“LAS LECCIONES DE LA MUERTE”, por África Barrales

 

 


ÁFRICA BARRALES (México, 1977) Jefa de Redacción de la Agencia Detrás de la Noticia de Ricardo Rocha. Egresada de Comunicación Social de la UAM-Xochimilco. Ha hecho casi de todo en Internet, impresos, radio y televisión. Convencida del poder de las palabras y de los efectos de una historia bien contada.

 


LAS LECCIONES DE LA MUERTE

Una mujer que embalsama muertos ha aprendido muchas cosas de la vida con lo que le dice cada uno de los cuerpos que llega a sus manos para recibir los últimos cuidados. Minuciosa, amorosa y entregada a su trabajo, le ha tocado vivir capítulos muy tristes y vergonzosos, entre ellos uno sobre la muerte y violencia que azota a México por el crimen organizado.

Trabajo final de África Barrales.

 

“La muerte te enseña muchas cosas sobre la vida”, dice la embalsamadora, una mujer entrada en sus cuarentas, de complexión media, bajita, tez blanca, cabellos lacios y castaños que está sentada en una silla negra reclinable frente a su computadora. A pesar de que viste de negro –su color favorito- y de que entra poca luz a su pequeña oficina, desprende cierto resplandor al hablar de su oficio. Contar lo que hace le ilumina la cara. La exposición mediática de algunos de sus trabajos la hacen más cauta. Accede a contar su historia, siempre y cuando su nombre no sea citado, no quiere riesgos.

A lo largo de siete años de embalsamar muertos ha aprendido muchas cosas: sabe cuando hay amor, avaricia, desinterés, sufrimiento, miseria humana e injusticias. Todo eso lo reflejan los muertos que embalsama y los vivos que gravitan alrededor de ellos. Aclara que embalsamar cadáveres no es para personas insensibles, se necesita, dice, mucho amor y respeto en este trabajo. Aclara que su oficio no la hace una persona fría, como muchos consideran, y tampoco le produce miedo ni asco. Sus miedos y ascos tienen que ver con cosas de este mundo: “No soporto que a una persona viva le huelan mal los pies o las axilas. Pero los olores de un muerto no me molestan”, dice muy segura, aunque confiesa que al iniciarse en este oficio se bañaba durante una hora porque sentía que el olor de la muerte se le pegaba al cuerpo. Después se dio cuenta de que eran puras exageraciones. La embalsamadora teme a los insectos, las abejas la hacen gritar, y a los automóviles, le asusta manejar.

Ama su oficio, llegó ahí por esas vueltas que da la vida y que te dejan frente a una puerta que jamás imaginaste tocar. En el 2004 se puso a la venta la embalsamadora La Piedad, en el corazón de la colonia Doctores. Aunque conocía un poco del negocio de las funerarias, nada sabía sobre embalsamar cuerpos. No le importó. Decidió cambiar de giro
-antes tenía un negocio de papelería y regalos- y la compró. Ahí aprendió a embalsamar observando, practicando, haciendo las cosas desde las planchas y trabajando en una técnica hasta perfeccionarla. También tomó cursos de perito en medicina forense, “de esos que de vez en cuando se abren”, se queja.

Embalsamar un cuerpo implica limpiarlo minuciosamente por dentro y por fuera, desgasificarlo, fijar cavidades, inyectar formalina por las arterias y masajear para que circule el liquido que conservará al cadáver. Después viene el arreglo estético: vestir, peinar y maquillar al muerto para su traslado y velación. La embalsamadora presume que su especialidad son los extranjeros, a quienes aplica una técnica minuciosa para que lleguen en buenas condiciones hasta su país de origen. En ellos emplea tres horas de trabajo en promedio, mientras que en los demás casos una hora aproximadamente; siempre tomando en cuenta la causa de muerte, el estado en el que llega el cuerpo y los arreglos que se tienen que hacer a partir de esa valoración.

En La Piedad ha embalsamado el cuerpo de un niño de seis años de edad que fue violado y asesinado por su padrastro y su tío; también el de una joven que tomaba alcohol con un amigo, quien la golpeó con saña hasta matarla por negarse a tener relaciones sexuales con él; el del chico delincuente al que su familia envío una camisa rota, sin botones, y pantalones viejos para vestirlo; entre otros cuerpos más con historias desgarradoras. “Se ve tan poco amor en algunos casos… Aquí aprendes a reconocer tantas cosas”, menciona mientras su rostro se apaga un poco. Ha visto también como a una anciana con callos en los pies y manos, con la cara quemada por el sol y con deformaciones en sus huesos, le enviaron su mandil que usaba diario junto con ropa “bien fregada” para vestirla, pero eso sí -cuenta- le llevaron el ataúd más caro para que su hijo presumiera ante los demás que a su mamá le daba el mejor porque tenía mucho dinero.

