“PARAÍSO E INFIERNO”, por Valeria Torrens

 


VALERIA TORRENS (Argentina). Estudió publicidad pero siempre se dedicó a la hotelería y turismo, vivió en Brasil, Republica Dominicana, Emiratos Arabes y México. Recorrió los mares trabajando en cruceros hasta volver a su Buenos Aires decidida a vivir “una vida normal”. Actualmente trabaja como fotógrafa de manera freelance y estudia periodismo.

 

 

PARAÍSO E INFIERNO

Azuz, un barman marroquí que dedicó gran parte de su vida trabajando para el turismo, abocado al sueño de darle a su familia una vida mejor en su tierra natal. Luego de muchos años alejado de todo lo que alguna vez había conocido y amado conseguía vislumbrar la felicidad completa de la tarea cumplida y saber que todo había valido la pena.

 

Trabajo final de Valeria Torrens

 

 

Azuz es oriundo de Marruecos. Vive en un paraíso, en la Isla de Itaparica, localizada en la Bahia de todos los Santos, frente a Salvador de Bahía, Brasil. Es una isla de 146 km2 de extensión en la que habitan 55 mil personas, que se nutren principalmente del turismo y la pesca.

Azuz de 52 años, trabaja desde los 28 detrás de la barra del bar del hotel más famoso de la isla. Un resort de lujo “apartado del mundo” adonde todo es alegría y fiesta. Tiene 5 hijos concebidos con su esposa Indra en las escasas oportunidades en que el trabajo y el dinero les permitió juntarse en algún lugar del planeta. Todos ellos están en Marruecos, viven en Mirleft, Provincia de Tiznit, a 130 km al sur de Agadir, con sus playas espléndidas que reciben turistas y surfistas aventureros. Ellos son pescadores, pero sobreviven gracias al dinero del salario que puntualmente Azuz envía, prácticamente intacto, cada comienzo de mes.

Junto a Lucia, la bahiana de cintura ancha, dientes blancos, sonrisa eterna, delantal blanco y piel oscura del restaurante principal, madraza de cada uno de los trabajadores que conviven en el hotel, Azuz es el más antiguo de los funcionarios. Serio, de perfil afilado, nariz quebrada, cabello negro y ondulado, cuenta historias de tierras lejanas a los jóvenes, en su mayoría brasileños y argentinos, que conforman el porcentaje mayoritario de los afortunados moradores de ese mundo mágico dedicado al turismo.

Todos adoran a Azuz, pero nadie lo ve jamás fuera del bar. Azuz no sale a playas en su día libre, no atraviesa de lancha a Salvador a hacer alguna compra. Nunca nadie ve su figura magra y alta en las fiestas habituales de los empleados. Azuz va de su bar al restaurante, y del restaurante a su cuarto a descansar.

Ese día por el que había suspirado largamente, el que había imaginado miles de veces, un día que había parecido tan lejano como el calor del cuerpo de Indra, como las olas que besaban las costas de su tierra, por fin, ese día llegó. Faltando una semana para cumplir 25 años fuera de su país, lejos de su familia, compartiendo sus horas con ciudadanos de todo el mundo, preparando tragos en Itaparica, finalmente había una fecha que funcionaría como bisagra entre el antes y el después, entre el pasado y el futuro. Su jefe lo llamó a su improvisada oficina escondida detrás de botellas de cachaça y otras bebidas espirituosas. Sentado en una de las cajas de madera en las que recibían la mercadería todos los meses, en sus manos un sobre y en su cara una sonrisa. “Mi amigo Azuz, sabés lo que tengo en mi poder, lo que acabo de recibir, sabes que es esto?”. El marroquí estiró la mano y tomó el sobre blanco, lo abrió. Sus labios finos dibujaron una sonrisa, con los ojos negros como el café que tomaba cada mañana humedecidos, sacó una carta y junto a ella un pasaje de avión. El jefe empezó a aplaudir, los dos se abrazaron, improvisaron una danza algo torpe y rieron a carcajadas.

El sacrificio había valido la pena, en Casablanca lo esperaba un terreno. Sus hijos ya estaban terminando el último cuarto de la vivienda en la que ya no volvería a separarse de Indra. Azuz ya estaba cansado, se sentía solo a pesar de los amigos, quería pasar tiempo con sus nietos, volver a escuchar los sonidos de su patria, comer su comida, era la hora de volver a Marruecos. Felicidad, nostalgia, incertidumbre, expectativa… un cierto temor también. Esperanza. Fé.

Azuz terminó su turno y montó la bicicleta de Miloudi, el cocinero. Tenía cita con el barbero de la isla, a dos cuadras del hotel. Nunca iba, pero está era una ocasión especial. Domingo sin luna. Noche cerrada. Camino de tierra. La camioneta blanca no lo vio. Azuz fue enterrado en su tierra, Marruecos.