LA TÍA DE LOS NIÑOS DE COLO COLO. Por Pablo Douzet

PABLO DOUZET (CHILE), titulado en la Universidad Diego Portales, es periodista del suplemento dominical “Reportajes” del diario “Las Últimas Noticias” de Chile. Allí redacta crónicas, temas y entrevistas de política, deportes, espectáculos, tecnología y tendencias. También escribe para el suplemento femenino “M” del mismo diario. Es coautor del libro “Huérfanos y perdidos: el cine chileno de la transición” junto a los periodistas Ascanio Cavallo y Cecilia Rodríguez.

 

 

EL TÍA DE LOS NIÑOS DE COLO COLO

Durante 15 años, Adriana Hidalgo encabezó una dinastía de dueñas de casa que entregó mucho más que una cama y un plato de comida a los niños que soñaban con llegar algún día al primer equipo de Colo Colo, el club chileno de fútbol con más copas en su museo. Varios no lo lograron y, para ella, eso es un dolor de madre que no se olvida.

Trabajo final de Pablo Douzet

 

 

“Tía, ya están llorando de nuevo estos maricones”, grita con burla el aspirante a futbolista Luis González. En sus piezas, Matías Fernández y Francisco Silva tienen 12 años, están durmiendo en una casa ajena y chillan como magdalenas. Sueñan con ser héroes del fútbol algún día, pero ahora sólo quieren a sus mamás. Esta noche y todas las noches de su adolescencia, lo más parecido a eso será la tía Adriana Hidalgo, la dueña de la pensión que les arrienda Colo Colo para que vivan. Todo este 1998 ella los ha escuchado llorar muchas veces desde su pieza y siempre se le parte el alma. El drama es igual: empieza “Matigol” y lo sigue el “Gato”, quien 10 años más tarde será un choro de cabeza rapada que no dejará pasar a nadie sin rasparlo por el mediocampo de Universidad Católica.

La historia de todas estas estrellas y los que nunca llegaron a serlas es inevitablemente también la de la tía Adriana. La mujer ya tiene 64 años, una voz baja, amable, y mira con nostalgia a través de sus ojos verdes llenos de transparencia. Lleva puesto un delantal de dueña de casa sobre su cuerpo de señora corpulenta, se mueve con la tranquilidad que le da su actual pasar y mira siempre fijo para contar todos sus recuerdos. Sigue viviendo en la misma casa que habita desde 1977 en la Villa Santa Elena, un paño habitacional típico de clase media santiaguina ubicado en la populosa comuna de Macul, en pleno barrio colocolino de Pedrero. Su particularidad: está cercada desde el oriente por el Estadio Monumental de Colo Colo, en breve, el club chileno con más títulos nacionales (29) e internacionales (tres), que ya suma 86 años de vida. La Copa Libertadores es su eterno orgullo: nadie más en Chile la tiene; recién el año pasado Universidad de Chile, su más feroz rival en popularidad, dueño de 15 títulos nacionales, se quedó con la Copa Sudamericana y desató toda una polémica sobre la equivalencia del logro. Por el norte, la villa limita con el Campus San Joaquín de la Universidad Católica. A la tía Adriana le gusta el fútbol. Su papá era colocolino y juntos escuchaban los partidos por la radio. Él le explicaba qué eran el tiro libre, el penal y la para muchas mujeres incomprensible regla del offside.
Pero la señora Adriana no es de Colo Colo: a ella le gusta la Católica.
En el refrigerador tiene pegada la insignia del club que ama y los niños, sus niños, cuando le ganen a la UC, van a entrar haciéndole burla.

-Ahí quedó su Católica, tía.