Y no faltan los vivos que quieren aprovecharse de los muertos. La embalsamadora dice que los familiares vienen por las placas dentales del fallecido sólo porque son de oro y también están los que traen un cojín entintado para tomarle las huellas digitales al difunto y ponerlas en alguna carta-poder con el fin de resolver disputas legales o porque éste tiene dos esposas. Ella asegura que si no dejaron las cosas en vida fue por algo y no permite nada de eso. “Me dicen que soy la defensora de los derechos de los muertos”, sonríe y su cara se ilumina de nuevo.

Para entrar a La Piedad hay que cruzar por una reja blanca que lleva a un patio largo de cemento gris, éste conduce a tres puertas del lado derecho. En la primera se encuentra una oficina rodeada de dos paredes de cristal y madera, que la separan de una pequeña sala de espera. Ahí la embalsamadora –rodeada de diplomas, un cuadro de la Virgen de la Piedad, papeles y libros de anatomía y leyes- realiza los trámites para certificar el procedimiento al que serán sometidos los cuerpos que lleguen durante el día o la noche, para la muerte no hay horarios.

Las otras puertas dan a dos cuartos blancos y amplios, con azulejos en las paredes y techos altos. Dos planchas de acero se alojan en cada uno, junto con su ingeniería de mangueras y tubos que se llevan restos, sangre y agua. En medio de las planchas se encuentra un lavabo para la toma de agua corriente, donde también se enjuaga el material quirúrgico que se utiliza.

En uno de los cuartos, frente a las planchas, hay un estante de plástico donde guardan los productos de limpieza y bolsas de plástico. En una de las repisas están los cosméticos –bilés, sombras, rubor, brillo labial, delineadores, rímel- que darán los toques finales a los rostros sin vida, los empaques lucen desgastados. En la última repisa, una solitaria Santa Muerte, hecha de cartón, mira hacia las planchas.

La embalsamadora es católica. Cree en las energías buenas y malas, en la reencarnación, en que el cuerpo es un vehículo que nos lleva a otras vidas, pero no en la Santa Muerte. Sin embargo, la gente siempre le regala imágenes y figuras de esta santa que no reconoce la iglesia católica. Ella no le rinde culto, sus trabajadores sí y hasta sus clientes funerarios, quienes le ponen monedas y cigarros. La embalsamadora sólo le procura sus veladoras y todos en santa paz.

A pesar de haber visto de todo en las planchas de La Piedad, nada de eso la preparó para lo que ha sido uno de sus trabajos más desgastantes física y emocionalmente: embalsamar los cuerpos de algunas de las víctimas masacradas en San Fernando, Tamaulipas, el epicentro del horror en México.

La cacería

Hombres con el rostro semicubierto con una especie de malla negra, vestidos con ropa oscura y portando armas largas hicieron señas al chofer para detener su marcha. Los sujetos estaban en un retén apostado al lado del camino. Eran poco más de las seis de la mañana, el cielo ya clareaba cuando el camión de pasajeros de la línea Omnibus se detuvo en seco en un tramo de la carretera de San Fernando. El conductor se talló los ojos, llevaba más de ocho horas manejando desde Celaya, Guanajuato. A poca distancia de su destino, Matamoros, le pareció que se trataba de un retén de policías federales. Abrió la puerta del autobús mientras buscaba sus papeles. Con pasos cortos y presurosos, dos hombres con fusiles AK-47 abordaron la unidad. Los pasajeros, entre adormilados y despiertos, clavaron sus miradas en esos desconocidos que irrumpieron. “Saquen su credencial de elector”, ordenó uno con voz ronca y gruesa, mientras caminaba a lo largo del pasillo viéndolos detenidamente. En medio de murmullos, los viajeros comenzaron a buscar en sus carteras. Un hombre canoso estiró su brazo para mostrar su identificación. Pensó que era una revisión de rutina para buscar migrantes ilegales, pero notó que la ropa de los hombres armados no traía insignias.

Con tres zancadas, el sujeto que dio la orden se fue al final del pasillo, sin ver las credenciales y sin soltar su arma fue arrancando de sus asientos a pasajeros varones, la mayoría jóvenes. “Bájense del camión, cabrones, rapidito. Apúrense culeros, bájense”, les gritó. En ese momento quedó claro que no eran policías. Sin tiempo a agarrar sus pertenencias, los hombres seleccionados se iban parando, atropellándose en el pasillo, invadidos por un miedo creciente ante los gritos. El otro tipo armado ya los esperaba abajo junto con más sujetos que los empujaban hacia otro camión.

