ASEDIO EN UN OASIS MEXICANO, por Berenice Castillo

BERENICE CASTILLO (MÉXICO), estudió Letras en la Universidad de Guadalajara. La primera parte de su vida la pasó en un pueblo a la orilla del mar, el resto ha transcurrido en el ajetreo urbano. Fanática de conocer física o literariamente el mundo de los que la rodean, la buena compañía y la buena soledad. Es colaboradora de O2, suplemento cultural de La Gaceta, y autora de un puñado de cuentos.

 

 

 

 

ASEDIO EN UN OASIS MEXICANO


En Ajijic, un “pueblo mágico” a las orillas del lago de Chapala en México, la violencia gana terreno al remanso de paz que por décadas ha sido destino de miles de extranjeros en retiro, atraídos por el segundo mejor clima del mundo, la gente y la cultura.

Trabajo final de Berenice Castillo

 

 

El mundo del revés: Estados Unidos, el país con más inmigrantes y México, el país con más emigrantes, intercambian los papeles en un pueblo mexicano más bien anfibio, donde casi la mitad de su población es inmigrante y entre éstos se cuenta la mayor concentración de estadounidenses emigrados en una sola localidad: welcome to Ajijic.
I
El autobús está estacionado a un costado de la carretera que atraviesa el pueblo como una espina dorsal. De uno en uno, en parejas o pequeños grupos se aproximan y suben con el semblante de adolescentes emocionados, de colegiales a punto de una excitante y transgresora experiencia, desmentidos apenas por cabelleras canas que componen una paleta de tonalidades del blanco: plateado, rubio, castaño, cenizo. Encaramándose lenta y algunos difícilmente, titubean sobre la débil cadera hasta encontrar un punto de apoyo, hacen un paréntesis en su desplazamiento, suspenden las charlas ¬en inglés, francés, alemán y saludan en castellano: “hola, buenos días”. Entran en el autobús como al Arca de Noé y reanudan el hilo de la conversación esta mañana de domingo en Ajijic, a punto de viajar una hora en carretera al teatro Degollado en Guadalajara, la capital del estado y epicentro cultural del interior del país, donde cada viernes o domingo de la temporada apartan sus asientos para escuchar a la Orquesta Filarmónica de Jalisco.
—Si quieres saber cosas, “good things”, pregúntame a mí— dice Virginia entusiasta, antes de ocupar su lugar. Ella es una de los miles de extranjeros, en su mayoría estadounidenses pensionados que se han instalado en Ajijic, para disfrutar sus años de retiro, el pueblo más cosmopolita de los trece municipios que se ubican en la cuenca del lago de Chapala. Con puntualidad inglesa y gozo tropical el autobús se pone en marcha: traslada a cuestas casi 2 mil 600 años solemnes y vivarachos.

II
Tres meses atrás, en mayo, centenares de manifestantes mexicanos y extranjeros ocuparon la plaza del pueblo. Enarbolaban las banderas de México, Estados Unidos y Canadá, formando un contingente plurilingüe que exigía paz y seguridad pública para este magnético paraíso del retiro, que durante los últimos meses fue alcanzado por el tsunami de sangre que barre a punta de bala el país entero por una guerra, “contra el narcotráfico” dice el presidente, que se deshace de un hoyo cavando otro. Secuestros, robos, asesinatos, tiroteos, operativos policiales o militares se convirtieron de pronto en cosa de rutina; no obstante las alertas emitidas por sus embajadas, la mayoría no abandonó el que por años ha sido su hogar. Ahora todo está más tranquilo, dicen.