Cuando llegó a la villa junto a su esposo, Leonelo Jiménez, y sus dos hijos, Leonelo y Cristian, en ese entonces, de 6 y 7 años, respectivamente, la señora Adriana era dueña de casa y su marido trabajaba como empleado en el Banco Central. Al retirarse, él puso un negocio de pollos asados, pero no le fue bien. Por suerte, había invertido algo de su dinero en construir tres piezas en la parte de atrás de la casa para arrendárselas a los universitarios, que está a un par de cuadras. Pero la cosa no resultó en la residencia de la calle Max Jara II: la ampliación la terminaron cuando ya habían empezado las clases, así que todos los alumnos tenían alojamiento. La tía Adriana, con sus dos hijos en la universidad, sabía que había que hacer algo.

-Oye, Adrianita, ¿por qué no vas al Colo Colo? -le dijo su vecina María Cortés, que ya tenía niños del club viviendo con ella.
-Es que una de repente a los hijos les dice “anda a servirte un té” y tienen que ir, nomás. Con los niños ajenos es diferente –planteó sus dudas.

Su amiga María no esperó más y partió a hablar con Elba Santibáñez, la asistente social del club, quien pronto visitó a la tía Adriana. Le gustó que sólo tuviese hijos hombres: no habría tentaciones femeninas. Esa visita fue a principios de marzo de 1989, cuando Chile estaba en plena campaña presidencial, volviendo a la democracia después de 17 años de la dictadura de Augusto Pinochet y con ganas de renacer por todos lados. 60 días después le enviaron a los primeros dos: Manuel Villalobos y Víctor Tuninetti, ambos de 13 años. “Villagol”, quien jugó en la Universidad de Chile y hoy está en Huachipato, fue el gran primer dolor de cabeza de la señora Adriana: su capacidad de molestar no tenía límite.

CAMAS, COMIDA Y GUARDIA PRETORIANA
Frank Lobos, que no es más que un enano del mediocampo, pero con un guante en el pie, entra como un rayo y le quita la botella de las manos al grueso Francisco Águila, el anfitrión. Éste, un simple escolar, no ha pensado en invitarlo a su fiesta. El “Chico” Lobos agarra la Coca Cola, que en realidad tiene pisco Capel de 30 grados con bebida, se zampa un trago largo y se la pasa a Manuel Neira. “Manolete” mira a todos con su clásica cara de prepotencia y repite la gracia. En un año más, los dos serán ídolos de la sub 17 de Chile que se coronará tercera en el recordado Mundial de Japón, pero en esta época, 1992, son sólo dos jóvenes promesas que viven en las pensiones de las familias Salazar y Soto, respectivamente, en la Santa Elena. De a poco se están haciendo conocidos entrenando con el primer equipo, pero en la villa ya se creen figuras.

La de la tía Adriana fue una de las seis pensiones colocolinas en los 90 y 2000. Hasta ese momento, el club apostó por señoras de mediana edad que quisieran abrir sus casas a los niños que venían de regiones o de comunas alejadas y que podían ser estrellas. Al poco tiempo, la de Adriana Hidalgo se empezó a destacar como una de las mejores y le mandaron más peloteros. En su mejor momento, a los cuatro años de establecerse, llegó a tener a diez viviendo en su casa. También había algunos que sólo iban a almorzar: Cristóbal Jorquera (hoy en Génova), Fabián Orellana (Celta de Vigo), Braulio Leal (Unión Española) y Felipe Muñoz (Cobreloa) disfrutaban allí comida casera, como pastel de choclo y cazuelas felices de la vida. Luego también se transformó en un lugar de concentración los sábados por la noche. El tema entonces era uno solo: frenar los escándalos.

-El que quiera ponerse tontito, que asuma. Si no, avisamos en el estadio al tiro, nomás –les advertía.
-No, tía, cómo se le ocurre –le respondía Luis González, el burlón venido de Rancagua, a quien apodaban “Tunga”, como a Aníbal, un antiguo goleador de sus mismas tierras.

