintura pero al mismo tiempo flexionan los brazos como queriendo golpear; lo más rápido posible” menciona con una explicación que a algunos les causa un poco de risa.
Tony dice que este tipo de entrenamiento es el que más efecto hace en quienes empiezan en el boxeo, ya que en la mitad del siglo anterior los peleadores inventaban sus propios entrenamientos y de ser posible se organizaban peleas entre compañeros para medir el nivel de fuerza y destreza en el ring.
“En aquella época los salones donde se hacían los encuentros se empezaban a llenar más de público. Había de todos: los que necesitaban ver sangre, los que acudían para vender y los que llegaron ahí, como yo, por simple curiosidad”.
—¿Hay alguna diferencia con los nuevos boxeadores de hoy? —Lo interrumpo.
—No hay mucha, sólo es cuestión de actitudes.
—¿Avaricia?
—En mis tiempos se hacía por un cariño y vocación como si se tratara de una carrera profesional. Pero hoy en día los nuevos boxeadores tratan de aparentar una vida que no es suya. Te presentan a gente bonita, chavos que tiene buen perfil por donde los veas, después cuando ya no tengan más qué ofrecer es reemplazado por el que viene, por alguien que pueda ocupar el lugar que dejó el ex campeón.
Tony habla como si el tiempo lo llevara en las manos. No tiene prisa por llegar temprano en su casa y si el gimnasio fuese su hogar, se quedaría entrenando a más muchachos.
“Te voy a platicar algo muy chistoso. Cuando estaba ganando un dinerito con mis peleas el mánager aprovechó hacer más publicidad, así que en los carteles ya no aparecía como Antonio Muñoz sino como Tony Tinoco, y de esta forma fueron conociéndome las personas en la calle o en municipios donde se realizaban las peleas, los periodistas me buscaban, era muy agradable”.
Pero continúa: “Sin embargo, había alguien que no sabía que me estaba dedicando mucho más tiempo a esto que a la escuela: mi madre.”
Lo recuerda así: una mañana con clima templado y con música de danzón en la radio, él apenas entrando en sus veintes:
—Antonio, ¿tú sabes quién es ése tal Tony Tinoco que anda anunciando un coche con sonido?
—No sé, mamá. Debe ser uno de esos boxeadores que se dan con todo en el ring. Un día de estos vamos a ver una pelea para que vas que hay mucho ambiente.
—No hijo, ya sabes que ese tipo de deportes no me gustan, sobre todo por los muchachos que deben llegar muy golpeados y luego las consecuencias…
Tenía razón la madre de Tony Tinoco. Una vecina le contó que un sobrino suyo se había metido en el boxeo para ganar dinero, pero al final resultó severamente lesionado, según por la paliza y las secuelas de tanto golpe que reciben en la cabeza.
“Una vez regresé de una buena pelea, entré a la casa y dejé la maleta donde guardaba mis cosas de entrenamiento, al otro día mi mamá vio la maleta la revisó y descubrió una toalla blanca cubierta de sangre, en ese momento ella pensó en qué estaría metido” platica mientras acomoda los guantes a un par de jóvenes que entrenarán golpes y defensa.
—¿Verdad que tú eres Tony Tinoco?
—Sí, soy yo.
Tony, se lo dijo con la más sinceras de las verdades. Su madre se rehusaba a creerlo, pensaba que se traba de una broma. Sólo le pidió que tuviera cuidado, pero le dejaba algo muy claro, no quería verlo lastimado.
“Ella se preocupaba mucho por mí, ¿qué no hace una madre por un hijo? ¿Cuántas lágrimas derraba una madre por un hijo único?”, se preguntaba Tony, con las manos en la cintura, mirando hacia el suelo.
“Cuando participé por el campeonato estatal fue el 10 de noviembre de 1958 en el municipio de Cosamaloapan, Veracruz, en ese entonces el pugil Jaime Trujillo, un muchacho con actitud de combate, aceptó pelear por el cinturón de peso pluma, una pelea que recuerdo cada round”.
“Fue en 10 ‘asaltos’, a golpes secos, aunque ya estaba empapado en sudor, no tuve miedo a perder porque sabía que si me arrebataban el triunfo, al menos no sería por noquearme sino por decisión unánime”.
Al final obtuvo la victoria. Empero, cuando su madre le pidió terminar de una vez por todas esa carrera deportiva, fue el 1 de junio de 1963 contra un otro adversario, Jimmy Velasco.
“Ese día le dije a mi madrecita que era la última pelea, ahora sí, la última noche en que la sangre y el sudor se combinarían en mi cuerpo y escucharía el último aplauso de la afición”.
Recordó que la pelea fue a 10 rounds, en su natal Orizaba. Una noche en que durante la pelea entregó todo su ser para complacer al público, pues señala que la gente es lo más importante.
“Colgué lo guantes con lágrimas, ya cuando el jurado decidió que gané por la destreza y el esfuerzo que realicé en el ring, muchos me preguntaron aquella noche: ¿Qué paso Tinoco? ¿A sus 26 años ya se retira así de fácil?”.
“No pude responderles, sólo agradecí a la gente que me acompañó durante 10 años en cada una de mis batallas y en cada derrota, porque pienso que se aprende más de las caídas que de los triunfos, ese año mi madre falleció, empecé a tomar, el alcoholismo se volvió parte de mi vida” charla con la voz cortada.
Después, al tratar de evitar el trago, se casó, y como no tenía más conocimientos que dar golpes, optó por regresar al entrenamiento pero dando su experiencia para quienes tiene la vocación del boxeo.
—¿Está arrepentido de algo?
—No, porque hice lo que quise en mi juventud, fui muy tranquilo, lo sigo siendo y, sobre todo, muy humilde. Eso es lo que deben tener los boxeadores más que amar las cosas materiales, tener sencillez y amor por la profesión.
—¿Usted ha cambiado?
—He tenido muchos cambios en mi vida, vencí al alcoholismo, pero debo enfrentarme con problemas familiares, aún sigo siendo la cabeza y el sostén del hogar, no sé hasta cuándo tenga suficientes fuerzas para seguir valiéndome por mí mismo.
—Esto es lo que más le gusta hacer, boxear…
—Cada quien elige la vida que hay que llevar, yo sólo pido paz y tranquilidad aunque aquí en el gimnasio no tenga tanta porque debo moverme para que los muchachos vean cómo lo hago y yo puedo estar con ellos cuando suban al ring.
Ya casi oscurece pero las lucen del gimnasio siguen resplandeciendo, se siguen escuchando lo fuertes golpes que “acomodan” los muchachos contra los costales, las peras continúan moviéndose, en el ambiente se siente un viento que parece venir del Pico de Orizaba, la montaña más alta de México.
“Si no se termina el mundo en este año, algún día podría estar escalando esa montaña enorme, parece ser que tiene los años y la experiencia suficiente como yo” dice entre risas mientras enseña un gancho al hígado.