SWINGER POR ERROR. Por Pierina Paoloni

PIERINA PAOLONI. Nació en Posadas, Argentina. Estudió Comunicación en la Universidad Nacional de La Plata, eligiendo el oficio de periodista. En México ha escrito en revistas como Fernanda, BBmundo, Deep, Balance, Marie Claire y Complot. También incursionó en el periodismo online como Editora General de Mundo52.com, del periódico El Economista.

SWINGER POR ERROR

Aunque el hotel Temptation de Los Cabos, México, se presenta como una alternativa dentro del turismo para adultos, es en realidad, durante algunas semanas, punto de encuentro obligado para el intercambio de parejas. Relato de una turista equivocada que disfrutó de ver, vivir y de contarla.

Trabajo final de Pierina Paolini

Aunque el hotel Temptation de Los Cabos, México, se presenta como una alternativa dentro del turismo para adultos, es en realidad, durante algunas semanas, punto de encuentro obligado para el intercambio de parejas. Relato de una turista equivocada que disfrutó de ver, vivir y de contarla.

Un desfile de cuerpos y sexos: hombres flacos y con pellejos colgando, gordas rubicundas y orgullosas de sus carnes, mujeres de senos operados y altivos, barrigas con signos evidentes de liposucción, otras con pechos caídos y arrugados como si hubieran amamantado a 14 críos sedientos; miembros circuncidados, la mayoría, y unos pocos “encapuchados”; depilación total superando ampliamente la elección de los montes de venus naturalmente poblados, labios carnosos y encubridores vs. clítoris saltones, testículos brillantes de color rosa-chicle, escrotos oscuros y arrugados , y alguna que otra nalga perfecta, sobresaliendo del montón de culos caídos víctimas de la gravedad y la celulitis. Un hombre tamborileándose los huevos mientras habla por celular. Otro, tomando una siesta, en posición de cubito, al que se le asoman los testículos aprisionados entre las piernas –¿No le dolerá?, me pregunto–. Una mujer recargada en el borde de la piscina, con su pareja detrás, iniciando la cada vez más evidente y rítmica danza del sexo.

Esto es lo que logro ver desde mi camastro, al borde de la alberca, mientras decido que ya va siendo hora de quitarme el bra del biquini. Es mi primer día en el hotel y esta prenda marca la delgada línea entre ser una pasiva observadora o empezar a formar parte del entorno.

El hallazgo

“Cualquier tipo de encuentro sexual está prohibido en la alberca, playas y áreas generales”, reza una de las reglas del hotel. Sin embargo, este paradisíaco resort de Los Cabos, en México, parece hecho para romper reglas.

Escogimos este hotel, seducidos por la propuesta de un all inclusive en el que no habría niños gritones alrededor. El resort forma parte de una nueva tendencia turística, que bajo la categoría de hoteles para adultos ofrecen amenidades de alto nivel, comida y bebida libre, y diversión acorde al tipo de huéspedes. Muchos de ellos incluyen también la leyenda de “ropa optativa” o “topless”. Hasta aquí la información de catálogo. Pero lo significativo, lo importante, inicia con otro tipo de datos a los que uno puede acceder una vez dentro del hotel. Ver a un mujer practicando una fellatio a su pareja en el jacuzzi público, o presenciar un concurso de shots (bebidas cortas de alto contenido alcohólico) al borde de la alberca –donde el chiste consiste en sorber el liquido que se desliza por el cuerpo del acompañante, o de otro huésped en muchos casos– son algunas de las prácticas habituales que convierten en letra muerta el conjunto de reglas que te entregan al llegar al lobby.

Bajo el nombre de “Semana Desire”, estas fechas son especiales dentro del ritmo habitual del complejo hotelero, normalmente dedicado a recibir a jóvenes solteros en busca de ligue, o parejas que quieren una escapada romántica, deseosas de motivación y suficiente libertad para disfrutarlo. En dichas semanas –cuatro a seis al año– sólo se reciben reservaciones de parejas heterosexuales. El promedio de edad, que normalmente oscila entre los 30 y 40, se eleva considerablemente para acoger a matrimonios de 60 y más que ya han subido la apuesta respecto a lo que están dispuestos a ofrecer a cambio de mantener encendido el fuego de la pasión en su pareja. Esto es, el intercambio, la práctica swinger. No es que no haya jóvenes, pero son –somos– los menos. Poco a poco caemos en la cuenta de que hemos llegado al lugar indicado, mas no en el momento correcto.