Después de comer a las 8 de la tarde, los niños tenían que estar en sus piezas a las 9. Otra cosa era que apagaran el televisor. Ella tenía que mirar desde la ventana de su dormitorio y levantarse si era necesario. Al otro día, los más grandes entrenaban a las 9 de la mañana e iban al colegio en la tarde. Los más chicos, al revés. Las tres piezas con muros de ladrillos y dos camarotes cada una estaban pintadas y ordenadas con cariño y esmero. Los niños vivían cómodos. Pegaban en las paredes sus pósters de Jesús, su ídolo, el puntero Patricio Yáñez, modelos ucranianas de relojes de lujo y fotos de ellos mismos en la escuela de fútbol con el eclecticismo del arte del Carracci. A medida que se volvían conocidos, juntaban peluches, dibujos y cartas autografiadas en sus camas de una plaza.
El negocio en sus inicios era así: Colo Colo le pagaba a la tía Adriana 140.000 pesos mensuales por niño (casi 300 dólares). Cuando terminó su relación, en 2008, el precio había subido a 210 mil pesos (algo más de 400 dólares) por jugador al mes. Ella tenía cinco o seis niños en promedio. Claro que nunca hubo un contrato entre Adriana Hidalgo y Colo Colo. Se trataba de algo conversado con la asistente social, pero para ella esto era más fuerte que las tablas de la Ley: tenía que vigilar que fueran al colegio, que hicieran las tareas y hasta contestarles el teléfono cuando las pololitas los acosaban. Otra de sus grandes batallas era que sus niños no se fueran a jugar a la pelota a la multicancha de la villa con los vecinos.
Si alguno se lesionaba, ahí sí que todo se iba al diablo.
Generalmente no tenía problemas, pero había una fecha en que no podía controlarlos: durante la Fiesta de la Primavera de la villa. Allí sus instintos de pichangueros de barrio eran más fuertes.

-Oye, venís todo traspirado –le largó la tía Adriana a Miguel Aceval.
-No, tía, si me vine corriendo –trató de avivarse el defensor apodado “Cabeza de Tele”, el mismo que con su penal le iba a dar años después su estrella 24 a Colo Colo en una definición inolvidable contra la Universidad de Chile, su más terrible rival.
-Van a tener problemas en el club si saben que están jugando –amenazó la mujer.

 

MATIGOL, EL HIJO PRÓDIGO ENFERMO POR LAS VIENESAS

Matías Fernández, la última eterna promesa del fútbol chileno, cumplió los 12 años en la casa de la tía Adriana en 1998. En sus noches de llanto, ella lo consolaba y le decía que se fuera a La Calera, su pueblo natal, y que volviera más grande. La señora Adriana fue muy maternal con él. Era un niño que necesitaba que le dieran cariño. Ella es clara: a Matías lo considera como su tercer hijo. Esto estaba escrito: uno de los últimos dueños de la magia alba había nacido el 15 de mayo, el mismo día que su hijo sanguíneo Cristian.
Pese a que “Matigol” es alguien que públicamente eligió no ser, con la tía Adriana fue diferente: le contaba sus cosas más íntimas, hasta sus pololeos. Llegaba del entrenamiento, le daba un beso e incluso le pasaba la lengua por la cara. Leonelo, el hijo mayor de la tía Adriana, fue como su hermano. Los fines de semana que podía, Matías viajaba a La Calera a ver a su mamá, que tenía un bazar. Su mochila volvía llena de chocolates y calugas. La tía Adriana pillaba los envoltorios en el papelero de la pieza. De todas formas, no era mañoso, aunque tenía sus fijaciones. Le gustaba mucho el pollo con puré.
Pero había algo que lo volvía loco: las vienesas.

Matías entra apurado a la fiambrería y pide un paquete de salchichas San Jorge. Se va a la casa, con la fatiga pateándole el estómago después del entrenamiento. Abre la reja con la energía de un gladiador, resucitado ante la inminencia de su goce.

-Tía, prepáremelo. Prepáremelo entero -le dice a la señora Adriana.
-Cómo te van a gustar tanto estas cuestiones -le contesta ella, mientras prende el gas de la cocina.

A los diez minutos, se las está comiendo una por una, sin pan, a lo más con un tenedor.