Hechos como ése se repitieron en más autobuses. Los cuerpos de los pasajeros secuestrados y de otras víctimas “levantadas” aparecieron días después. Las personas asesinadas fueron arrojadas en algunas de las 43 fosas clandestinas halladas en San Fernando; las fosas que devoraron 183 cadáveres, según los recuentos oficiales.

Esta es una reconstrucción basada en los primeros testimonios que se dieron a conocer luego de los secuestros de pasajeros que viajaban hacia ciudades fronterizas de Tamaulipas, entre el 19 y 31 de marzo del 2011. Los cuerpos fueron hallados en los primeros días de abril y 120 de ellos fueron enviados a La Piedad, en la Ciudad de México, para ser embalsamados. Esta es una de las varias masacres terribles cometidas en lo que va de la guerra al crimen organizado declarada por el presidente Felipe Calderón en el 2006.

Sin piedad

“A los muertos hay que respetarlos”, espetó la embalsamadora a los reporteros que apuntaban sus cámaras con voracidad a través de la reja hacia el interior de La piedad. Les repetía que si no contaban con la autorización de los familiares no podían hacer tomas de los cadáveres; sin embargo, algunos periodistas obtuvieron imágenes de los cuerpos envueltos en plásticos gruesos y negros que iban de uno en uno en manos del personal que los llevaba hasta las planchas de acero.

Eran poco más de las seis de la mañana cuando el jueves 14 de abril del 2011 un tráiler equipado con un contenedor frigorífico se estacionó frente a La Piedad para descargar los primeros 70 cuerpos de los 120 que serían embalsamados en la Ciudad de México. Posteriormente, éstos serían trasladados a instalaciones del Servicio Médico Forense (Semefo), a unas cuantas cuadras de ahí, para su resguardo.

El personal de La Piedad colocó los cuerpos en las planchas, dos embalsamadores trabajaron en cada una mientras que peritos de la Procuraduría General de la República tomaban todos los datos disponibles para tratar de identificar a las víctimas. Los cadáveres estaban en muy malas condiciones, sólo se les pudo registrar con pequeños cuadros de cartulina -azul y amarilla- donde se escribía una letra y un número: C-1 (cadáver número uno y así sucesivamente).

La embalsamadora relata que ya se les había practicado la necropsia y estaban tapizados con cal, “por los olores”. El trabajo fue arduo. Las personas secuestradas fueron asesinadas a golpes de mazos y piedras, muy pocas con bala. Con voz queda dice que el objetivo de los homicidas fue causar el mayor daño posible: “la forma en la que los mataron, a golpes, con demasiada saña, como si la vida les debiera algo y se estuvieran desquitando o cobrando con estas personas…fue mucho sufrimiento”, la luz de su cara se apaga. Le costó cuatro días recuperar la fuerza y el ánimo después del trabajo con los cadáveres de San Fernando.

Ese día la embalsamadora supervisó los trabajos en medio de un mar de gente, la convalecencia de una enfermedad le impidió participar de forma directa, como cuando lo hizo en septiembre del 2010. Aquella vez le llevaron 56 cuerpos de migrantes centroamericanos, de un total de 72, que también fueron masacrados en San Fernando. Ése fue su primer shock.

Tamaulipas I

Una tarde de finales de agosto del 2010 un funcionario de la PGR acudió a la colonia Doctores, buscaba una embalsamadora que tuviera las instalaciones adecuadas para recibir una cantidad inusual de cuerpos. Tras preguntar y ver otros locales llegó a La Piedad, ahí lo recibió uno de los empleados. El funcionario preguntó por sus servicios, se pasó al área de trabajo y vio el espacio suficiente para maniobrar con una situación que hasta ese momento era sobrecogedora e inédita.

Sin dar más detalles de su visita, le dijo al chico que lo recibió que le llevarían 50 cuerpos al día siguiente. Extrañado, el joven empleado llamó a su jefa y le contó lo sucedido. La reacción de ella fue de pura incredulidad: “Como crees, te están cotorreado. ¿Quién va a embalsamar tantos cuerpos?”. No fue broma.

La dueña de la embalsamadora había escuchado las noticias sobre la matanza de migrantes en San Fernando, ocurrida el 22 de agosto. Los cuerpos, apilados en una especie de bodega con piso de tierra, fueron encontrados luego de que un sobreviviente caminara por horas hasta encontrar a personal militar y dar aviso. Ella jamás relacionó los hechos con esa visita misteriosa. A las ocho de la mañana del día acordado por el funcionario sonó su celular.