III
Tenía menos de 20 años, comenzaba la década de los 50, Virginia amaba la música y el baile. Conducía en auto hasta la escuela, la única forma de atravesar el hielo de Michigan por el que las llantas avanzaban con dificultad, patinándose. Detestaba el clima y lo soportó hasta concluir el “high school”, cuando hizo sus maletas y le dijo a su madre que se marchaba a donde hubiera sol. Llegó a Los Ángeles, California, donde vivía su hermano, buscó la sección de clasificados en un diario y se presentó como candidata a secretaria en el departamento de servicios exteriores. Unos días después recibía instrucción para instalarse en la embajada de Estados Unidos en Viena.
Virginia cruza las manos en las que relucen dos anillos: uno de ámbar que resalta como un cetro y otro de piedritas rojas como semillas de granada, aretes de perlas que parecen racimos y un brazalete grueso de nácar; los brazos sólidos como remos de madera contrastan con su delgadez, los ojos grises al fondo de los pómulos huesudos, pero hace juego con el conjunto de lino floreado, el chal de seda rojo y los labios del mismo color. Es fácil imaginarla de anfitriona en un salón, supervisando el servicio de té y galletas a sus invitados. Pero no, va en un autobús sin aire acondicionado, con los largos pies recogidos en el asiento del lado de la ventanilla donde pasan de largo las montañas recién llovidas.
—En Viena estuve dos felices años (recuerda y suspira): el Teatro Bolshói, la cuna de la música, del ballet… Entonces regresé a América. Porque no puedes pasar más de dos años fuera del país, en la embajada, trabajando en Foreign Services, tratan de evitar que uno eche raíces en otro lado y pierda su “American Way of Life”.
Vivió un par de años en Nueva York (habla de Brodway y suspira), en Berlín otro tanto y doce años en Arabia Saudita. Desde hace diecisiete años vive un idilio con México, disfruta del clima, de la gente, de un aeropuerto internacional a quince minutos, de Guadalajara, la segunda ciudad más grande de México a cincuenta kilómetros, de un pueblo al que no le sobra ni le falta nada: “I love it”, dice, y no hay forma de no creerle.
Una hora después los cuarenta excursionistas melómanos, convocados por la asociación ¡Viva la música!, creada en Ajijic por Rosemary Keeling, formarán un bloque de cabezas blancas en cuatro filas del teatro, moverán sus manos al compás del vals de Tchaikovsky y pensarán en una juventud lejana.