Matías debutó con el primer equipo a los 17 años. Pronto empezaron a ir muchas chiquillas a tirarle fotos a la puerta de la pensión, aunque él no les daba más minutos que a los periodistas: cero. Cuando comenzó a recibir un sueldo su objetivo fue ayudar a su mamá. Para él sólo se compró un televisor y un equipo de música. El resto de su vida era ir de paseo al mall, primero al Plaza Vespucio y luego al Florida Center, dos estandartes del consumismo de la pujante clase media de esta época. Le gustaba jugar bowling. También iba al cine, pero más que todo, a echar la siesta. Su pieza era un eterno desorden: el signo de Tauro, el 15 de mayo que se le repetía a la tía Adriana.
Viviendo donde su madre sustituta Matías alcanzó a ser un jugador conocido por casi dos años, hasta que cumplió 19 y su representante lo reubicó en un departamento cercano al estadio. Pero en la pensión de la tía Adriana era feliz: gozaba en la mesa de ping pong que había en el patio, con campeonatos que sólo fueron opacados cuando Andrés Meneses y Boris Ortega llevaron sus PlayStation y las instalaron en las piezas.
Pero todo este mundo casi mágico se vino abajo el 28 de enero de 2002, cuando Colo Colo quebró por permanentes malos manejos económicos durante los 90. La única ayuda monetaria para los jugadores fue la de Hugo Villanueva, un dirigente de la época, quien puso plata de su bolsillo para que los jóvenes pudieran comer. Pero no era suficiente. En ese tiempo, la tía Adriana muchas veces tuvo que darles los 4 mil pesos semanales que antes les pasaba el club para la locomoción. Comían tallarines casi todos los días, al almuerzo y a la comida.
Y cuando los niños se enfermaban había que llevarlos a la Posta con los recursos de la única mamá que tenían al lado en ese momento.

 

¿A QUÉ PLANETA TE FUISTE, “TUNGA”?
La concesionaria Blanco y Negro S.A. (ByN) tomó el control de Colo Colo en junio de 2005. Se trata de una sociedad anónima abierta que desde agosto de 2010 tiene como principal accionista individual, con una participación de un 24,5%, a Hernán Levy, consuegro del Presidente de la República, Sebastián Piñera, quien anteriormente también fue propietario del club. El arribo de Levy abrió una pequeña tregua en una polémica feroz: él le compró sus títulos a Gabriel Ruiz-Tagle, ex presidente albo, que se fue como Subsecretario de Deportes de Piñera, pero que en un principio se negó a vender sus acciones. Piñera, por su parte, recién se alejó de la propiedad del club unos meses antes de la renuncia de Marcelo Bielsa a la banca de la selección chilena. En febrero de 2011, el técnico no quiso seguir luego de que el entonces presidente de la ANFP, Harold Mayne-Nicholls, perdiera la elección tras una campaña liderada por Colo Colo y Universidad de Chile. Justa o injustamente, la ciudadanía -que llegó a idolatrar a Bielsa-, igual le pasó la cuenta a Piñera y sus ex colaboradores colocolinos en los sondeos de opinión: su aprobación bajó del 63% al 50%. El impacto positivo del rescate de los 33 mineros en el yacimiento San José del desierto de Atacama se fue al suelo en cosa de meses.
En uno de sus proyectos más publicitados, ByN inauguró en 2008 la Casa Alba. Esto fue el fin para las pensiones de la Villa Santa Elena. Con 1.156 metros cuadrados, 16 habitaciones, salas de entretención, estudios, lectura, computación y conferencias, Colo Colo soñaba con estar creando aquí su pequeña La Masía o un Milanello criollo, donde sólo habría espacio para los 64 mejores cadetes. Entonces Adriana Hidalgo, Ximena Delgado y Juana Cruz, las tres últimas sobrevivientes de la dinastía de las tías de las pensiones, fueron citadas a una reunión con ByN. La tía Adriana, que llevaba 15 años trabajando con la institución, ya olía lo que venía, pero nunca lo imaginó así.
Ese día les dijeron que ya no seguirían contando con sus servicios y les regalaron un oso con el uniforme de Colo Colo. Eso fue todo.
Hoy la realidad es ésta: diez jugadores de la Casa Alba están integrados en una lista amplia (32 jugadores) del primer equipo entregada al comienzo del torneo nacional. En ella, sólo los defensas Bruno Romo y Manuel Bravo pelean la titularidad, seguidos en menor medida por el mediocampista Rafael Caroca.
Además, ByN también ofrece el lugar en arriendo como centro de eventos.