Los Cabos, paraíso turístico

Ya en los dorados años 50, Los Cabos era el secreto mejor guardado de algunas estrellas de Hollywood. Artistas de la talla de Bing Crosby, Jean Harlow y John Wayne llegaban a este paraje a bordo de aviones privados, la única manera de acceder al lugar en esos tiempos.

El destino turístico abarca los poblados de San José del Cabo y Cabo San Lucas, y el corredor de 33 km. de playas de arena blanca, mar azul e imponente desierto que los conecta. Además de su cercanía con la frontera norte, posee un clima insuperable –sol 360 días al año y una temperatura media de 24°C– atracciones como pesca deportiva, golf de clase mundial, actividades acuáticas y de aventura, hoteles de lujo y spas, que resultan irresistibles para los vecinos de Estados Unidos y Canadá. De allí proviene el 75 % del turismo de este destino – que tiene un ingreso anual de dos mil millones de dólares, que representan el 20% del total de lo que ingresa al país en el sector turístico –un 20% de Europa y el resto es mercado nacional.

Tal como sucedía en los cincuenta, su cercanía con la meca del cine –dos horas de vuelo desde Los Angeles –sigue conquistando preferencias entre los famosos, siendo la escapada favorita de celebridades como Gwyneth Paltrow –quien escogió a Los Cabos como destino para su luna de miel– George Clooney, Jennifer Aniston, o Will Smith, quienes se hospedan en lujosos hoteles como el Esperanza-An Auberge Resort, One&Only Palmilla, Las Ventanas al Paraíso -A Rosewood Resort o exclusivas villas privadas.

El Hallazgo

Lejos de la exclusividad de las estrellas de Hollywood, platico con una huésped mexicana que acabamos de conocer. “Entonces, ¿no están en la página?”, pregunta Sandra desde la cama de al lado. Son cerca de las dos de la tarde y la actividad en la alberca está en su apogeo. Hombres y mujeres con promedio de edad de 50 años, la mayoría completamente desnudos, platican animadamente en grupos en torno a la barra dispuesta para dar servicio a la piscina.

“Esa vieja se la trae con mi esposo”, dice Sandra al ver pasar a una rubia, americana y cuarentona. “Desde ayer, que se metió al playroom –un área adjunta a la disco en la que está permitido algo más que caricias– quiere con él. Pero a mi no me gustó, así que no hay trato”, nos cuenta, dejándonos entrever que los acuerdos entre la pareja son fundamentales a la hora de compartir la intimidad con otros. Entonces llega Carlos –el esposo– y se incorpora a la charla. Sandra se despide para ir al baño y como por arte de magia aparece Marnie, la rubia, americana y cuarentona. Se sienta en la orilla de nuestra sun bed y pregunta de qué estamos hablando. Carlos nos cuenta que es fotógrafo y que también se dedica a dar masajes en su propio spa. Saca un iPhone para mostrarnos su trabajo. “Me gusta la fotografía erótica, pero muy cuidada”. Las imágenes se suceden por la pequeña pantalla del aparato. Parejas abrazadas, mujeres sutilmente envueltas en telas, vestidas con redes y lencería erótica, espaldas, pechos, piernas, cuerpos tallados por la media luz. Terminamos con las fotos y Carlos regresa a la cama contigua. Se quita la playera y los shorts. “Estoy demasiado vestido para la ocasión”, explica. Su desnudez llama la atención de Marnie. “That’s pretty”, la escucho decir con un tonito que casi parece un canto. Se acerca a él y lo besa en la boca, baja su mano hasta el pene y lo acaricia hasta que reacciona. “¿Puedo tomarte una foto?” le pregunta. Él se ríe y asiente. Marnie, armada de su cámara, busca las mejores tomas de Carlos. Toma tres, cuatro fotos y la guarda. “Me gustas. Si ayer hubiera tenido un condón a la mano no te me hubieras escapado”, le advierte con una sonrisa seductora, antes de despedirse con un “See you later” que suena a amenaza.

Los swingers

La página a la que se refería Sandra es SDC (Swingers Date Club), un sitio que se denomina a si mismo como “la mayor comunidad internacional de swingers” – más de dos millones de parejas, según acusan en su web–. Y la pregunta “¿Están en la página?” parecía ser una especie de salvoconducto para saber si somos o no swingers.

Cuando te sabes equivocado, es difícil hacer demasiadas preguntas. Corres el riesgo de sonar prejuicioso y ofender a tus interlocutores. Pero con Carlos y Sandra –y después de vernos encuerados por cuatro días seguidos–hemos podido atravesar esas barreras. Son de nuestra edad y parecen empeñados en evangelizarnos respecto al dogma swinger. Les gustamos. Nos gusta gustarles, aunque por el momento somos demasiado cobardes para reconocerlo. Después de hablar largo rato acerca de cicatrices de cesáreas, de cirugías y tratamientos post-maternidad – el cuerpo es el protagonista en este lugar y la mayoría de las pláticas que entablemos con otros huéspedes girarán en torno a este tema– me animo a preguntarle a Sandra sobre su acercamiento al mundo swinger.