IV
Ajijic es un pueblo de calles empedradas, pendientes agotadoras y fachadas coloridas. El 70 por ciento de sus menos de 15 mil habitantes se dedica a alguna actividad comercial y más de 6 mil son extranjeros. Es la comunidad que concentra la mayor población de estadounidenses asentada fuera de su país. Un pueblo a la vez ancestral y moderno que pende de los hilos tensos de la economía internacional, donde cualquier incidente puede convertirse en asunto diplomático y que ocupa permanentemente un sitio en las agendas políticas y campañas electorales. Como en agosto del 2004, cuando George Prescott Bush, sobrino del entonces presidente y candidato a la relección en Estados Unidos por el Partido Republicano, y Diana Kerry, hermana del candidato Demócrata, visitaron a sus paisanos residentes en Chapala y Ajijic. Bush, por ejemplo, promovió el voto para su tío con la lucha antiterrorista, la guerra en Irak y la relación bilateral aunque, como señalaron los diarios, también fue increpado sobre la posible recaudación de impuestos, considerada injusta por los pensionados que viven en la ribera, uno de ellos incluso le dijo “recuerda, George, que en cincuenta años vivirás aquí”.
Aquí como en el resto del país, los dólares y euros adquieren más de diez veces su valor y el tiempo también rinde multiplicado: los extranjeros no esperan en el tráfico, ni en los restaurantes, ni en el mercado; su taza de café llega precedida siempre de “yes, Sr.”, de “thank you” y “you are welcome”. Llegaron hace más de un siglo y decidieron quedarse. Construyen sus casas pegadas como erizos a los cerros y así como las algas estiran sus raíces para alcanzar oxígeno, sus fincas alargan los cuellos de cemento acaparando alguna vista del lago. Porque este pueblo se asienta a las orillas del lago de Chapala, el más grande de México: un terreno acuático en eterna disputa política por ver quién se lleva el agua a dónde, cómo y a cuánto. El lago abastece de agua potable a los casi 5 millones de habitantes de la zona metropolitana de Guadalajara con 6 de cada 10 litros que consumen.
La fama le llegó con el visto bueno de Porfirio Díaz, el dictador que en 1900 veraneaba a orillas del lago con su séquito de sirvientes y familiares, incluida la orquesta de Guadalajara que enviaban ex profeso para entretener al general, y se inmortalizó gracias a D. H. Lawrence, el escritor inglés que recreó como nadie la magia de la región en su novela La serpiente emplumada, donde el lago se convierte en una especie de oasis físico y espiritual, imagen de encanto que no ha perdido.
Desde los colonizadores españoles que suplieron la sonoridad original del náhuatl Axixic por la cavernosa y peninsular jota, hasta el spanglish, código extraoficial y cotidiano, lo han moldeado manos y lenguas extrañas. Las palabras se duplican como en un laberinto de espejos, se lee en español y luego en inglés, se habla en inglés y luego en español o forman híbridos: bazar “Casi Nuevo Thrift Store”, “Gloriosa Hair Salon”, hotel “Estrellita’s Inn” o los cafés donde lo primero que uno escucha es “hello”, obligándonos a reafirmar o desmentir la patria del lenguaje.
Aquí hay extranjeros de todo el mundo y mexicanos de todo el país, dice Salvador, dueño de un restaurante. Nosotros llegamos de Michoacán hace dieciocho años; veníamos de visita y nos quedamos. El pueblo es hospitalario, llega gente de todo tipo, aunque antes venían personas más pudientes, ahora la mayoría son de clase media, se nota desde sus modales en la comida, asegura al remangarse la camisa de franela a cuadros, abriendo los ojos grandes color café y levantando el ceño. La caída de las Torres Gemelas en 2001 sacudió el pueblo, aquel día los americanos que estaban aquí interrumpieron su desayuno, se levantaron de las mesas, decían “Oh my God, oh my God”, estaban como locos, una mujer lloraba, las manos en la cabeza, “Why!” decían caminando de un lado a otro, se fueron de inmediato, olvidándose del café, del desayuno y la cuenta.
Con internet se comunican inmediatamente, si algo pasa, en una hora ya lo saben todos, dice Salvador, están organizados. Exacto, transitan en la vida pueblerina con parsimonia y aunque anden solos parecen compartir un sentido común, como las parvadas de golondrinas que cruzan el cielo perfectamente sincronizadas. Golondrinas que controlan los bienes raíces, el valor de la mano de obra, el decorado del paisaje, que aprueban o desaprueban la sazón de cada cocinero del pueblo. Su confortabilidad es el eje en torno al que gira la vida en un sitio que han adecuado para el sosiego, evitando a toda costa lo que se interponga en su descanso, incluyendo por supuesto el fuego cruzado en una guerra.
A principios del 2012, no era extraño ver el nombre de Ajijic entre los titulares de la nota roja. Hubo semanas que aparecían hasta tres muertos presuntamente relacionados con el narcotráfico, mientras los cables de las embajadas llegaban todos los días alertando a sus ciudadanos sobre la crisis de seguridad. El punto crítico llegó en la mañana del 9 de mayo, cuando a escasos kilómetros de distancia, en dos camionetas abandonadas a la orilla de la carretera, en el poblado vecino de Ixtlahuacán de los Membrillos, encontraron dieciocho cuerpos mutilados y torturados. Al menos tres de las víctimas eran del Ajijic, sin vínculos con el crimen organizado e igual que a las otras quince personas, las capturaron al azar. El terror se levantó como polvareda, los turistas huyeron, los residentes extranjeros consideraron tal posibilidad y a los nativos no les quedó otro remedio que hacer de tripas corazón.
Es agosto, el clima está caluroso y tenso, pese a que National Geographic lo considera el segundo mejor clima del mundo y los jubilados lo definen como el mejor lugar de retiro, si bien ha vuelto la hermana gemela de esa cosa rara llamada normalidad. Pocos son los que aceptan hablar de la violencia, no olvidan aunque elijan no recordar; prefieren salir a comer, a tomar un café, sentarse en las bancas de la plaza, pasear las mascotas despreocupados, pero temprano. Lo peor ya pasó, dice Salvador, ahora las cosas están más tranquilas.