Cuando “Matigol” le pega con todo lo que le queda de alma y ve la pelota devolviéndose desde la red, se apura en pedirla. La recoge y la esconde bajo la camiseta. La noche de ese 10 de septiembre de 2008 celebra apuntando a la tribuna y regalando un beso: su mujer, Alejandra Santibáñez, la viñamarina que dejó los estudios para irse con él a España, está embarazada. Después de un paso infernal de dos años en el Villarreal, ya nadie piensa que Matías Fernández es el mismo jugador que fue elegido el mejor de América en 2006, pero esa noche, cuando le hace el 4 a 0 a Colombia en el partido más perfecto de Chile en las clasificatorias al Mundial de Sudáfrica 2010, parece tener una nueva vida.

Aunque siempre fue cariñoso con los niños, la tía Adriana no se lo imaginaba siendo papá tan joven, a los 22 años. Cuando lo ve jugar en la tele, todavía dice lo mismo.

-Ay, mi niñito.

Ellos no hablan desde poco después de que Antonia Paz nació, el 24 de octubre de 2008. Allí Matías le prometió una visita para que conociera a su hija y a su señora. Todavía no la hace.
Pero no es ése el recuerdo que más le da pena a esta mujer, que ahora está plenamente dedicada a su casa. Lo que a veces la deja pensando más de la cuenta es el rumbo de los que nunca llegaron a debutar en el equipo de honor o, peor aun, quienes, como Nelson Pavez o el mismo Víctor Tuninetti, dejaron el fútbol antes de que éste los pateara a ellos. Se acuerda que hace cuatro años, Matías fue a jugar un partido amistoso a Rancagua y luego pasó a verla. Había estado con Luis González, el “Tunga”, el mismo rajadiablos que se reía de los que lloriqueaban.
Pero ahora el “Tunga” era otro.

Matías Fernández trata de escabullirse entre las cientos de manos que quieren atraparlo en el estadio El Teniente de Rancagua. En medio de esa tole-tole, alcanza a divisar una cara familiar. Es Luis “Tunga” González. Como puede, le pide a un guardia de seguridad que deje pasar a su ex compañero hasta la zona de camarines. Lo abraza y le grita al utilero que le pase una camiseta de Chile con su número, el 14, y se la regala. Luis está feliz. Le cuenta que ya dejó el fútbol hace rato, que se ha movido entre una cosa y otra, y que hasta estuvo en la cárcel. No le dice por qué y Matías, siempre tímido, tampoco le pregunta. Se abrazan de nuevo y se despiden con los ojos medio llorosos. Sí, los dos.

La señora Adriana se acuerda muy bien del “Tunga”, porque era la gran ilusión de su familia. Todos lo ensalzaron mucho, y él, apenas un niño, se creyó el cuento y se perdió. La mujer recuerda las visitas de la mamá y sus abuelos a verlo. Para ellos, que su niñito fuera futbolista lo era todo. Por eso, cuando Matías le contó el presente del “Tunga”, a ella le dio una pena negra. Esa misma tristeza la refleja ahora, con el solitario y evocador ruido del viento moviendo una campana de metal en su patio vacío. Hoy la tía Adriana sólo espera a Cristian, su hijo menor. Él vendrá tarde, después del trabajo. Será el único de sus niños que llegará a dormir esta noche a la casa, la misma que años atrás estuvo llena de almas que abandonaron sus hogares para buscar un destino de gloria. Uno que no siempre encontraron.