-Soy el doctor de la PGR, sí le vamos a llevar los 50 cuerpos.
-¿Cómo está eso?
-Sí, mire, son los de Tamaulipas. Hoy mismo los llevamos, a las 11 de la mañana.
-Está bien- alcanzó a balbucear ella.

Superar la sorpresa fue cosa de minutos, el estrés y la tensión por reunir el material y un equipo de trabajadores ya no la abandonaron en todo ese episodio. Nadie estaba listo para esa cantidad de cuerpos, fue una situación que rebasó a todos y que se vio reflejada en la logística.

Después de conseguir sus materiales, convocar a varios ex empleados y acondicionar sus instalaciones le dijeron que los embalsamamientos se realizarían en el Servicio Médico Forense. Juntó todo, echó las cosas a una camioneta y con su equipo de trabajo se trasladó al Semefo. Al llegar le dijeron que ahí sólo se resguardarían los cuerpos, por lo que tuvo que regresarse y preparar de nueva cuenta las instalaciones de La Piedad.

Finalmente los cuerpos llegaron a las cinco de la tarde del 1 de septiembre del 2010. En aquella ocasión también había dos trabajadores por plancha, mientras que otros dos se encargaban de bajar los cuerpos de un tráiler. Cuatro peritos estaban apostados en cada plancha, pero en la entrada de La Piedad había muchos más que se encargaron de revisar la ropa y pertenencias de las víctimas.

“Todo estaba lleno. Todos estábamos consternados: los funcionarios, los peritos, nosotros. Nadie esperaba ver algo así”, recuerda la embalsamadora. Esa vez sí trabajó en las planchas, aunque admite que tampoco había mucho por hacer debido a las condiciones en las que venían las víctimas: ya tenían la necropsia y les habían arrojado cal encima. Con cuidado, lavó para quitar la cal, inyectó formalina directamente a los cuerpos –o a lo que quedaba de ellos- y, junto con su equipo, trató de hacer lo mejor que pudo.

Esa tarde de septiembre también lidió con los reporteros. Camarógrafos y fotógrafos se subieron a los árboles, al techo del local contiguo de La Piedad, a donde pudieron con tal de obtener imágenes. Algunos cuerpos eran depositados en el suelo porque no había manera de manejarlos correctamente y le preocupaba que las instantáneas llegaran a las familias que estaban buscando a sus desaparecidos.

Tan caótica fue la situación de los 72 inmigrantes asesinados –el primer crimen colectivo del que se tenía conocimiento en el sexenio- que los cuerpos que le llevaron a La Piedad cruzaron el país sin los permisos correspondientes de las autoridades sanitarias. Ella tuvo que explicarles que necesitaba de manera urgente los certificados de defunción. Los documentos llegaron por fax.

Los inmigrantes fueron asesinados de forma brutal. Fue tal el sufrimiento y la crueldad en esos crímenes que, relata, los vasos de vidrio de las veladoras de su Santa Muerte estallaron en pedazos por todo el horror que desprendían esos muertos.

Le hubiera gustado reconstruir caras, pegar extremidades, arreglar más los cuerpos, pero el tiempo y las circunstancias apremiaban a terminar cuanto antes su trabajo. Todo eso la hizo sentirse frustrada porque no pudo hacer más por todas las víctimas de San Fernando que recibió en el 2010 y 2011.

Además, le pesa que la primera masacre no haya prendido todas las alarmas del país porque jamás imaginó que tuviera que vivir esa experiencia dos veces. Sabe que la cosa no para, que siguen sacando más cuerpos de fosas clandestinas; por ejemplo en Durango, donde se exhumaron 260 cuerpos. La embalsamadora escuchó que hay más muertos en Tamaulipas, pero no se atreve a decir más. Después de esto no permitiría que su familia viajara al norte de México por carretera. El norte del país, dice, está teñido con mucha sangre.

Si algún consuelo podrían albergar quienes perdieron a su familiar en estas circunstancias tan atroces, es que la embalsamadora y su equipo les dieron el último gesto de humanidad. Por eso le gusta este trabajo, porque se sabe en el último proceso del paso de una persona por este mundo y la trata con dignidad.

Tras los episodios de Tamaulipas, la embalsamadora reitera con más convicción que la muerte enseña mucho sobre la vida. Lo sabe bien, mientras lidia con algunos asuntos administrativos para decidir la futura ubicación de La Piedad.