V
Son las 10 de la mañana, Rafael llega con cajas de distintas frutas de temporada, se instala en la puerta de la Lake Chapala Society (con más de 3 mil miembros, es la más grande de las 40 sociedades y asociaciones que hay en Ajijic) como cada día de lunes a sábado en los últimos siete años, y comienza a distribuir los frutos en contenedores plásticos de un litro. Tiene 20 años y gestos de niño en hora de recreo, el bigote ralo que desentona con su gorra blanca ladeada, la camiseta blanca y el pantalón de mezclilla dos tallas más grandes que la suya. En su familia todos venden frutas y en invierno Rafael lo alterna con trabajos de mantenimiento en casas de extranjeros, aunque prefiere la autonomía que le da el comercio.
Casi todos los extranjeros son amables, pero demasiado exigentes, dice. Hace unos meses nadie podía recorrer las calles con seguridad, aunque con la presión de migrantes y nacionales la violencia disminuyó, llegaron a un trato: los vecinos pagarían cierta cantidad al gobierno local para tener más policías. Estaban asustados, no salían por miedo a que los “levantaran”, los negocios trabajaban a puerta cerrada.
Tenemos compañía. Rafael no se ha dado cuenta, alguien que pasaba advirtió sobre la conversación, dio aviso y una camioneta blanca se ha estacionado al cruzar la calle. Bajan los vidrios y aparecen tres rostros morenos, jóvenes. Dos de ellos encienden un cigarro y marcan su territorio con la sola presencia.
—A veces acabo todo lo que traigo para vender, a veces no— dice tímido, con la cabeza y voz bajas. Cuando sobra, camina por el pueblo intentando vender algo más y si todavía queda fruta la lleva a casa para conservarla en un cuarto refrigerado que instalaron con los ahorros familiares.
A las cinco de la mañana Rafael salió de su pueblo Jocotepec, comunidad a 17 kilómetros de Ajijic, y viajó al mercado de abastos de Guadalajara a comprar cerezas importadas de Chile; los higos y moras azules son producción regional.
—Oh my God, cherries, blueberries!— exclama la mujer sesentona de piernas gruesas como ahuehuetes y voz aguda.
—Yes—responde Rafael apenas audible —, amarillas y rojas.
—Cuánto cuesta.
—Fifty pesos.
—Oh! Mucho caro. ¿Seventy pesos por dos?— lanza el anzuelo de su oferta, mientras acaricia con la mirada suplicante y astuta los dos recipientes con cerezas frescas.
Rafael suelta una sonrisilla, quizá piensa “ya se estaba tardando” y le dice “no, setenta no; ninety”.
—Oh— suspira ella, con tono de abuela decepcionada —Well, give me uno— dice al levantar su dedo índice y sacar el billete rosa plastificado de cincuenta pesos con el rostro de Benito Juárez, el Benemérito de las Américas, el reformador de la patria que aparece enmarcando la figura del presidente en turno cuando da sus mensajes televisados desde Los Pinos.
—Ok. Bueno, ochenta, eighty pesos— dice Rafael, resignado de negociar el trato.
Un brillo de triunfo cruza los ojos de ella y le dice “Ok, eighty pesos es bien”, entrega el billete y un puñado de monedas que no se detiene a contar, apenas dice “bye”, toma sus “cherries” y se aleja.
Volteo disimuladamente y encuentro la mirada imperturbable de los chicos que siguen fumando. Intimidantes, se permiten leves sonrisillas irónicas. Pienso en la historia de postal paradisiaca, pero hoy en Ajijic la paz puede esperar. La conversación acaba, debemos guardar silencio.
Rafael toma las monedas, comienza a contar y sin descifrar una cantidad exacta las arroja en la bolsa del pantalón. “¿Cuánto te pagó?”, le pregunto. “No sé”, dice Rafael contemplando las moras azules y las cerezas y los higos, “como setenta y tantos”.