Ella me cuenta que empezaron con el intercambio de parejas hace tres años, y aunque fue idea de él y ella aceptó un poco renuente, hoy reconoce que le encanta. Después de buscar y buscar a través de internet, se citaron en un bar con quienes serían los responsables de darles la bienvenida al mundo swinger. Al llegar al encuentro, Sandra se dio cuenta de que la mujer en cuestión era nada menos que su ejecutiva del banco. En una ciudad pequeña, las posibilidades de toparse con conocidos son elevadas. Por ello, para conservar el anonimato, Carlos y Sandra asumen su faceta swinger como una práctica exclusiva de vacaciones. Ya han visitado este hotel un par de veces, al igual que otro de la misma cadena localizado en Cancún.

El turismo swinger es una de las atracciones que encuentran las parejas para experimentar el intercambio con garantía de anonimato, y también para encontrar ambientes especialmente diseñados para departir y compartir sin necesidad de explicaciones. Cruceros por el mediterráneo, viajes de esquí a Salzburgo, estadías en resorts 5 estrellas en Cancún o Los Cabos, México, son algunas de las opciones que se ofertan.

Según el periodista Terry Gould quien describe este fenómeno en su libro “The Lifestyle, a look at erotic rites of swingers”, es un movimiento con millones de adeptos en todo el mundo -aunque no hay estadísticas ni números certeros respecto a ellos- en el que participan parejas con estilos de vida que podrían ser considerados conservadores en otros aspectos de su vida: según sus investigaciones, una tercera parte de los swingers tienen estudios de postgrado, casi un tercio son republicanos, y un 40 por ciento son católicos, judíos y protestantes. Además, mueven una industria turística de millones de dólares en las que están incluidos una docena de hoteles en México y el Caribe.
La relación entre turismo y sexo ha sido materia de sesudos estudios sociológicos en los últimos años, en los cuales se advierte que al viajar se logra un ambiente alejado de las restricciones del hogar, que reduce las inhibiciones y provee mayores oportunidades para el sexo. El turismo puede convertirse, en este contexto, en un facilitador de experiencias que pueden ir desde la cara más siniestra del turismo sexual puro y duro – que promueve prácticas nefastas como la prostitución, explotación sexual y la pederastia– al turismo romántico y/o erótico, destinado a parejas fijas, swingers, y solteros en busca de sexo.

Noche cómplice

Cae el sol sobre el azul perfecto del mar de Cortes y las parejas empiezan a salir de la alberca para trasladarse al jacuzzi. Obedientes, seguimos a las masas atraídas como moscas por la barra abierta, la música lounge y la hora azul, cómplices en la desinhibición.

Desde un extremo del jacuzzi, sorbiendo un mojito, observo a Marie, una rubia y rubicunda gringa de poco más de 50, que se arrodilla frente a su esposo –mientras él se toma un whisky y platica con otro huésped frente a barra– y le agarra el pene para succionarlo. El hombre sonríe, le acaricia la melena, y regresa la mirada a su interlocutor. La escena me hace pensar en la imagen de una niña, cuyo padre está demasiado entretenido con el futbol, y le regala unos pocos segundos de su atención para celebrarle alguna “gracia”. Marie le da dos, tres, cuatro chupadas y lo suelta. Se voltea y encuentra a una pareja acariciándose. Pide permiso y agarra el miembro prestado. Succiona unas cuantas veces y lo suelta. Sigue con la mujer. Le agarra los senos, enormes como cabezas de infantes, y se zambulle en ellos. El hombre -con dientes de conejo y candoroso tatuaje de Bugs Bunny haciendo juego en la espalda- aprovecha para agarrarle las nalgas y frotarlas en su entrepierna. Un tercer integrante se forma en la fila. Marie, lo atiende gustosa. Una vez más, tres, cuatro, hasta cinco veces succiona antes de pasar al siguiente. Ahora se trata de su marido, a quien ya consiguió atraer a la fiesta. El susodicho, un hombrón de casi dos metros, cabeza al rape, tatuajes en los brazos y aspecto de marine, se incorpora a la tertulia requiriendo sus servicios. Las dos parejas intercambian caricias, platican, se tocan, siguen platicado. Segundos después la reunión se disuelve con la misma espontaneidad con la que empezó. Cada quien, trago en mano, da su opinión acerca de la fiesta temática que se llevará a cabo en la noche.

Desde mi rincón, reconozco que ha habido escenas a lo largo de este viaje que han conseguido elevar la temperatura en nuestro cuarto –es como asistir a un show porno de 24 horas en el que es imposible no sentirte motivado–, pero esta dinámica de degustación de miembros –así, una probadita de cada una nada más– me dejan desconcertada.

Después de una cena de magret de pato y sake caliente en el lujoso restaurant oriental del hotel, regresamos a la habitación para disfrazarnos para la fiesta. “Sexy lingerie” es el código de etiqueta para esa noche. Me obligo a enfundarme en un baby doll negro, medias de red y tacones pin up, mientras apruebo el divertido disfraz de mi marido: unos boxers que simulan ser un esmoquin, con todo y moño. Salimos al ruedo y nos encontramos con que la fiesta ya ha comenzado. Sobre la pista, montada para la ocasión, hay una camilla de masajes y sobre ésta un huésped, joven y atractivo, que se ha ofrecido para formar parte del espectáculo. Bajo las órdenes del animador, se deja untar con salsa de chocolate y crema batida. Una señora de 70 años, con lentes de abuelita y embutida en lencería de encaje negro, salta solícita entre el público para degustar “el postre”. Pide el bote de crema batida y la riega generosamente en los genitales, antes de limpiar el área con la lengua. El público ruge entre carcajadas nerviosas, aplausos y chiflidos de aprobación. Después asistimos a un show de “pole dance” en el que participa una pareja de jóvenes y expertos bailarines exóticos Terminado el espectáculo, la gente se traslada a la tercera parada de la noche: la disco.

Entre mesas tipo lounge, sobresale la pista de cristal blanco iluminado. La música de reggaetón pone ambiente para los bailes sexys y desenfrenados de los asistentes. Es hora de mostrar piel y habilidades. Aunque la verdadera acción parece estar en el cuarto anexo, el play-room, del que ya nos han hablado. Se trata de un estrecho salón casi completamente a oscuras, con dos hileras interminables de camas de piel a cada lado del recinto, adornadas con negras cortinas translucidas. Le pedí a mi marido que me acompañara porque no quería dejar de conocerlo, pero tras pocos segundos de haber entrado, después de acostumbrar los ojos a la escasa luz y comprobar que no sucede nada que no ocurra afuera, nos gana la cobardía y salimos del lugar. Afuera algunas parejas todavía se esfuerzan en sobresalir de entre el montón, arriesgando pasos y poses cada vez más sensuales sobre el cristal blanco. Muchos parten rumbo al jacuzzi, donde se prolonga el convivio hasta la madrugada.

Estamos en el último tramo de la noche, en nuestra última noche en el paraíso swinger. Me quito el baby doll, las medias, todo, y entro en el jacuzzi. Mi marido hace lo propio. Se acerca a hablarnos una de las pocas parejas de mexicanos que se hospedan en el hotel. Son de Guadalajara, tienen 50 años y 25 de casados. Confiesan que le entraron al swinger para buscar nuevas motivaciones después de tantos años juntos. En el rostro de ella leo resignación. En el de él, la valentía de encararnos. “Vámonos allá arriba –dice señalando las camas redondas que se encuentran rodeando el jacuzzi y donde se ve a varias parejas en plena acción–. No hace falta que nos toquemos, nomás nos miramos”, propone él como último recurso. Mala suerte para nuestro amigo tapatío: “Neel, gordo –oigo responder a mi marido– estás loco”. Después de unos minutos de charla incómoda, desisten y se van. Ya quedan pocas parejas dentro del agua, y las que habitaban las camas comienzan a irse. Nos vamos quedando solos, arrullados por la música, el agua caliente y las burbujas. Nos miramos, cómplices, y damos paso a la única y pequeña fantasía que estamos dispuestos a ofrendarnos, hacer el amor en un sitio público, con algunas, pocas, miradas atentas sobre nosotros. Dejamos atrás el jacuzzi y en el camino al cuarto nos detenemos a observar la cereza del pastel: sobre una de las sun beds que rodean la alberca vemos una maraña humana de cuerpos y extremidades de irreconocible procedencia, que se entretiene brindándose los últimos escarceos de la noche. Satisfechos y divertidos, nos reímos al reconocer nuestra actitud naif ante semejante espectáculo y seguimos camino al cuarto. Mañana volveremos a casa, a la rutina, a los niños gritones, sabiendo que, por el momento, nos sobra inocencia y nos faltan urgencias para ser seducidos por el mundo swinger.